En Barcelona tenía que ser
Pedro Sánchez ha posado bajo el lema “En defensa de la democracia” y la imagen era el epítome de la hipocresía
Barcelona vuelve a ser estos días el escaparate de una política que se contempla a sí misma con fatal autocomplacencia. Cumbres, declaraciones, políticos que se aplauden entre ellos y que comparten la convicción de estar en el lado chino de la historia. Eslóganes para los suyos y etiquetas para los otros. Pero apenas soluciones para una base social que, lejos de ampliarse, se estrecha cada vez más.
Tenía que ser en Barcelona. La ciudad que mejor ejemplifica lo que ocurre cuando la política se obsesiona con el gesto y descuida la gestión.
Este fin de semana la capital catalana ha acogido hasta tres citas bajo el paraguas del progresismo global. Una cumbre bilateral entre España y Brasil, con Pedro Sánchez y Lula da Silva como protagonistas. La IV reunión “En defensa de la democracia”, con dirigentes de una veintena de países, fundamentalmente iberoamericanos. Y la Global Progressive Mobilisation, que ha reunido activistas, políticos y organizaciones afines.
Mucha escenografía, mucho narcisismo. Y una sensación difícil de ocultar: todo era puro cinismo. Aspirantes a caudillo mostrándose afectados por el debilitamiento de las democracias.
Porque lo que se ha presentado como una gran cita de la socialdemocracia se parece más a otra cosa. Poco líder europeo. Poca presencia de quienes han sostenido el modelo liberal que ha dado estabilidad y prosperidad al continente. No es casualidad. Difícilmente encaja en ese marco un Pedro Sánchez que, hace apenas unos días, en China, se permitía sugerir que Occidente debía perder peso en el mundo, poniendo como referencia un sistema de partido único que poco tiene que ver con la democracia que dice defender.
Los discursos, en cualquier caso, eran previsibles. Hay que frenar a la extrema derecha, hay que combatir la polarización, hay que defender los valores democráticos. Resulta difícil no percibir la contradicción cuando quienes hablan de polarización observan, de reojo, al anfitrión.
Pedro Sánchez, el padre orgulloso de la política del muro. El mundo nos mira, le faltó decir al líder del proceso español. Y, sí, el The New York Times le estaba mirando y desenmascarando tanta hipocresía. El periodista Jason Horowitz recordaba a sus lectores que el presidente español es “conocido en su país por su disposición a decir y hacer cualquier cosa con tal de mantenerse en el poder”. Y enumeraba algunos de los numerosos casos de corrupción y escándalos sexuales que protagoniza su entorno.
El líder del ejecutivo ha posado bajo el lema “En defensa de la democracia” y la imagen era el epítome de la hipocresía. Es como José Luis Ábalos proclamando su feminismo por ser socialista. Todo es mentira. ¿Democracia? Pero si defendieron al régimen castrista en sus estertores. ¿Democracia? Pero si por allí andaba Zapatero, el hombre en Europa de los peores sátrapas del mundo. ¿Democracia? Pero si Sánchez se enorgullece de gobernar “sin el concurso del legislativo”.
Y mientras tanto, fuera de esas cumbres, la realidad barcelonesa ha seguido su curso. Hay una distancia cada vez más evidente entre ese discurso progre y la vida de quienes no viven de las palabras, sino de su trabajo.
Mientras en la Fira de Barcelona se proponían marcos y relatos, fuera la conversación era otra: cuánto cuesta llenar la cesta de la compra, cuánto ha subido el alquiler, cuánto se ha reducido el margen para vivir con dignidad.
Ese es el gran problema de la izquierda contemporánea. Ha sustituido el debate sobre las soluciones por la batalla permanente de las etiquetas. Ha dejado de preguntarse qué funciona para preguntarse qué se debe decir. Ha convertido la política en un ejercicio de lenguaje, en una disputa moral donde lo importante no es resolver problemas, sino posicionarse correctamente ante ellos. Ha desconectado, definitivamente, de la realidad de los más vulnerables.
Las políticas de los políticos de ayer han provocado una degradación progresiva
Y es que ninguno de los modelos políticos que se reivindican en este tipo de foros ha destacado precisamente por generar prosperidad. Más bien al contrario. Tienden a estrechar la clase media, a aumentar la dependencia y a erosionar los incentivos que hacen crecer una economía. ¿Socialdemocracia? Lo demócrata ya ha quedado descartado en ellos. Lo social, también. No es social, porque empobrece. En España lo vemos con claridad. La política del Gobierno ha girado hacia alianzas que responden más a la lógica del enfrentamiento que a la del proclamado bien común. ¿Bien común? Tanto fuera como dentro Sánchez se rodea de quienes hacen negocio electoral con el odio a España. La presidenta de México es lo más parecido a Bildu o ERC que uno puede encontrar en el mundo.
Y todo esto tenía que ser en Barcelona. La nuestra sigue siendo una gran ciudad, pero hace tiempo que dejó de comportarse como tal. Las políticas de los políticos de ayer han provocado una degradación progresiva. La vivienda expulsa a los propios barceloneses, la inseguridad se normaliza, el espacio público se deteriora. Nada de eso ha sido analizado este fin de semana. Sin embargo, la izquierda haría bien en tomar nota. Porque la política no se gana en las cumbres ni en los eslóganes, sino en la vida real de la gente. Y ahí el debate ya no es quién tiene el mejor relato, sino quién ofrece las mejores soluciones. Esa es la única superioridad que importa. Y también la única que perdura.
Un comentario en “En Barcelona tenía que ser”
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Ustedes se imaginan a Feijoo, convocando una reunión con dirigentes máximos responsables del mundo, sin meteduras de pata, muy habituales en él y con la facilidad y cercanía que produce hablarles en inglés.
Yo no y menos aportando puntos clave importantes en este tipo de encuentros.