Trump y la implosión controlada del orden mundial
La OTAN, la relación transatlántica e incluso ciertas alianzas asiáticas sobreviven cada vez más por interés circunstancial que por auténtica cohesión estratégica
Donald Trump parece haber comprendido antes que muchos líderes occidentales una realidad incómoda: el orden mundial surgido tras la Guerra Fría está llegando a su fin.
La diferencia es que, mientras otros todavía intentan preservar artificialmente el viejo sistema de alianzas, instituciones multilaterales y equilibrios económicos, Trump actúa como alguien decidido a acelerar la transición — y hacerlo en beneficio directo de los intereses estratégicos estadounidenses y de su propia visión del poder.
Detrás del aparente caos de sus decisiones existe una lógica brutalmente pragmática. Trump entiende que Estados Unidos ya no puede sostener indefinidamente el coste financiero, militar y político de seguir siendo simultáneamente policía del mundo, motor económico global y garante absoluto de la seguridad occidental.
La gigantesca deuda externa, los persistentes déficits comerciales y la creciente dependencia industrial de China son señales de un desgaste estructural que Washington dejó agravarse durante décadas.
Es en este contexto donde entran el petróleo, las tierras raras y la guerra comercial. Trump sabe que la próxima hegemonía global no se decidirá únicamente mediante portaaviones o bases militares, sino por el control de recursos estratégicos, cadenas industriales críticas y autonomía energética. La disputa por las tierras raras — esenciales para tecnología, armamento, inteligencia artificial y transición energética — se ha vuelto tan importante como lo fue el petróleo de Oriente Medio en el siglo XX. Y Estados Unidos llegó tarde a esa batalla.
“Los imperios rara vez aceptan el declive de forma serena.”
(Henry Kissinger
La presión sobre socios comerciales, los aranceles agresivos y el intento de reindustrialización americana obedecen a esa lógica: reducir dependencias externas antes de que sea demasiado tarde. No se trata solamente de economía; se trata de preparar a Estados Unidos para un mundo en el que quizá ya no pueda imponer reglas globales con la misma autoridad que durante las últimas décadas.
Al mismo tiempo, las alianzas tradicionales entran en crisis. La OTAN, la relación transatlántica e incluso ciertas alianzas asiáticas sobreviven cada vez más por interés circunstancial que por auténtica cohesión estratégica. Trump observa a muchos aliados como costes excesivos o socios oportunistas. Pero el problema es que las nuevas aproximaciones tampoco son sólidas. Son alianzas fluidas, transaccionales y frecuentemente espurias, construidas sobre conveniencias momentáneas y no sobre confianza duradera.
Es aquí donde emerge lo que los estrategas llaman la “Trampa de Tucídides”
En el fondo, Trump parece creer que Estados Unidos todavía dispone de una breve ventana de supremacía militar, tecnológica y financiera que debe utilizar sin vacilaciones antes de que el equilibrio global cambie definitivamente. De ahí la agresividad, la presión económica, el uso del dólar como arma geopolítica y la constante demostración de fuerza. Porque quizá Washington todavía pueda imponer hoy determinadas condiciones al mundo que dentro de diez o quince años ya no podrá imponer.
Es aquí donde emerge lo que los estrategas llaman la “Trampa de Tucídides”: el momento histórico en el que una potencia dominante percibe que está perdiendo la supremacía frente a una potencia emergente, y ambas entran en una espiral de tensión potencialmente explosiva. Así ocurrió entre Esparta y Atenas en la Antigüedad, entre el Reino Unido y Alemania antes de la Primera Guerra Mundial, y esa es la sombra que hoy planea sobre la rivalidad entre Estados Unidos y China.
Trump parece actuar precisamente bajo esa percepción. No como alguien que crea poder impedir el declive relativo estadounidense, sino como quien pretende gestionarlo agresivamente mientras Washington todavía dispone de la capacidad militar, financiera y tecnológica necesaria para condicionar el nuevo equilibrio mundial. Tal vez tema que dentro de algunos años Estados Unidos ya no pueda ejercer su poder global con la misma eficacia — ni económica, ni diplomática, ni militar.
En el fondo, la estrategia de Trump quizá no consista en salvar el viejo orden internacional liberal, sino en gestionar agresivamente su colapso. No para impedir la emergencia del nuevo mundo multipolar, que considera inevitable, sino para garantizar que Estados Unidos continúe ocupando el centro del tablero cuando la transición haya concluido. Porque los imperios rara vez aceptan el declive de forma serena — y todavía más raramente abandonan voluntariamente el poder antes de agotar todos los instrumentos de los que disponen.