El precio de la guerra 

La preocupación se centra en la subida de los precios de los carburantes, la inflación y los vaivenes en la bolsa

Para los ciudadanos iraníes, el precio que se paga de la guerra es muy alto: tener que vivir en un estado constante de miedo e incertidumbre por sus vidas al ser atacados por EE. UU. e Israel; el mismo precio que también deben afrontar los libaneses, que ven cómo su territorio va siendo anexionado por Israel.

Los israelíes, por su parte, temen no lograr a tiempo sus objetivos militares para acabar con Hamás, Hezbolá y “fuerzas proxy”, organizaciones terroristas financiadas por Irán que buscan acabar con el Estado de Israel. En los países occidentales, la preocupación se centra en la subida de los precios de los carburantes, la inflación y los vaivenes en la bolsa. En EE. UU., el precio que se paga es tener como comandante en jefe a Donald Trump, presidente del país, donde republicanos y demócratas están empezando a entender que se le debe incapacitar para apartarlo de la jefatura del gobierno.  

Si estiramos del hilo que nos muestra las consecuencias de la guerra en Irán, vemos que ahora España deberá asumir el coste de enfrentarse al Estado de Israel. Benjamin Netanyahu declaró refiriéndose a España: “No estoy dispuesto a tolerar esta hipocresía ni esta hostilidad. No permitiré que ningún país libre una guerra diplomática contra nosotros sin pagar un precio inmediato por ello”. 

Si estiramos del hilo que nos muestra las consecuencias de la guerra en Irán, vemos que ahora España deberá asumir el coste de enfrentarse al Estado de Israel

El término “precio” plantea una concepción contable de la guerra, considerando el coste material, humano, simbólico, diplomático, militar o económico para medir lo que está costando la guerra a todos los actores implicados. Para unos, el coste será la muerte; para otros, reducir su margen de beneficios, encarecer la fruta, aumentar el precio de la gasolina o quedarse sin misiles y drones.

De esta forma, la expresión “pagar un precio” se nos revela como un recurso para subrayar que todos los que decidan implicarse en la guerra deberán asumir que, tarde o temprano, tendrán que rendir cuentas por su posicionamiento. Como en todo conflicto bélico, lo que se busca objetivar es quién va ganando y quién va perdiendo, o quién está en mejores condiciones para ganar y quiénes lo están para perder.  

De algún modo, todos los países del mundo que se han posicionado públicamente sobre la tragedia humana que se vive en buena parte de Oriente Medio lo están haciendo convirtiendo sus posiciones en mercancías que aumentan o bajan su cotización. Dicho en términos marxistas: “La mercancía es, en primer lugar, un objeto externo que satisface necesidades humanas”. La guerra como mercancía, que parece dotada de vida propia, pone así el acento en la degradación moral de todos aquellos líderes políticos que buscan sacar de la guerra algún tipo de beneficio. 

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