“Los cazagolpistas” del Congreso
En el universo socialista han encontrado, por fin, una vocación para Patxi López y Ángel Víctor Torres. Después de años tratando de hacerse un hueco en el imaginario político español, resulta que lo suyo es cazar fantasmas. Golpistas que no existen, fascistas que se esconden detrás de cada escaño de la oposición, amenazas a la democracia que solo ellos son capaces de detectar con su sofisticado equipamiento ideológico. Como los protagonistas de la película, van por ahí con el detector en ristre, dispuestos a atrapar cualquier ectoplasma ultraderechista que se les cruce.
La diferencia es que “Los cazafantasmas” de Harold Ramis y Bill Murray perseguían algo que, en el universo de la ficción, al menos existía. Los de Ferraz cazan golpistas donde hay un diputado indignado, detectan fascismo donde hay una bronca parlamentaria y ven el 23-F donde hay cuatro escalones y un cabreo. Con esa tecnología, cualquiera salva la democracia.
Uno entiende el susto del vicepresidente del Congreso, Gómez de Celis, ante el indignadísimo José María Sánchez. Lo que ya cuesta más entender es el salto olímpico entre la protesta airada del político de Vox, al que han estado insultando, y el intento de derrocamiento de un gobierno democrático a punta de pistola. Pero claro, para eso hace falta una imaginación que en la Moncloa tienen bien entrenada en horario de mañana y tarde.
Patxi López, con la solemnidad que le caracteriza en los momentos de mayor grandilocuencia, sentenció que lo ocurrido «solo ha pasado dos veces en la historia reciente: una con Tejero y otra con este diputado». Solo dos veces, fíjense. Ni la Transición, ni los GAL, ni el procés catalán de 2017, con referéndum ilegal, declaración unilateral de independencia y presidente fugado en Waterloo, merecieron tal categoría histórica. Aquello fue, a lo sumo, un malentendido entre socios. Esto, un diputado enfadado subiendo cuatro escalones, es el apocalipsis constitucional.
Y es que precisamente ahí está la gracia del asunto, que tiene mucha. El referéndum del 1-O, ese sí que fue un desafío deliberado, organizado y financiado contra el Estado de derecho. Un golpe institucional en toda regla. Y los mismos que hoy se rasgan las vestiduras comparando a un diputado de Vox con Tejero, llevan años negociando con los promotores de aquel golpe, amnistiándolos, dependiendo de sus votos para seguir en la Moncloa y llamando a todo eso, con cara de póquer, «convivencia democrática». Que los señores de Junts y ERC, que se niegan a condenar lo que hicieron, sean hoy socios preferentes del Gobierno mientras un diputado de Vox es el nuevo coronel golpista, dice más de quien hace la comparación que de quien la recibe.
El referéndum del 1-O, ese sí que fue un desafío deliberado, organizado y financiado contra el Estado de derecho
La productora de relatos que maquina sin descanso en la Moncloa lleva años perfeccionando la técnica. El método es siempre el mismo: cualquier acción airada del PP, y no digamos de Vox, se convierte automáticamente en una amenaza existencial para la democracia. Un tuit incómodo es fascismo. Una protesta en la calle, golpismo. Un diputado que pierde los nervios, Tejero. Sin embargo lo de Patxi López con Vito Quiles es normal. Con ese rasero, a Sánchez le quedaría poca democracia que defender, dado que él mismo ha protagonizado más volantazos, contradicciones y cambios de criterio que cualquier diputado de Vox en toda su carrera parlamentaria.
Lo peligroso de este juego no es solo el ridículo, que también. Lo peligroso es lo que genera. Cuando todo es fascismo, nada es fascismo. Cuando cualquier salida de tono equivale a un golpe de Estado, los golpes de Estado reales quedan relativizados. Y cuando tratas al electorado como si fuera incapaz de distinguir entre un Tejero con tricornio y un diputado con las orejas rojas, el electorado acaba buscando a alguien que al menos le insulte con algo de coherencia.
Luego se preguntarán, con genuina perplejidad, por qué suben los extremismos en España. Pues por esto, señores. Por exactamente esto.