Somos la rana y el agua empieza a hervir
La temperatura sube tan despacio que nadie da el salto, Sánchez lo sabe y cuenta con ello
¿Qué más tiene que pasar? Uno lleva ya un tiempo haciéndose esta pregunta y la respuesta, cada vez que creo encontrarla, queda superada por el siguiente escándalo. ¿Qué más tiene que pasar en España para que alguien en este Gobierno, o en su entorno de socios y cómplices, tenga un ataque de sensatez democrática y diga basta? ¿Cuándo, en qué momento puede suceder? Pues aunque no soy partidario de decir nunca jamás, cada vez tengo más ganas.
Llevamos tanto tiempo en esto que quizás estamos ante el síndrome clásico de la rana hervida. La temperatura sube tan despacio que nadie da el salto. Sánchez lo sabe y cuenta con ello: que la acumulación de casos, de nombres, de bolsas de plástico con dinero y de empresas en Dubái acabe generando en la sociedad española no indignación sino fatiga.
Que lleguemos al punto en que todo parezca igual de corrupto, igual de sucio, igual de inevitable. Que el agua entre en ebullición sin que nadie haya reaccionado a tiempo. Esa es la victoria real que busca: no ganar las próximas elecciones, sino que cuando lleguen, la sociedad ya no tenga energía para exigir cuentas. Y menos si se convocan en un verano de playa, chiringuito y siesta. Todos cocidos.
Así que Sánchez aprovechará el sopor colectivo para decir que él no sabía nada, que todo le ha pillado por sorpresa. Que el problema son los jueces y que como bien dice Óscar Puente, hay un intento de acabar con el Gobierno usando formas antidemocráticas. Porque en España la Justicia debe ser antidemocrática cuando encausa a un Gobierno de izquierdas, y plenamente democrática cuando lo hace contra uno de derechas y facilita una moción de censura en nombre de la ética y la lucha contra la corrupción de los otros.
Pero el verdadero misterio no es Sánchez. Sánchez es lo que es y ya lo sabemos. El misterio son los socios. Cada cual tiene sus razones para mirar hacia otro lado, y conviene enumerarlas sin adornos: El PNV, como ya dijimos hace unos días aquí, llama irresponsable a Sánchez pero no mueve un dedo para evitar la irresponsabilidad.
¿Por qué? Porque en 2027 hay elecciones municipales y forales en Euskadi, donde se juega el control de las haciendas vascas. Forzar unas generales simultáneas, con el PP y Vox crecidos y con su traición a Rajoy todavía en la memoria, es un riesgo que en Sabin Etxea no están dispuestos a asumir. Prefieren quejarse en un mitin en Durango. Es más cómodo y no tiene costes electorales.

Rufián, siempre cómodo en la sobreactuación política, sabe que fuera del Congreso su cotización baja enteros. Mientras el espectáculo continúe, tiene micrófono y titular. Elecciones generales significan oscuridad. Así que no. Y lo de volver a Cataluña, descartado.
Yolanda Díaz llegó prometiendo refundar la política española desde la ética. Lleva meses mirando para otro lado con una concentración admirable. Salir del Gobierno significa dejar de ser ministra. Y dejar de ser ministra significa volver a ser lo que era antes, que es una pregunta que nadie en Sumar quiere responder en voz alta. Así que tampoco.
Y luego está Bildu, que tiene su propio proyecto en marcha: la salida paulatina de sus presos de ETA, la reescritura de la historia, la consolidación de un relato donde los terroristas son víctimas y las víctimas son un obstáculo incómodo. Unas elecciones generales interrumpen ese proceso. Que no cuenten con ellos.
«El partido que llegó al poder prometiendo acabar con la corrupción del PP ha construido un sistema de control tan férreo que ni sus militantes más decentes pueden articular una respuesta»
¿Y las bases socialistas? El partido que llegó al poder prometiendo acabar con la corrupción del PP ha construido un sistema de control tan férreo que ni sus militantes más decentes pueden articular una respuesta. Y hay mucho sueldo que depende de que Sánchez siga. Y los que cobran, no preguntan.
El resultado de todo esto es un Gobierno que se sostiene no por su legitimidad sino porque cada socio tiene demasiado que perder si se cae. No es una coalición política. Es un pacto de supervivencia colectiva financiado con dinero público y sellado con el silencio de quien sabe que no es tan malo que la corrupción te salpique un poco, mientras te garantice seguir viviendo del asunto.
¿Qué más tiene que pasar? Puede que la respuesta sea que no importa lo que pase. Que mientras el agua siga calentándose despacio, la rana, que somos nosotros, no salte fuera del puchero. Y que cuando alguien se dé cuenta de que el agua se acerca a los cien grados, ya sea demasiado tarde para reaccionar.
Eso es lo que Sánchez está comprando con cada semana que aguanta. Tiempo. Y nosotros, pagándoselo.