Agitar el miedo contra Vox está acabando con el PSOE

Aragón ha funcionado, en este sentido, como un laboratorio. Ha demostrado que la estrategia de meter miedo con la ultraderecha ya no desactiva a Vox

Las elecciones autonómicas en Aragón han dejado una enseñanza incómoda para la Moncloa: el miedo ya no moviliza como antes. O, peor aún para Pedro Sánchez, moviliza en dirección contraria. La estrategia de agitar el espantajo de la “ultraderecha” para cohesionar al electorado progresista es el boomerang que le vuelve al PSOE con velocidad y rumbo de colisión. Allí donde el presidente ha decidido enviar a sus ministros a “salvar” territorios, el resultado ha sido más bien el de certificar la derrota con membrete oficial.

Aragón no es una excepción aislada, sino un capítulo más de una serie que empieza a parecerse a una crónica anunciada. Sánchez convirtió hace tiempo las elecciones autonómicas en un plebiscito indirecto sobre su figura y su proyecto, y lo hizo con una convicción casi religiosa: cuanto más se dramatice el avance de Vox, más se reagrupará la izquierda. El problema es que la realidad social va por otro carril. En Aragón, el mensaje del miedo no solo no ha contenido a Vox, sino que ha reforzado su papel como receptor del voto de rechazo a Sánchez.

Ahí está una de las claves. Vox ya no es solo el partido que asusta a la izquierda; es, para una parte nada desdeñable del electorado, el instrumento para castigar al presidente. No tanto por adhesión ideológica profunda como por hartazgo. Hartazgo de un Gobierno percibido como ajeno, encapsulado en su propio relato, sostenido por una mayoría parlamentaria —el famoso Frankenstein— que no se corresponde con una mayoría social reconocible fuera del BOE.

La jugada de enviar ministros a las comunidades para disputar el poder territorial tenía algo de apuesta personalista y algo de huida hacia adelante. Como si el desgaste acumulado en Madrid pudiera transformarse en capital electoral en Zaragoza. No ha ocurrido. Y la pregunta se impone con una ironía inevitable: ¿con qué ánimo se presentarán los siguientes? ¿Qué lectura hará María Jesús Montero cuando tenga que dar la cara en Andalucía, un territorio donde el PSOE ya ha probado el sabor amargo de la irrelevancia institucional?

Más allá del caso concreto de Aragón, lo que empieza a dibujarse es un cambio de ciclo más profundo. El bipartidismo clásico, PP-PSOE, se desmorona, pero no en la dirección que algunos en la izquierda soñaban. No es un multipartidismo equilibrado el que emerge, sino un desplazamiento del eje político hacia la derecha, con Vox actuando como un auténtico tsunami. Sánchez parece convencido de que engordar a Vox debilita al PP. Y en el corto plazo, algo de razón tiene: fragmenta el espacio conservador y dificulta mayorías limpias. Pero la política no se juega solo al sprint. A medio plazo, ese mismo crecimiento de Vox amenaza con pasar por encima del PSOE.

Es cierto que el bloque de la derecha no es, hoy por hoy, un bloque bien avenido. PP y Vox se miran con desconfianza, compiten por el liderazgo y no siempre coinciden en las formas ni en el tono. Pero también es cierto que comparten un suelo electoral cada vez más amplio y una percepción común: que están llamados a entenderse. Cuando ese entendimiento se normalice —porque la aritmética y el poder suelen imponer pragmatismo— el PSOE puede encontrarse arrinconado durante mucho tiempo..

En contraste, la izquierda aparece desintegrada, fragmentada, atrapada en disputas internas y en un discurso que no conecta con las preocupaciones de una mayoría social que mira más al bolsillo, a la seguridad y a la estabilidad que a las consignas épicas. Como por cierto ha ocurrido en el resto de Europa. Pero en España el Gobierno insiste en presentarse como un dique frente a la “reacción”, a pesar de que las grietas de ese muro numantino amenazan, elección tras elección, con una ruina y desmoronamiento inminente.

Aragón ha funcionado, en este sentido, como un laboratorio. Ha demostrado que la estrategia de meter miedo con la ultraderecha ya no desactiva a Vox, sino que lo legitima como canal de protesta. Ha evidenciado que el voto a Vox no es solo ideológico, sino emocional: un voto de rechazo frontal a Sánchez y a lo que representa. Y ha dejado al descubierto una paradoja inquietante para el PSOE: cuanto más se agita el fantasma, más corpóreo se vuelve.

Si el presidente persiste en esta estrategia, puede que logre incomodar al PP durante un tiempo. Pero el precio puede ser mucho más alto: la consolidación de un bloque de centro-derecha y derecha radical con amplia mayoría territorial, a la espera de que el mismo esquema se reproduzca en unas elecciones generales. Entonces, quizá, el miedo ya no lo provoque Vox, sino el irremediable error de una estrategia que terminó devorando a quien la diseñó.

Deja una respuesta