La política del caos

Afirma que la cocaína de nuestro tiempo es el caos, pues en él también residen las fuerzas que impulsan a la acción por la acción

En uno de los capítulos de la serie The Morning Show de Apple TV, uno de sus protagonistas formula un principio sobre la naturaleza de la acción empresarial y política contemporánea: afirma que la cocaína de nuestro tiempo es el caos. De esta forma, se asocia la cocaína -que genera un estado de euforia, seguridad en uno mismo y motivación extrema por alcanzar una meta- con el caos, pues en él también residen las fuerzas que impulsan a la acción por la acción, a una energía o, más bien, a una potencia que permite construir una cosa y, al mismo tiempo, destruirla para no dejar nunca de tener la impresión de estar construyendo, logrando metas, triunfando allí donde los demás han fracasado.

La visión de la naturaleza del poder que se nos muestra en The Morning Show es la de un espejo que refleja cómo hoy los políticos sobreviven a la política y a la realidad con la que se enfrentan al llegar a lo más alto del poder. Suele considerarse a Nicolas Sarkozy como el primer político moderno hiperactivo, como destacó Édouard Balladur en su ensayo Maquiavelo en democracia. También se suele asociar a la generación del caos al presidente Silvio Berlusconi, centrado en utilizarlo en favor de sus intereses económicos, como observa el escritor y periodista Indro Montanelli en sus memorias. Son políticos que triunfaron al mostrarse ante el mundo resueltos a actuar, a no dejar nunca de actuar aunque no fuera necesario hacerlo.

Frente a la concepción humana de Melville en su relato Bartleby, el escribiente, en el que el protagonista, ante cualquier orden o propuesta para actuar, responde “preferiría no hacerlo”, ahora se impone su contrario: “quiero hacerlo todo”, y ese todo en el mismo instante en que está ocurriendo. La cuestión que se plantea hoy en la política, la moda del momento, es que no solo se debe ser hiperactivo -como Sarkozy- cuando ocurre una desgracia o un acontecimiento negativo o positivo, sino que ahora se debe lograr sembrar el caos, como lo hace Donald Trump, para avanzar en los objetivos políticos -claros, difusos o secretos- que se persiguen.

Hoy, el dominio del relato no se realiza en el marco de una estrategia, sino en el de la misma acción política, lo que obliga a ir cambiándolo sobre la marcha, en el mismo instante -ni antes ni después- en que está ocurriendo. No se trata de forjar un storytelling, sino de construir una cadena de acontecimientos, en apariencia sorprendentes e incluso asombrosos, para provocar un caos que dispara la adrenalina del sistema nervioso hasta el extremo de sumir a los ciudadanos en un estado de perplejidad o de ensoñación más real que la propia realidad.

El dominio del relato no se realiza en el marco de una estrategia, sino en el de la misma acción política

El caos, de esta manera, se convierte en orden, sentido y orientación de las decisiones. Es la razón por la que, tras cualquier catástrofe natural o producto de un fallo humano, lo primero que se hace no es tanto valorar lo ocurrido para poder explicarlo, sino aprender a navegar, a surfear sobre lo ocurrido, para así no tener que explicarlo. Los datos técnicos, las comparecencias políticas, las explicaciones, las soluciones y la transparencia en la gestión se convierten de este modo en accidentes: imprecisiones, rectificaciones, sabotajes, extrañezas, sorpresas y omisiones.

El caos, en apariencia, se apodera de la realidad cuando lo que realmente está ocurriendo es una nueva forma de orden, gracias a la cual nunca hay tiempo para rendir cuentas a la opinión pública.

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