El Gobierno controlará mejor internet que las vías del tren

Irse hasta Dubái para anunciar recortes en tu propio país es, quizá, la nueva diplomacia sanchista

Pedro Sánchez se ha ido hasta Dubái para anunciar que su Fiscalía va a prohibir el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años y que perseguirá a las plataformas que no eliminen contenido «ilegal y de odio». El objetivo, ha explicado con gesto grave, es proteger a los niños y a los jóvenes en internet. Hasta aquí, el titular. A partir de ahí, como cualquier español de a pie, surge una pregunta tan simple como incómoda: ¿qué necesidad tenía de irse hasta los EAU para anunciar algo así? Como si TikTok y las redes fueran la primera preocupación de los jeques del petróleo.

Hubo un tiempo —no tan lejano— en el que los presidentes del Gobierno viajaban por el mundo árabe con una misión clara y bastante tangible: vender el AVE. El tren de alta velocidad español era la joya de la corona, el símbolo de un país moderno, competitivo, capaz de exportar tecnología, ingeniería y gestión. España no daba lecciones morales; ofrecía kilómetros de vía, puntualidad y contratos millonarios. Hoy, sin embargo, ese relato ha descarrilado y solo nos queda vender el humo de un presidente que quiere ir de gran estadista internacional cuando no es capaz de aprobar nada en su país.

Sánchez aterriza en Emiratos Árabes Unidos no para firmar acuerdos industriales, ni para atraer inversiones estratégicas, ni siquiera para colocar una marca país reconocible, sino para anunciar una prohibición interna. Una restricción de derechos digitales en España. Un recorte, dicho sin rodeos. Y lo hace como si estuviera revelando al mundo una gran iniciativa civilizatoria, algo que debería preocupar hondamente a los gobernantes emiratíes y al resto de asistentes al auditorio. Ridículo.

Cuesta imaginar la escena: jeques, ministros y representantes de países donde el concepto de libertad de expresión es, como mínimo, flexible, escuchando con atención cómo el presidente español alerta de los peligros del libre albedrío en las redes sociales. Resulta casi entrañable. O patético. Según se mire.

Tal vez la explicación sea más doméstica de lo que parece. Puede que Sánchez ya no tenga demasiado margen para presentar grandes anuncios en España. Aquí las iniciativas se le atragantan, se negocian a la baja o directamente se las tumban. En Dubái, en cambio, nadie vota en contra. Nadie interrumpe. Nadie repregunta con mala intención. Se escucha por educación, se aplaude con cortesía y se pasa al siguiente ponente. La política convertida en gira internacional de monólogos.

Irse hasta Dubái para anunciar recortes en tu propio país es, quizá, la nueva diplomacia sanchista. Antes exportábamos trenes; ahora exportamos discursos. Antes vendíamos infraestructuras; ahora vendemos la idea de que el verdadero peligro para la juventud no es una red ferroviaria que se cae a pedazos, sino un adolescente con acceso libre a Instagram o TikTok.

Antes exportábamos trenes; ahora exportamos discursos

Porque, claro, vender hoy el AVE español se ha vuelto una tarea delicada. Ahí está el accidente de Córdoba, la imagen de las Rodalies catalanas convertidas en símbolo de abandono, el caos generalizado en los trenes, los retrasos, las averías, la sensación de que el mantenimiento es una palabra que se quedó en algún presupuesto olvidado. Cuesta mucho presumir de alta velocidad cuando la soldadura de las vías falla y el sistema entero chirría. Ante ese panorama, quizá resulte más rentable cambiar el foco. No hablar de soldaduras fallidas, sino de mensajes de odio. No hablar de inversiones que fueron donde no tenían que ir, sino de algoritmos peligrosos. No hablar de gestión, sino de moral. Siempre es más fácil señalar una amenaza abstracta que asumir responsabilidades concretas.

El problema es que el discurso no resiste demasiado bien la comparación. Para un ciudadano español es mucho más inquietante tener que volver a casa en una línea de tren que falla más que una escopeta de feria que el supuesto bulo que va a leer en el trayecto. Pero para Sánchez ese es un matiz sin importancia, porque en Dubái luce más la pose del estadista preocupado por el bienestar digital de la humanidad que las vicisitudes del español medio, enfrentado diariamente a unos servicios cada vez peores.

Sánchez se presenta así como el líder que pone límites, que protege, que regula. Lo hace lejos de casa, lejos del Parlamento, lejos del ruido. Y quizá eso sea lo más revelador. Cuando un presidente necesita cruzar medio mundo para anunciar una medida polémica que afecta a su propio país, algo no termina de cuadrar.

Puede que el verdadero problema no sea el acceso de los menores a las redes sociales, sino el acceso del Gobierno a la realidad. Y puede que, al final, no sea internet lo que más asusta al poder, sino la posibilidad de que alguien, sin filtros ni intermediarios, cuente lo que pasa cuando las soldaduras fallan y los trenes no llegan.

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