Los problemas de organizar un Mundial de fútbol con Marruecos
La realidad política y cultural está empezando a revelar tensiones que no solo ponen en duda la imagen de Marruecos como coanfitrión
El Mundial de fútbol de 2030 debería ser, sobre el papel, una fiesta de dos continentes: España, Portugal y Marruecos organizando conjuntamente el centenario del torneo más universal del deporte rey. Pero la realidad política y cultural —esa que no cabe en un dossier de candidatura— está empezando a revelar tensiones que no solo ponen en duda la imagen de Marruecos como coanfitrión, sino que ya empiezan a pasar factura a España, antes de que se haya jugado un solo partido.
Rafael Louzán, presidente de la Real Federación Española de Fútbol, ha asegurado con rotundidad que la final del Mundial de 2030 se jugará en España, aunque la FIFA no ha adoptado todavía ninguna decisión oficial al respecto y Marruecos también aspira a albergar ese partido decisivo. Louzán justifica su declaración en base a la probada capacidad organizativa de España y en el deseo de liderar el torneo con autoridad, urgiendo a que la final del centenario —el evento estrella de la edición— quede en territorio español.
La postura de Louzán empieza así a parecerse a la del portero suplente de Senegal defendiendo, con uñas y dientes, la toalla que querían arrebatarle los recogepelotas marroquíes en la final de la Copa de África disputada en Rabat. Una defensa intensa, casi visceral, de España frente a una Marruecos que pugna por algo más que estadios: quiere protagonismo, reconocimiento simbólico y la consolidación de su régimen de satrapía.
En la Copa de África se vivieron escenas lamentables para la imagen del fútbol: protestas de jugadores, interrupciones de juego y tensiones en las gradas. Imágenes que, lejos de ser un incidente aislado, han alimentado dudas legítimas sobre si Marruecos está preparado —en términos institucionales, logísticos y culturales— para ser sede de partidos decisivos de un Mundial. Y no solo en España se hacen esas preguntas: varios países africanos y sectores del fútbol continental han expresado reservas tras lo vivido en la Copa de África, criticando tanto la toma de decisiones como la gestión de momentos tensos dentro y fuera del campo.
No se trata de demonizar a una selección ni a una afición. El fútbol africano ha dado sobradas muestras de competitividad, talento y crecimiento. Marruecos, en particular, ha demostrado en los últimos años una capacidad notable para formar jugadores, exportar talento y competir al máximo nivel. El problema no está en el césped, sino en lo que rodea al partido cuando el resultado no es el deseado. En la dificultad para aceptar que el rival también juega, que el árbitro decide y que perder forma parte del juego.
Marruecos no es una democracia al uso. Es un país donde el poder se concentra en la figura del rey y en el Majzén, ese entramado de intereses, lealtades y silencios que garantiza la estabilidad del régimen. La autoridad no se discute; se impone. Y cuando algo falla, cuando el guion no se cumple, la reacción suele ser muchas veces agresiva. Y eso se traslada a todos órdenes de la vida, especialmente al fútbol, como ya se ha visto en la reacción de la hinchada marroquí incluso en ciudades españolas.
La autoridad no se discute; se impone
Desde Rabat hasta Casablanca, Marruecos ha invertido millones en estadios y centros deportivos. Su Grand Stade Hassan II, con capacidad para más de 110.000 espectadores, aspira a convertirse en un símbolo y un argumento para albergar la final. Así que las tensiones con España están servidas. Nuestro vecino del sur, con su peso creciente en África y sus avances futbolísticos, busca prestigio; España, con una tradición organizadora mucho más larga, reclama seguridad y liderazgo. El episodio de la toalla, que para muchos fue solo un gesto desconcertante en un contexto emotivo, puede leerse simbólicamente como una representación de dos modelos de deporte y de autoridad: uno donde la competencia se expresa dentro de las reglas y otro donde el terreno de juego se vive como una extensión de otras jerarquías de poder.
Y mientras Louzán se proyecta casi como ese portero que defiende la final con todas sus fuerzas, en Marruecos hay quienes creen que —aun con polémicas— la candidatura africana merece espacio en la gran cita. La FIFA, por ahora, mantiene silencio y recuerda que la decisión final sobre el estadio de la final corresponde únicamente al organismo mundial.
La pregunta, sin embargo, trasciende la logística: no es solo si Marruecos tiene estadios o trenes de alta velocidad, sino si el país puede gestionar, con la serenidad y el fair play que el Mundial exige, un evento que debe quedar en la memoria colectiva. España ya ha asumido parte del coste organizativo de este Mundial compartido —en términos de inversión y sedes propuestas— sin tener garantizada la final.
Pero ahora, con declaraciones públicas de liderazgo que traslucen más inquietud que confianza, lo que parece es que España ya está empezando a pagar el precio de una candidatura que quizá nació más por interés político que por confianza real en la capacidad de su socio africano.
Un comentario en “Los problemas de organizar un Mundial de fútbol con Marruecos”
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El artículo no plantea un análisis serio: parte de prejuicios y los reviste de retórica política para cuestionar algo que ya ha sido evaluado y validado por la FIFA. No hay “dudas legítimas” sobre la capacidad de Marruecos; lo que hay es una narrativa interesada.
Marruecos ha demostrado recientemente, con hechos y no con opiniones, que está perfectamente capacitado para organizar eventos deportivos internacionales de primer nivel. La Copa de África de las Naciones, celebrada con infraestructuras modernas, altos estándares de seguridad y una logística impecable, es la prueba más inmediata. Y no lo dicen blogueros ni opinadores: lo dijo Gianni Infantino, presidente de la FIFA, presente en el país, que elogió públicamente la organización, los estadios y la preparación estructural de Marruecos.
Insinuar que incidentes puntuales —presentes en absolutamente todos los grandes torneos, incluidos los organizados por países europeos— invalidan a un país entero es intelectualmente deshonesto. Si ese criterio se aplicara con el mismo rigor, ningún Mundial se habría celebrado jamás, ni en Europa ni en América.
El texto incurre además en una confusión grave: mezclar el sistema político de un país con su capacidad técnica y organizativa. La FIFA no adjudica Mundiales en función de modelos de gobierno, sino tras auditorías técnicas, de seguridad, transporte, infraestructuras y gestión de masas. Marruecos ha superado esos filtros. España, Portugal y Marruecos fueron elegidos porque los tres cumplen, no por “intereses simbólicos”.
Marruecos ha invertido miles de millones en:
-Estadios homologados por FIFA
-Red ferroviaria de alta velocidad operativa
-Aeropuertos internacionales ampliados
-Capacidad hotelera contrastada por millones de turistas anuales
Cuestionar ahora su idoneidad no es análisis: es miedo a perder protagonismo. El debate real no es si Marruecos puede organizar partidos decisivos —porque puede—, sino si algunos sectores están dispuestos a aceptar que el fútbol mundial ya no es un monopolio europeo.
La final del Mundial 2030 la decidirá la FIFA. Y cuando lo haga, lo hará sobre criterios técnicos, no sobre columnas cargadas de prejuicios culturales. Porque la realidad, por incómoda que resulte a algunos, es clara: Marruecos está preparado, y lo ha demostrado.