Las protestas tardías que unen al PSOE y a RTVE 

El PSOE y RTVE han seguido trayectorias paralelas: ambas instituciones fueron pilares de la Transición, espacios de pluralidad, con contrapesos internos, reglas no escritas y cierta cultura del límite

Hay momentos en los que las metáforas se escriben solas. El PSOE y RTVE atraviesan uno de ellos. Basta con observar dos escenas recientes para entenderlo: por un lado, Jordi Sevilla emerge del silencio con un comunicado solemne en el que denuncia el presidencialismo asfixiante de Pedro Sánchez y sus devastadoras consecuencias para el partido; por otro, el Consejo de Informativos de RTVE publica un informe minucioso denunciando incumplimiento de las normas fundamentales de elaboración de información, así como bulos y mala praxis periodística de programas de producción externa como Mañaneros o Malas lenguas, comandados por Javier Ruiz y Jesús Cintora.  

Dos avisos. Dos lamentos. Dos bengalas lanzadas desde los botes salvavidas… cuando el barco ha empezado a encallar contra las rocas. Porque eso es lo que parecen hoy ambas instituciones: náufragos tardíos que descubren de repente que el capitán lleva el buque directamente hacia el desastre. Y lo más llamativo no es la colisión —que es previsible— sino el súbito estupor de quienes, durante años, no sólo miraron hacia otro lado, sino que ayudaron a engrasar una maquinaria ahora incontrolable. 

Jordi Sevilla no es un militante de base sorprendido por la deriva del PSOE. Es un veterano del aparato, exministro, intelectual orgánico del socialismo moderno, uno de esos nombres que durante años aportaron respetabilidad técnica y barniz socialdemócrata al proyecto. Su denuncia del “hiperpresidencialismo” de Sánchez llega con la precisión de quien grita ¡iceberg! cuando el agua ya cubre la cubierta de mando. ¿De verdad alguien cree que esta forma de ejercer el poder nació ayer? ¿Que el vaciamiento del partido, la supresión del debate interno y la conversión del PSOE en una estructura plebiscitaria son fenómenos recientes? 

Algo muy parecido ocurre en RTVE. El Consejo de Informativos —digno, profesional, bienintencionado— levanta ahora acta notarial de lo que cualquier espectador mínimamente atento lleva años percibiendo: programas convertidos en plataformas de agitación política, tertulias monocromas, enfoques militantes y una confusión deliberada entre información y propaganda. El informe es impecable. Pero llega, eso sí, cuando la radiotelevisión pública ya ha sido colonizada hasta el tuétano. 

La analogía es casi perfecta. El PSOE y RTVE han seguido trayectorias paralelas: ambas instituciones fueron pilares de la Transición, espacios de pluralidad, con contrapesos internos, reglas no escritas y cierta cultura del límite. Ambas han sido progresivamente vaciadas para ponerlas al servicio de un solo proyecto personal. Y ambas reaccionan ahora como quien descubre asombrado que en invierno hace un frío que pela. 

Pero aquí aparece el elemento incómodo: la responsabilidad compartida. Ni Jordi Sevilla ni el Consejo de Informativos pueden presentarse como espectadores inocentes. Han sido, en mayor o menor medida, colaboradores necesarios. Unos por acción, otros por omisión. Unos justificando, otros normalizando, otros pensando que el problema se corregiría solo. Hasta que ha dejado de ser corregible. 

El resultado es un mimetismo inquietante. La RTVE actual se parece al PSOE actual como dos gotas de agua: jerarquía vertical, culto al líder, intolerancia a la disidencia, relato único y alergia a la autocrítica. En ambos casos, la pluralidad ha sido sustituida por disciplina, y la crítica por consignas. No es casualidad que muchos profesionales de RTVE se reconozcan hoy en la militancia socialista desencantada: ambos saben que algo se ha roto, pero ya no controlan el proceso. 

Lo más revelador es el tono de estas protestas tardías. No son llamadas a la rebelión, ni a la reconstrucción, ni a la ruptura. Son documentos bien redactados para salvar la conciencia, no para cambiar el rumbo. Bengalas, sí. Pero lanzadas desde botes que se alejan del casco hundido, no desde el puente de mando. 

El problema es que ya es tarde. El PSOE que conocimos —con sus virtudes y defectos— ha sido sustituido por otra cosa. Y RTVE, la radiotelevisión pública que debería ser referencia de rigor y pluralismo, se ha convertido en un reflejo televisado de la estrategia política del poder. Ambos han unido su destino. Y cuando dos instituciones tan centrales deciden navegar juntas hacia el mismo horizonte, conviene preocuparse. 

Porque el final de esta travesía no es halagüeño. Ni para el partido que fue columna vertebral de la democracia española, ni para el medio público que debía servirla. Y las bengalas, por muy vistosas que sean, son efímeras y no reflotan ningún barco. 

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