El peor Trump es mejor que la dictadura chavista
Las cifras hablan solas, aunque muchos prefieran no escucharlas
Cómo han tenido que vivir los venezolanos para preferir que Trump se lleve su petróleo a que Maduro siga en el poder. Es una constatación amarga, casi obscena, pero que cada vez se escucha más entre los venezolanos que pueden expresarse libremente: incluso el peor colonialismo resulta preferible a la dictadura chavista. Porque lo que Nicolás Maduro y su régimen han impuesto en Venezuela no es soberanía nacional, ni socialismo, ni dignidad bolivariana. Es represión, ruina económica y exilio masivo, envueltos en un discurso épico que solo sirve para justificar el poder de una minoría.
Durante años, la izquierda internacional —y una parte significativa de la española— ha repetido el mantra de la “legalidad internacional” cada vez que Washington levantaba la voz contra Caracas. Se invocaba el antiimperialismo con fervor casi religioso, mientras se ignoraba deliberadamente lo esencial: Venezuela dejó de ser una democracia hace mucho tiempo y se convirtió en un régimen autoritario sostenido por el miedo, la cárcel y el hambre.
Las cifras hablan solas, aunque muchos prefieran no escucharlas. Más de 18.000 detenciones políticas desde 2014. Cientos de presos políticos aún hoy encerrados en cárceles donde la tortura es práctica habitual. Decenas de muertos bajo custodia del Estado, nunca explicados. Más de 300 personas asesinadas en la represión de protestas. Y un fenómeno aún más siniestro: las desapariciones forzadas, que recuerdan demasiado a las dictaduras latinoamericanas que algunos juraron no volver a tolerar jamás.
A este paisaje represivo se suma una devastación económica sin precedentes. Maduro, sentado sobre las mayores reservas de petróleo del planeta, ha logrado la proeza de empobrecer a su población hasta niveles propios de un país en guerra. Más del 80 % de los venezolanos viven en la pobreza, el salario mínimo ha sido pulverizado por la inflación y el Estado ha sobrevivido gracias a remesas y economía informal. El resultado es un país que se vació: casi ocho millones de venezolanos han tenido que huir, protagonizando uno de los mayores éxodos del siglo XXI.

En el centro de este colapso está PDVSA, la joya de la corona, hoy convertida en chatarra. Donde antes se producían más de tres millones de barriles diarios de petróleo, hoy apenas se llega al millón, con instalaciones obsoletas, fugas constantes y una corrupción sistémica que ha hecho de la empresa un cascarón vacío. El petróleo ha seguido saliendo, sí, pero no para los venezolanos. Ha ido mayoritariamente a China, Rusia y Cuba, aliados estratégicos del régimen, como pago político y geopolítico, sin que la población viera siquiera las migajas.
El petróleo ha seguido saliendo, sí, pero no para los venezolanos. Ha ido mayoritariamente a China, Rusia y Cuba, aliados estratégicos del régimen
Por eso resulta revelador —y profundamente incómodo para ciertos discursos— que muchos venezolanos contemplen hoy con resignación, cuando no con esperanza, la idea de que Trump se lleve su petróleo. No porque idealicen a Estados Unidos, ni porque ignoren la historia del intervencionismo yanki en Latinoamérica, sino porque ya han probado la alternativa. Y esa alternativa se llama chavismo: un sistema que prometió justicia social y entregó miseria; que habló de independencia y vendió el país a potencias extranjeras; que se llenó la boca de pueblo mientras lo empujaba al exilio. Esa es su tragedia.
El plan de Trump para Venezuela —bruto, pragmático y sin demasiados complejos morales— parece reducirse a algo muy simple: devolver al país al circuito del capitalismo global. Con todos sus defectos, sin duda. Con intereses empresariales claros. Con petróleo de por medio. Pero también con inversión, reconstrucción industrial y empleo. Algo que el régimen bolivariano fue incapaz —o nunca tuvo intención— de ofrecer.
Desde luego, habrá quien hable de nuevo colonialismo, de patio trasero, de saqueo. Y no le faltará razón histórica en esas advertencias. Pero llama la atención que los únicos que siguen defendiendo el “revolución o muerte” sean, como en Cuba, quienes viven del régimen. Para ellos, la revolución siempre fue un negocio. La muerte es para los otros, los que discrepan.
La paradoja es brutal: una dictadura que se decía antiimperialista ha estado entregando Venezuela a potencias extranjeras, mientras destruía su tejido productivo y anulaba a su sociedad civil. Frente a eso, muchos venezolanos prefieren hoy el capitalismo imperfecto al autoritarismo perfecto. No porque sea justo, sino porque es, sencillamente, el menor de los males. Venezuela, como el resto del mundo, asume con incertidumbre los cambios globales del nuevo orden internacional, y a pesar de las dudas, lo hace con ilusión.
Y quizá ese sea el fracaso más rotundo del chavismo: haber logrado que los ambiciosos planes de Trump sean, hoy por hoy, la opción más razonable frente a una dictadura que convirtió un país rico en un erial humano.