Salvador que no salva

Gobernar no es anunciar; gobernar es resolver, y de momento los resultados no parecen acompañar la épica del regreso

Dicen que ha vuelto el Salvador. Que regresa el hombre providencial, el gestor sereno, el bálsamo que Cataluña necesitaba. Tras un mes de convalecencia, Salvador Illa reaparece y la maquinaria mediática (la pública y la concertada) se ha activado como si estuviéramos ante la segunda venida del buen gobierno. Nos alegramos, por supuesto, de su recuperación. Faltaría más. La salud está por encima de cualquier discrepancia política. Pero convendría rebajar la épica.

La política catalana tiene una curiosa tendencia a la hipérbole. Aquí todo es histórico, todo es decisivo, todo inaugura una nueva era. Y así, el regreso de Illa se presenta como la “hora del Salvador”. Sin embargo, la realidad, más tozuda y menos sentimental que los titulares, no parece acompañar esa narrativa. Gobernar no es anunciar; gobernar es resolver. Y en eso, de momento, los resultados deslumbran poquísimo.

Que no sea un gran orador no le convierte automáticamente en un gran gestor. La sobriedad no es sinónimo de eficacia. Intentar caer bien a todo el mundo tampoco equivale a hacer lo correcto para la mayoría. En el fondo, Illa comparte con Pedro Sánchez esa obsesión por la escenografía, por la estética del poder, por el maldito relato. No es un revolucionario, pero tampoco es un reformista audaz. Es, más bien, un político de equilibrio táctico, de cálculo constante, de gesto medido. Y en tiempos de problemas estructurales, la táctica no basta.

Conviene recordar su etapa como ministro de Sanidad durante la pandemia. No para recrearse en el pasado, sino porque las crisis revelan el carácter. España fue uno de los países europeos más golpeados en la primera ola. Mientras otros gobiernos tomaban medidas drásticas, aquí se minimizaba la amenaza. Se nos dijo que era poco más que una gripe. Se priorizó la agenda ideológica frente a la sanitaria. Las imágenes de aquel 8 de marzo, con ministras saludándose sin besos (pero con guantes) mientras se animaba a la ciudadanía a manifestarse, forman parte ya de la hemeroteca incómoda.

La gestión de las mascarillas, los bandazos con los confinamientos, la improvisación constante… Todo ello dejó la sensación de que se gobernaba mirando más al termómetro demoscópico que al epidemiológico. El objetivo parecía claro: proteger al presidente, blindar al Gobierno, contener el desgaste. Salvar al soldado Sánchez antes que salvar a un ciudadano desorientado. Aquella etapa no fue un ejemplo de transparencia ni de anticipación. Fue, más bien, un ejercicio más del manual de resistencia de la Moncloa.

Y nada nuevo bajo el Sol de la Generalitat. Venimos a gestionar, nos prometían tras el desastre del procés. La promesa sonaba bien, pero como todas las promesas del sanchismo era falsa. ¿Mejora la educación? ¿Mejora la sanidad? Nada para aumentar el nivel educativo o recortar las listas de espera. Cataluña sigue sin presupuestos, y con un Govern débil y dependiente de minorías decrecientes. A cada crisis se responde con más organismos públicos, no con soluciones eficaces. Lo de la Taula del Senglar (Mesa del Jabalí) es valleinclanesco.

Cataluña sigue sin presupuestos, y con un Govern débil y dependiente de minorías decrecientes

Pero si hay un ámbito donde el Govern de Illa actúa con irresponsabilidad consciente, es en la política de vivienda. El pacto con los comunes, esos revolucionarios de Instagram, apunta a una deriva intervencionista que vulnera claramente el derecho de propiedad. No pretenden regular el mercado, sino ir más allá y decidir a quién puedes vender tu propiedad y en qué términos. Atenta contra la Constitución española y la Unión Europea.

Además, el resultado es previsible: menos inversión, más escasez. Y cuando la oferta disminuye, los precios no bajan por decreto; suben por lógica. Se proclama justicia social, pero se alimenta un problema estructural. La vivienda no se abarata asustando al propietario, sino facilitando la construcción, agilizando trámites y ofreciendo seguridad jurídica.

Cataluña no necesita un Salvador que tranquilice tertulias. Necesita un gobierno que afronte reformas profundas sin refugiarse en la propaganda. De momento, el Salvador no parece dispuesto a salvar nada más que al Partido Socialista. Sí, quizá esta sí va a ser la legislatura de la gestión. Pero no en el sentido que se anunciaba. Será, una vez más, la legislatura de la mala gestión.

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