La Constitución, tan vieja y tan joven
El futuro de la Constitución no depende solo de su letra, depende de que recordemos por qué nació
La Constitución Española de 1978 es, al mismo tiempo, la más longeva de nuestra historia y, comparada con las grandes democracias occidentales, una norma todavía joven. Tan joven y tan vieja. Tan vieja y tan joven. Esa paradoja resume bien el momento que vivimos: una Constitución que ha demostrado una fortaleza inédita en España y que, sin embargo, atraviesa hoy una erosión preocupante.
Nuestra historia constitucional fue durante demasiado tiempo una sucesión de textos efímeros, nacidos más del espíritu de facción que de la voluntad de concordia. Eran constituciones de parte, no de todos. Así fue la Constitución de 1931, redactada contra media España y no respetada ni por los propios republicanos. La lógica del “trágala” fue una constante que impidió consolidar una cultura de lealtad institucional.
Por eso 1978 fue diferente. No hubo un “pacto del olvido”, como interesadamente se repite, sino un pacto de la memoria inteligente. Se tuvo muy presente el pasado para no repetir sus errores. Se sabía que España había fracasado una y otra vez por la incapacidad de integrar al discrepante. La Constitución del 78 no nació de la amnesia, sino de la conciencia trágica de nuestra historia. Y por eso fue una Constitución para todos los españoles, votada masivamente en referéndum, aceptada por sensibilidades ideológicas muy distintas.
Desde la Transición, España ha vivido su periodo más largo de estabilidad democrática. Resistió el envite del terrorismo de ETA sin claudicar. Supo responder con la ley, con tribunales y con el Estado de derecho. Y superó un golpe de Estado clásico, el del 23 de febrero de 1981, cuando la joven democracia estuvo a punto de descarrilar.
«La Constitución ha demostrado una fortaleza inédita en España y, sin embargo, atraviesa hoy una erosión preocupante»
Superó también un segundo golpe a la democracia, más sofisticado y posmoderno, aunque igualmente grave: el desafío separatista de 2017 en Cataluña. Se pretendió sustituir la soberanía nacional por una legalidad paralela, la de una república bananera. De nuevo, el Estado respondió con instrumentos constitucionales y no con represalias arbitrarias. Otra vez Justicia, no venganza.
Ahora la actual Constitución supera en edad a la Constitución de 1876, la de la Restauración, hasta ahora la más duradera. El dato no es menor: significa que, por primera vez, España ha sido capaz de sostener durante casi medio siglo un marco de convivencia compartido. La conmemoración bien valía el acto “Nuestra Constitución más longeva”en una sesión conjunta del Congreso y el Senado. En ese acto Felipe VI nos habló del “espíritu de concordia” que la hizo posible, un espíritu que hoy algunos se empeñan en aparcarlo en un mundo de ayer. Y también advirtió que el mejor homenaje a la Constitución es “cumplirla”. Quizá Pedro Sánchez debería darse por aludido.

Ninguna ley, ni siquiera la mejor diseñada, puede suplir la falta de cultura cívica. Las constituciones no se defienden solas; necesitan élites responsables y ciudadanos comprometidos. Cuando el poder se ejerce con espíritu autoritario, cuando las instituciones se colonizan para garantizar la supervivencia de un proyecto personal, la degradación de la democracia se hace patente.
La amnistía a los líderes del procés no fue un gesto de reconciliación nacional, sino la transacción más vil de un presidente sin principios. Que fuera avalada por el Tribunal Constitucional, percibido por no pocos como una instancia alineada con los intereses coyunturales del Gobierno, agravó la sensación de degradación institucional.
La Constitución es joven en comparación con otras democracias; vieja, si miramos nuestra historia convulsa. Ha demostrado una fortaleza admirable frente al terror y frente a los golpes. Pero su futuro no depende solo de su letra. Depende de que recordemos por qué nació: para que en España nadie volviera a imponer un “trágala”, para que la ley fuera nuestra casa común.