España se rompe por mil costuras
España no está condenada a permanecer desgarrada, necesita ser recosida
Se rompe algo más que un tren cuando descarrila una infraestructura pública: se rompe la confianza del ciudadano en el Estado. Desde que gobierna Sánchez, los accidentes y los descarrilamientos ferroviarios se han multiplicado y ya no caben en la categoría del accidente aislado. Son la expresión visible y lamentable de una degradación profunda, de años de abandono, de prioridades torcidas y de un gobierno que, ante la tragedia, responde con versiones contradictorias, silencio administrativo y oscurantismo, como ya vimos con el gran apagón. Cuando la verdad se esconde, la sospecha ocupa su lugar.
Se rompe la confianza en las instituciones cuando la mentira deja de ser una excepción y se convierte en método. Cuando el gobierno miente, sabe que miente y sabe que todos sabemos que miente, pero persevera. Esa obstinación no es torpeza: es estrategia. Es desprecio. Y cuando el ciudadano percibe que nadie rinde cuentas, que no hay consecuencias, el vínculo cívico se erosiona. Empieza a ser demasiado evidente que las políticas públicas se diseñan no para funcionar, sino para resistir el siguiente ciclo electoral. El manual de resistencia es el único programa socialista.
Se rompe la concordia entre españoles cuando desde el poder se alimenta la agitación permanente. Cuando los medios públicos se transforman en máquinas de propaganda, cuando se señala al discrepante como enemigo, cuando se justifica cualquier medio con tal de impedir la alternancia. La ética desaparece de la política y con ella la posibilidad de un debate leal. Sin concordia no hay proyecto común, solo bandos enfrentados y una sociedad fatigada de trincheras.

Se rompe el pacto burkeano entre generaciones cuando se desprecia la herencia recibida. El espíritu de la Transición, que no fue un milagro sino un ejercicio de responsabilidad histórica de nuestros padres se diluye entre revisionismos interesados y malintencionados.
Se rompe también cuando se gobierna a crédito, se hipoteca el futuro con una deuda pública billonaria y se entrega a los jóvenes un país con menos oportunidades que el que heredaron sus padres. Y cuando las políticas de vivienda, intervencionistas y dogmáticas expulsan a toda una generación del acceso a la propiedad y retrasan la emancipación hasta dificultar la formación de nuevas familias.
Se rompe la sociedad cuando la clase media se encoge. Cuando está en peligro de extinción. La presión fiscal crece mientras los servicios públicos se degradan. El poder adquisitivo se evapora por la inflación y los salarios privados no despegan porque la productividad no aumenta. La economía se dopa con gasto público y una inmigración desordenada que no se integra en un modelo productivo sólido. Unos pocos viven del cuento, de la red clientelar; la mayoría paga la cuenta.
A partir de ahí, las grietas se multiplican. Se rompen las infraestructuras porque se gobierna con electoralismo, porque el mantenimiento no da votos y la foto sí. Se piensa antes en colocar a los propios —corruptos y prostitutas— que en garantizar la seguridad de los ciudadanos. Y esa dejación tiene consecuencias: familias destrozadas. Familias rotas.
«España se rompe por mil costuras porque la ruptura es el proyecto del sanchismo»
Se rompe el Estado cuando se gobierna para satisfacer a sus enemigos. Se expulsa a servidores públicos en Cataluña, se erosiona la neutralidad institucional y se paga el precio de la investidura con cesiones que facilitan futuros desafíos a la democracia. No es simple irresponsabilidad: es cálculo. Mantenerse en el poder a cualquier coste, aunque el coste sea la propia arquitectura del Estado.
España se rompe por mil costuras porque la ruptura es el proyecto del sanchismo. Un país dividido, enfrentado y paranoico es más fácil de gobernar sin rendir cuentas. La polarización permite que no haya disidencias en su lado del muro: los casos de corrupción se diluyen y los escándalos sexuales se tapan con más ruido. Nada cabe esperar de un gobierno que es más que irresponsable, porque es culpable.
Y, sin embargo, España no está condenada a permanecer desgarrada. Necesita ser recosida. Recoser España significa recuperar la verdad como norma, la concordia como objetivo y la responsabilidad como método. Significa reconstruir una clase media fuerte, apostar por una economía productiva, cuidar las infraestructuras y devolver dignidad a los servicios públicos. Significa respetar lo que somos y ofrecer a los jóvenes un futuro que merezca la pena. Esa es la (épica) tarea que aguarda al próximo gobierno: coser con paciencia y firmeza un país que quiere volver a caminar unido.