El asesinato de la clase media

La situación es democráticamente insostenible para Sánchez, pero el manual de resistencia autárquica dicta no convocar elecciones

El sanchismo es un populismo, y todo populismo, más allá de su demagogia, es un proyecto político que pretende concentrar todo el poder en una sola persona. En este setido, los ministros del PSOE son meros propagandistas. Y los ministros de los socios, pura inanidad. Todo es profundamente antiliberal. No se quieren controles ni contrapesos. El parlamento es ninguneado. Se ataca la libertad de los medios y la independencia de los jueces. Se pretende un poder absoluto y, desde lord Acton, ya se sabe qué ocurre en casos así.

Sin embargo, ante la proliferación de casos de corrupción y escándalos sexuales, la alternancia en el poder parece inevitable. Cada vez son más los españoles que se atreven a saltar el muro para pasar del sanchismo a la democracia. El declive del PSOE es evidente. En Extremadura quedaron más cerca de la tercera posición que de la primera. En las próximas elecciones, esa tónica se multiplicará. Sánchez teme el fin. Su rostro trasmite esa certeza. Por eso resiste a la desesperada, dispuesto a todo.

No nos engañemos: lo peor está por llegar. La situación es democráticamente insostenible para Sánchez, pero el manual de resistencia autárquica dicta no convocar elecciones. Así, los últimos coletazos de un sanchismo socavarán la democracia, fragmentarán el Estado, golpearán la nación. El fin es mantener el poder, y eso justifica cualquier medio. Justifica poner el futuro de España en manos de sus enemigos. El maquiavelismo sanchista acaba de entregar el diseño de la financiación autonómica al malversador Oriol Junqueras.

Y esto es un simple aperitivo. El republicano es el telonero de Carles Puigdemont. La foto de la (mayor) infamia con el prófugo está más cerca que nunca. Probablemente ya tenga fecha en la agenda monclovita. El proceso español avanza: el discurso de la mentira, la degradación de las instituciones y la disolución de la concordia. Y es que el proyecto populista no solo afecta a la estructura del Estado, la eliminación de contrapoderes perjudica directamente a la sociedad.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante un pleno extraordinario, en el Congreso de los Diputados. I Foto: Jesús Hellín (Europa Press)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante un pleno extraordinario, en el Congreso de los Diputados. I Foto: Jesús Hellín (Europa Press)

Uno de los grandes baluartes de la democracia siempre ha sido la clase media. Y van a por ella. La pauperización de España es un hecho. Los impuestos no dejan de subir. Los salarios privados están estancados, mientras la inflación engulle los ahorros. Las políticas intervencionistas reducen la oferta de vivienda asequible. Es un proyecto político: no quieren una España de propietarios. Quieren una juventud dependiente y resentida. Es una política que crea enemigos (propietarios) y no soluciones (más propietarios).

La pérdida de poder adquisitivo está laminando la clase media. Y el gobierno no hace nada para evitarlo. Incentiva el empobrecimiento. Le interesa y lo reconoce como un mérito. Proclamana ufanos que cada vez más españoles dependen de las ayudas sociales. Según Cáritas, la clase media, otrora claramente mayoritaria, representa hoy solo el 43 % de la población. Según una encuesta de Funcas, solo un 2% cree que los salarios están subiendo por encima del coste de vida. ¡Y un 90 % de los españoles asegura que está perdiendo poder adquisitivo!

La clase media no está muriendo, la están asesinando con alevosía. El populismo, por naturaleza, necesita masas dependientes, no ciudadanos libres. Necesita beneficiarios, no contribuyentes. El sanchismo sabe que es más dócil una juventud subsidiada que una juventud propietaria. Sabe que le es más rentable una sociedad que pide ayuda que una que exige rendición de cuentas. Al socialismo le molesta la clase media y, por esta razón, gobierna para reducirla a su mínima expresión.

Sin clase media, no hay ciudadanía libre

Esta mutación social tiene un coste que va mucho más allá de la economía. Sin clase media, no hay ciudadanía libre. La clase media es la argamasa de las democracias liberales. Es quien paga impuestos, cumple la ley, exige transparencia, rechaza el clientelismo. Es la que sostiene las escuelas y los hospitales, de la que salen los emprendedores, los profesores, los profesionales, los autónomos. Es ella la que garantiza la estabilidad política porque tiene algo que perder y algo que proteger. 

Una sociedad sin clase media es una sociedad de extremos, donde los de arriba mandan sin límite y los de abajo esperan sin horizonte, donde el ascensor social está permanentemente averiado. La España del sanchismo camina, consciente o no, hacia ese modelo. Y mientras tanto, quienes aún creemos en la libertad, en la responsabilidad individual y en el mérito, debemos alzar la voz. Porque cuando la clase media se derrumba, no solo se empobrece un país: se degrada su democracia.

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