El barroco del wokismo

El resultado no es justicia social, sino una sociedad más fragmentada, más desconfiada y menos libre

La izquierda española abrazó una ideología que, lejos de renovarla, ha acelerado su autodestrucción. La socialdemocracia, que al menos buscaba cierta cohesión social, fue abandonada por el PSOE. A este partido ya no le interesaba ni la cohesión, ni lo social, ni lo democrático. Desde hace años persigue la discordia sometiéndonos a una turra moral muy alejada del ejemplo de su cúpula. A la hipocresía se le une cierta tendencia autoritaria, ya que contempla el sistema democrático como un estorbo, como una molestia procedimental que ralentiza las ansias de poder de Pedro Sánchez y su entorno.

En el vacío ideológico se coló el wokismo, una importación podemita de campus extranjeros que el PSOE adoptó rápidamente. Se trata de una mezcla de indignación permanente, moralismo de trazo grueso y política entendida como religión sustitutiva. Una religión falsa, además, porque no redime a nadie ni mejora la vida de los ciudadanos; solo ofrece victimismo sobreactuado y expiación simbólica. Es la política sin responsabilidad, la emoción sin límite, el dogma sin realidad.

Douglas Murray lo explicó con precisión quirúrgica en La masa enfurecida: el problema de estas ideologías es que sobreviven incluso cuando ya no tienen dragones que matar. Es el síndrome del San Jorge jubilado, que, sin bestia a la que enfrentarse, sigue blandiendo la lanza contra el aire. Y se lleva por delante a cualquiera que pase por allí. Necesita conflicto para justificar su existencia, así que lo inventa. Donde había puentes, levanta trincheras.

Así, el wokismo es una obsesión por lo accesorio. Se riza el rizo en lo decorativo y se desprecia lo importante. Se legisla pésimamente porque se piensa más en la pancarta que en el BOE. Son narcisistas de la pequeña diferencia que desdeñan aquello que nos une. Buscan el rédito electoral en la polarización, no en el bien común. Por ello, las emociones negativas (el resentimiento o la envidia) son su combustible político. El resultado no es justicia social, sino una sociedad más fragmentada, más desconfiada y menos libre. Con las gafas del wokismo, se percibe una realidad distorsionada, se piensa mal y se decide peor. 

No obstante, lo que aspiraba a ser hegemónico empieza a mostrar síntomas de agotamiento. Nunca terminó de calar en las sociedades mediterráneas, menos proclives al puritanismo moral y a la autoflagelación identitaria. Hoy, además, lo woke se ha convertido en una parodia de sí mismo. Está en su fase barroca: al servicio del poder, siempre, pero tan exagerado que ya es ridículo. Es contraproducente. Como todo estilo que se alarga más de la cuenta, acaba caricaturizándose. Es la izquierda decadente. Y sería aún más risible si no fuera porque es tan corrupta.

Ahí están los últimos coletazos: personajes extravagantes convertidos en símbolos políticos, candidatos que son memes con patas, obras mediocres elevadas a canon no por su calidad, sino por cumplir escrupulosamente el checklist ideológico del momento. Bob Pop aspirando a la alcaldía de Barcelona no es una anomalía, sino la consecuencia lógica de una política que ha confundido representación con performance. Es el colauismo rococó.

Sucede en la política y en la cultura. Se celebran libros no porque estén bien escritos, sino porque bajo la boina del autor solo hay topicazos woke o un instinto comercial que apunta a un target menguante, pero aún importante. Con todo, ya no generan adhesión más allá de la feligresía. Solo generan risa. Y cuando una ideología empieza a provocar carcajadas, su declive es irreversible. Por esta razón, los jóvenes españoles abandonan la izquierda a la carrera, como los jóvenes catalanes abandonaron el separatismo tras años de sermones junqueristas mientras se dilapidaba el dinero público y el futuro de su generación. 

Lo woke falla hoy en lo electoral, como hace tiempo que falla en lo comercial. Las marcas retroceden y los votantes se van. La pedagogía moral constante fatiga. El sermón infinito agota. La sociedad quiere soluciones, no lecciones. La hegemonía cultural gira hacia la derecha. Pero también conviene advertir: no cualquier derecha nos salvará de la matraca woke. No una que replique los mismos vicios. No una derecha hiperbólica, demagógica y adicta a la discordia, que sustituya un dogma por otro y una exageración por su reflejo invertido.

Lo que hace falta es recuperar la cultura de la libertad: el respeto al individuo y a la verdad, el pluralismo real, la responsabilidad política y el sentido común. Celebrar el final del wokismo no basta si no se reconstruye aquello que destruyó. Menos religión política y más instituciones sólidas. Menos épica identitaria y más soluciones concretas.

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