¿Por qué ya no tenemos hijos? (IV): El precio de un planeta vacío

El envejecimiento acelerado y la caída global de la natalidad amenazan el crecimiento, el estado del bienestar y la capacidad de innovación antes de lo previsto

Las sociedades avanzadas envejecen sin haber descubierto cómo seguir existiendo. Y la factura demográfica llegará mucho antes de lo que pensábamos En las tres entregas anteriores hemos visto que el desplome de la natalidad no es una cuestión sólo de recursos —de hecho, cuanto más ricos somos, menos hijos tenemos— ni tampoco un problema exclusivamente español o mediterráneo. Es, más bien, un cambio profundo en nuestras prioridades vitales combinado con un diseño institucional que hace de la crianza algo incompatible con una vida plena. Ahora toca preguntarse qué pasa cuando esta tendencia no se revierte. La respuesta es incómoda: nos enfrentamos a un experimento sin precedentes en el que las sociedades avanzadas envejecerán sin haber resuelto cómo sostenerse demográficamente. Y contra lo que muchos suponen, el problema no es sólo de largo plazo. La factura llega antes.

Un nuevo análisis del Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo (EBRD, 2025) introduce un matiz inquietante: históricamente, los países desarrollados experimentaron su transición demográfica —el paso de alta a baja fecundidad— después de volverse ricos. Esto les permitió acumular capital, construir instituciones sólidas y desarrollar redes de protección social antes de que el envejecimiento se convirtiera en una carga fiscal. Japón, Alemania o Italia se volvieron viejos, sí, pero lo hicieron con los bolsillos llenos.

Hoy, sin embargo, muchas economías emergentes están cayendo por debajo de la tasa de reemplazo —2,1 hijos por mujer— a niveles de renta mucho más bajos que sus predecesoras. El resultado es una trampa demográfica: sociedades que envejecen sin haber tenido tiempo de enriquecerse lo suficiente como para sostener a una población dependiente creciente. China lo ejemplifica con claridad: su fertilidad ha colapsado a 1,2 hijos por mujer, pero su PIB per cápita apenas supera los 12.000 dólares. Para cuando alcance el nivel de vida de Japón, su estructura demográfica será similar a la nipona… pero sin el colchón de riqueza acumulada.

Esto no es sólo preocupante para los países emergentes. También cambia la ecuación global. Durante décadas, regiones como Asia, Latinoamérica o África subsahariana disfrutaron de un dividendo demográfico: una población activa grande sosteniendo a relativamente pocos dependientes. Ese dividendo impulsó el crecimiento entre 0,3 y 0,5 puntos porcentuales anuales. Pero las proyecciones de Naciones Unidas son claras: ese impulso se desvanecerá en las próximas décadas. En muchos casos, se convertirá en un lastre. Entre 2024 y 2050, Europa verá cómo la demografía resta aproximadamente medio punto de crecimiento anual. El viento de cola se convierte en viento de cara.

Europa verá cómo la demografía resta aproximadamente medio punto de crecimiento anual

Pero el problema no acaba ahí. Existe un argumento más inquietante, menos visible, y que rara vez se menciona en el debate público: la relación entre población e innovación. Los modelos de crecimiento endógeno —desarrollados por economistas como Paul Romer o Charles Jones— parten de una idea simple pero potente: el progreso tecnológico depende del número de personas trabajando en generar nuevas ideas. Más mentes pensantes significa más innovación; más innovación significa mejor nivel de vida.

Si la población global empieza a contraerse, como se proyecta para finales de este siglo, el motor del crecimiento económico podría atascarse. No porque nos falte capital o recursos, sino porque nos faltarán mentes pensando en cómo resolver problemas. Charles Jones lo ha llamado el empty planet scenario: un mundo en el que la humanidad, al reducirse, pierde capacidad para innovar y mantener su nivel de vida. Peor aún: la investigación reciente sugiere que las ideas son cada vez más difíciles de encontrar (Bloom et al., 2020). Hoy hace falta más esfuerzo investigador para lograr el mismo avance tecnológico que hace 30 años. Menos gente supone mayor dificultad para innovar, lo que conduce al estancamiento secular.

Mientras tanto, la presión fiscal se multiplica. El estado del bienestar moderno funciona como un contrato intergeneracional implícito: cada cohorte sostiene a la anterior esperando que la siguiente haga lo mismo. Funciona bien cuando hay equilibrio demográfico. Se derrumba cuando las proporciones se tuercen. Y las proporciones se están torciendo. Europa verá cómo la demografía le resta 0,46 puntos de PIB al año. Incluso manteniendo los mismos niveles de productividad y empleo, creceremos menos simplemente porque habrá menos gente trabajando y más gente dependiendo del sistema.

Japón ya vive ese futuro. Durante décadas se culpó a sus crisis bancarias y a su política monetaria por las «décadas perdidas». Pero un análisis reciente de Fernández-Villaverde (2025) muestra algo revelador: si ajustas por demografía, el crecimiento japonés ha sido similar al del resto de economías avanzadas. La diferencia es que Japón alcanzó su pico de población activa en 1995 y desde entonces no ha parado de envejecer. El resultado: un país que funciona, que innova, que tiene instituciones sólidas… pero que crece poco porque cada vez hay menos trabajadores sosteniendo a más pensionistas.

Como escribí en la primera entrega, el debate no es sólo económico. Es cultural. Si queremos revertir el invierno demográfico, tendremos que empezar por cuestionar nuestras propias normas sociales: ¿Es posible imaginar una crianza menos absorbente? ¿Podemos recuperar la idea de que tener hijos puede ser fuente de alegría y sentido? Pero eso, solo, no basta. También hace falta política. Viviendas amplias, asequibles y bien conectadas.Jornadas laborales compatibles con la vida familiar. Sistemas fiscales que no penalicen tener un segundo o tercer hijo.

La paradoja final es ésta: las sociedades más ricas de la historia humana están descubriendo que su mayor lujo —el verdadero privilegio— no es consumir más, viajar más o acumular más capital. Es, simplemente, poder seguir existiendo. Y ese lujo, hoy por hoy, no está garantizado.

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