Ladrillo, depósitos bancarios y pensiones de reparto: un modelo de ahorro fallido 

Un sistema basado exclusivamente en el reparto concentra todo el riesgo demográfico en las cuentas públicas

Hay números que deberían quitarnos el sueño. Las obligaciones de pensiones no financiadas en España se acercan al 500% del PIB y siguen creciendo, según datos de Eurostat. No es un error tipográfico: es la radiografía de un sistema de pensiones que lleva décadas prometiendo más de lo que puede pagar, trasladando el problema a generaciones futuras mientras seguimos mirando hacia otro lado. 

El contraste con el norte de Europa es demoledor. Países Bajos, Dinamarca y Suecia han desarrollado sistemas basados en pilares de capitalización robustos que no solo garantizan las prestaciones futuras, sino que además generan ahorro a largo plazo y mercados de capitales profundos. Mientras ellos construían cimientos sólidos, nosotros optamos por la comodidad del reparto puro, un modelo que funcionó durante el dividendo demográfico de la posguerra pero que se estrella contra la realidad de una población envejecida. 

Judith Arnal, investigadora del Centre for European Policy Studies, acaba de publicar un demoledor análisis sobre la movilización de capital privado en la Unión Europea que pone el dedo en la llaga: el problema no es de Bruselas, sino de las capitales nacionales. Y España encarna a la perfección esta disfunción estructural. 

El primer síntoma está en cómo ahorramos. Los hogares europeos concentran cerca del 70% de su riqueza en ladrillo. En España, esa cifra es aún mayor. Hemos convertido el inmobiliario en el gran refugio del ahorro, alentados por décadas de incentivos fiscales a la vivienda en propiedad y por la ausencia de alternativas creíbles de ahorro a largo plazo. El resultado es una economía con escasa liquidez financiera, donde la riqueza está atrapada en activos ilíquidos e improductivos, desconectados de las necesidades de inversión en innovación o infraestructuras. 

Pero el problema no acaba ahí. Cuando miramos la composición del ahorro financiero, más del 30% está aparcado en depósitos bancarios. Instrumentos que preservan el valor nominal pero que, erosionados por la inflación, generan rentabilidades reales mínimas o negativas.  

Un sistema basado exclusivamente en el reparto concentra todo el riesgo demográfico en las cuentas públicas

Los países nórdicos exhiben carteras mucho más diversificadas, con mayor exposición a renta variable y fondos de inversión. No es casualidad: allí la educación financiera es una prioridad educativa y los sistemas de pensiones de capitalización han familiarizado a varias generaciones con el concepto de inversión a largo plazo. 

En España, en cambio, la alfabetización financiera sigue siendo una asignatura pendiente. Los datos del Eurobarómetro muestran niveles preocupantemente bajos en conocimientos básicos sobre inflación, diversificación o rentabilidad. Y sin comprensión de estos conceptos, la aversión al riesgo se convierte en la norma, perpetuando el círculo vicioso de depósitos, ladrillo y baja rentabilidad. 

Las consecuencias de este modelo son profundas y van mucho más allá de las pensiones. Un sistema basado exclusivamente en el reparto concentra todo el riesgo demográfico en las cuentas públicas. No genera ahorro agregado que pueda canalizarse hacia la economía productiva. No desarrolla inversores institucionales capaces de financiar proyectos de largo plazo. Y perpetúa una fragmentación de los mercados de capitales que encarece la financiación empresarial y dificulta la diversificación transfronteriza del ahorro. 

Los fondos de pensiones españoles, comparados con sus homólogos holandeses, daneses o suecos, son raquíticos. Y cuando existen, mantienen carteras extremadamente conservadoras, con una sobreponderación preocupante de deuda soberana. No es prudencia: es el reflejo de un ecosistema financiero poco desarrollado y de una cultura inversora inmadura. 

La Comisión Europea puede aprobar todas las directivas que quiera sobre educación financiera, portabilidad de pensiones o mercados de capitales integrados. Pero sin reformas estructurales a nivel nacional, todo ese aparato regulatorio será papel mojado. Porque el diseño de los sistemas de pensiones, la fiscalidad del ahorro y la educación financiera son competencias nacionales. Y ahí es donde reside el verdadero bloqueo. 

El debate sobre las pensiones en España sigue anclado en parches de corto plazo: ajustes paramétricos, transferencias del Estado, promesas de revalorización. Pero nadie se atreve a abordar el elefante en la habitación: la necesidad urgente de introducir un pilar de capitalización robusto, con incentivos fiscales adecuados, que complemente el sistema público de reparto. 

Otros países europeos lo hicieron hace décadas. Nosotros seguimos esperando el momento oportuno, como si la demografía fuera a darnos una tregua que jamás llegará. Mientras tanto, esas obligaciones del 500% del PIB siguen creciendo, silenciosas e implacables. 

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