De la máquina del fango a la calculadora del odio   

El objetivo de la máquina del fango de ayer era/es el mismo que el de la calculadora del odio de hoy: difamar al Gobierno y distraer al ciudadano

El penúltimo invento de Pedro Sánchez, bautizado como Hodio  (Huella del Odio y la Polarización), es un instrumento cuya misión es doble: en primer lugar, culpar de todo al adversario/enemigo; en segundo lugar, diseñar una cortina de humo que, durante unos días, distraiga al ciudadano y opaque los múltiples problemas que tiene. Pedro Sánchez -como es su costumbre- se muestra contundente al decir que el objetivo del Hodio “es sacar el odio de la sombra, hacerlo visible y exigir responsabilidades”. Concluye: “las redes sociales tendrán que rendir cuentas públicamente por cada contenido de odio”, porque “el odio se fabrica” y “se ha convertido en un arma política, para algunos es su principal baza electoral… se ha pasado de la libertad de expresión a la libertad de agresión verbal, se presenta el insulto como una opinión… se está haciendo política de la mala, la que quiere que impere la ley más fuerte”. 

Esa calculadora del odio es la sucesora -otro invento de Pedro Sánchez y sus asesores monclovitas- de la máquina del fango que no tiene otro objetivo que el de “deshumanizar y deslegitimar al adversario político a través de denuncias tan escandalosas como falsas». Fango en el cual “la derecha y la ultraderecha pretenden convertir la política». El objetivo de la máquina del fango de ayer era/es el mismo que el de la calculadora del odio de hoy: difamar al Gobierno y distraer al ciudadano. Puestos a concretar, la calculadora del odio no es, propiamente hablando, la sucesora de la máquina del fango, sino su culminación. La máquina del fango fabrica y la calculadora del odio señala y castiga más allá de la libertad de expresión y del Código Penal. Vale decir que la máquina del fango es muy importante para una izquierda que no tiene ningún otro argumentario disponible.  

En cualquier caso, con la máquina y la calculadora, Pedro Sánchez no hace otra cosa que lanzar adoquines sobre su tejado. Veamos. Hablando del odio -la psicología y el psicoanálisis lo definen como una emoción que expresa una gran aversión y hostilidad que puede traducirse en un impulso agresivo-, algunos pueden preguntarse si Pedro Sánchez  no es un reflejo de lo que denuncia y se propone desenmascarar. ¿Acaso Pedro Sánchez -con la colaboración de sus asesores- no es un excelente guionista  y ejecutante  del Hodio?  ¿Acaso no lo es también de la máquina de fango?   

Ahí está el discurso que tilda de genocida a Israel. Ahí están las críticas al poder judicial, o el Muro que criminaliza de facto al adversario transformado en enemigo, o los mensajes ofensivos en X de algunos ministros, o los llamados sincronizados que casualmente repiten el discurso antifango que, de hecho, es también fango.  Al respecto, algunos ciudadanos -incluso- pueden llegar a pensar que estamos ante personas o personajes gubernamentales que resultan desagradables, irritables, agresivos, acusadores, vengativos o despóticos. ¿Quizá un comportamiento a la manera del Sigmund Freud que sostiene -Inhibición, síntoma y angustia, 1926- que el ser humano necesita comportarse de forma agresiva para satisfacer sus necesidades? 

Llegar a pensar que estamos ante personas o personajes gubernamentales que resultan desagradables, irritables, agresivos, acusadores, vengativos o despóticos

Sea como sea, el comportamiento de Pedro Sánchez y sus adláteres podría responder a los tipos psicológicos que describe Ignacio Morgado -catedrático de Psicobiología del Instituto de Neurociencia en la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Barcelona- en su celebrado trabajo Emociones corrosivas. Cómo afrontar la envidia, la codicia, la culpabiliadd, la vergüenza, el odio y la vanidad, 2018).  

El autor, con una muestra de buen humor -así hay que interpretarlo sin lugar a dudas- empieza su trabajo con la siguiente reflexión: “Si le desea todos los males del mundo  a su ex, incluso su muerte, es porque le odia, o la odia. Si le gustaría que a los negros, a los homosexuales o a determinados personajes o grupos políticos o ideológicos les partiera un rayo o desaparecieran de la faz de la tierra, es porque odia a esas personas”. La cuestión está en saber si Pedro Sánchez odia “a determinados personajes o grupos políticos o ideológicos”. 

Ignacio Morgado nos facilita las características del sujeto que odia: quien odia cree que el odiado es un ser malvado y detestable; hay que verificar si quien odia suele estar en un estado de excitación, de tensión muscular y de pulso elevado; se debe examinar si quien odia está desbordado por la situación y manifiesta algún deseo y pensamiento de carácter destructivo y vengativo; conviene comprobar si el comportamiento de quien odia genera agresividad, juicios negativos, propensión a la hostilidad o un tipo particular de rabia que le puede inducir a actuar a la contra buscando hacer el mal al odiado; hay que constatar que el presunto sujeto que odia manifiesta un afán justiciero y una obsesión paranoica que le hace tener siempre la atención en el odiado; finalmente, es aconsejable certificar que el odio de nuestro sujeto tiene una manera de vivir y  una visión del mundo que puede devenir en ideología.    

Se debe examinar si quien odia está desbordado por la situación y manifiesta algún deseo y pensamiento de carácter destructivo y vengativo

Conviene añadir que la psicobiología distingue tres tipos de odio: el obsesivo, propio del nazismo; el histérico, propio del racismo; y el narcisista, propio de quien se cree superior al odiado. También hay que tener en cuenta que se distingue el odio frío que desprecia al odiado del odio caliente que se presenta acompañado del miedo, la rabia la pasión y el compromiso contra el odiado. Un odio, el caliente, que suele condenar moralmente al odiado. 

¿Pedro Sánchez y sus adláteres y sus sincronizados? Deberían someterse al control del contador geiger del odiómetro.      

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