El PNV ya no transmite seriedad 

Hay un momento en la vida de las personas, y también de los partidos políticos, en que dejan de ser tomados en serio

Hay un momento en la vida de las personas, y también de los partidos políticos, en que dejan de ser tomados en serio. No es un proceso súbito, como un infarto. Es más bien como una humedad que va subiendo por la pared: primero apenas se nota, luego la pintura empieza a levantarse, y cuando quieres darte cuenta llevas años viviendo en una casa que se cae. El PNV lleva un tiempo mirando cómo se le levanta la pintura. Lo último es la publicación de una foto generada con inteligencia artificial de su presidente, Aitor Esteban, tirándose en plancha a una piscina. 

El autor del sacrilegio no fue ningún tertuliano irresponsable, ningún tuitero de extrema derecha, ningún enemigo histórico del nacionalismo vasco. Fueron los socialistas vascos, socios del PNV en el Gobierno de Vitoria y aliados imprescindibles. Socios. Compañeros. La gente con la que llevan años compartiendo presupuestos, consejerías y el café de las mañanas en Ajuria Enea. Esos. La imagen generada con IA muestra a Aitor Esteban tirándose en plancha mientras es aplaudido por varios seguidores, acompañada del texto: «¡Vaya! Ahora hay agua en la piscina del nuevo Estatuto… dice el PNV». Que te ridiculice tu enemigo es un honor. Que te ridiculice tu socio es un diagnóstico.  

La reacción del PNV ha sido inmediata: «No hay nada que justifique una falta de respeto de este calibre. Es indecente», publicaron en X, anunciando además la cancelación de la reunión que Esteban tenía prevista en la Moncloa. Cancelación que duró, conviene apuntarlo, lo que tardaron en darse cuenta de que sin Sánchez no saben muy bien qué hacen ni adónde van. Porque ese es el problema de fondo, y ahí está el meollo de todo esto: el PNV lleva tanto tiempo hipotecado con los socialistas que ya no recuerda cómo se vive sin esa hipoteca. Así que ahora no le queda otra que hacer el paripé y convertirse en el “PariPNV”. 

Jaime Mayor Oreja hablaba hace años del «miedo reverencial» que generaba el PNV. Ese partido que manejaba los tiempos, que nunca daba un paso en falso, que sabía exactamente cuánto valía su apoyo y lo cobraba en cada legislatura con la precisión de un relojero suizo. El partido de los lendakaris solemnes, de los comunicados medidos al milímetro, de la discreción como seña de identidad. Ese partido. El mismo que ahora protagoniza memes de piscina en las redes sociales de sus propios socios. 

La pregunta obvia es cómo se llega hasta aquí. Y la respuesta, con la claridad que da la distancia, tiene nombre y apellidos: Pedro Sánchez. No porque el presidente sea especialmente perverso con el PNV, sino porque tiene una cualidad que ya va siendo científicamente demostrable: todo lo que toca acaba jodiéndose, con perdón. Los socios que entran en su órbita salen de ella con menos dignidad, menos coherencia y menos credibilidad de la que tenían cuando entraron. El PSOE lleva años aplicando esa alquimia inversa. Lo que era oro entra en contacto con Sánchez y sale plomo. 

El PNV puso a Sánchez en la Moncloa con su voto de investidura. Le ha apoyado en presupuestos, en decretos, en momentos de extrema necesidad parlamentaria para el Gobierno. A cambio, ha obtenido algunas transferencias, muchas promesas sobre el nuevo Estatuto y, como remate, una imagen de IA de su presidente en plancha hacia una piscina generada por los propios socialistas vascos. Desagradecidos que son, oiga.  

Un lehendakari que ni fu ni fa y el liderazgo de Aitor Esteban no han ayudado a suavizar la caída. Desde que este último tomó las riendas del partido, la imagen del PNV ha ido perdiendo la solemnidad que durante décadas fue su principal activo. El choque con el PSE no es un episodio aislado, sino la manifestación más visible de un deterioro progresivo en una relación que lleva meses crujiendo y que ninguno de los dos socios sabe muy bien cómo reencauzar. El PNV no puede romper con Sánchez sin asumir un coste enorme. Y no puede seguir con él sin seguir perdiendo lo que le queda de respetabilidad. Está entre la espalda y la pared, que diría la folclórica. O, en versión más actualizada: entre la piscina y el trampolín.  

Al PNV ya no le temen. Ya no le respetan. Ya solo le hacen memes. Y eso, para un partido que construyó su poder sobre la seriedad y el peso político, es mucho más grave que cualquier derrota electoral.

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