Las pompas de jabón no asaltan los cielos 

La vicepresidenta y ministra de Trabajo se mueve como una especie de pompa de jabón que parece ascender allá donde se deja ver

Más allá de la obligatoria necesidad del PP y Vox de llegar a acuerdos si quieren gobernar, los últimos comicios autonómicos han confirmado lo que ya se intuía sobre la izquierda más radical: ese espacio político que venía a “cambiarlo todo” ha terminado por no sostenerse ni a sí mismo. Sumar se desvanece en territorios clave como Castilla y León con la misma facilidad con la que Pablo Iglesias prometía asaltar los cielos. Lo más llamativo es que, mientras esto sucedía, su líder, Yolanda Díaz, prefirió estar en la gala de los Óscar, como si la política española fuese ya una cuestión de estilismo y no de responsabilidad. 

La vicepresidenta y ministra de Trabajo se mueve como una especie de pompa de jabón que parece ascender allá donde se deja ver, deslumbrante y agitada, para acabar desapareciendo al poco tiempo por el efecto mismo de su naturaleza efímera. El problema de este tipo de izquierda no es que desaparezca sin más, diluyéndose, sino que lo hace como el azucarillo que endulza al mismo tiempo el café ajeno. Porque los votantes que antes alimentaban a Podemos, a Sumar o a las confluencias ahora engrosan, disciplinadamente, las filas del PSOE. 

Resulta difícil no percibir cierta ironía —visible, casi obscena— en este proceso. Aquellos que denunciaban la “vieja política” han acabado integrándose y atornillándose a ella con una rapidez y eficacia admirables. Vinieron a cambiar las reglas del juego y han terminado aceptándolas e incluso imponiéndolas. Vinieron a abrir las ventanas, eso dijeron, pero lo que ahora les preocupa es el color de las cortinas. 

El caso de Yolanda Díaz es paradigmático. La dirigente que se presentaba como la encarnación de una nueva forma de hacer política —más cercana, más sobria, más pegada a la calle— ha preferido pasearse por escenarios internacionales antes que quedarse en casa a ver cómo su proyecto político se deshilacha. No se trata de cuestionar la legitimidad de su agenda, que también, sino de constatar la desconexión de esta izquierda con la realidad del país: las infraestructuras languidecen, los trenes no funcionan, pero el viaje institucional en “business” sale puntual. Es la política del confort frente al atasco diario que sufre la ciudadanía. 

Ha preferido pasearse por escenarios internacionales antes que quedarse en casa a ver cómo su proyecto político se deshilacha

En Podemos, la escena no es muy distinta. La formación que nació para impugnar el sistema parece hoy incapaz de impugnarse a sí misma. Su continuidad dentro del perímetro de Sánchez resulta tan agónica como reveladora. Si el proyecto se desangra electoralmente, si sus votantes emigran sin mirar atrás, ¿qué explica entonces esa resistencia a romper? La respuesta, quizá, no esté en la ideología, sino en la nómina. 

Porque hay vínculos que no se ven en los programas electorales: el vínculo con el sueldo, con el despacho, con el coche oficial. Privilegios que se denunciaban con fervor cuando pertenecían a otros y que ahora se administran con discreción cuando son propios. La política como vocación ha sido sustituida, en muchos casos, por la política como modo de vida. Y eso, como el azúcar, también engancha. 

Solo así se entiende que esa izquierda no haya roto aún con Pedro Sánchez para forzar, de una u otra manera, una crisis que dé paso a un adelanto electoral. Pero parece que en esos grupos ni siquiera contemplan esa posibilidad y prefieren seguir en esta placentera agonía mientras la situación les garantice el privilegio y el sueldo del cargo. 

Prefieren seguir en esta placentera agonía mientras la situación les garantice el privilegio y el sueldo del cargo

Como dice el viejo aforismo, vinieron a cambiar el mundo y ahora lo que quieren es que el mundo no los cambie a ellos. Decían que iban a transformar la política y hoy se aferran a ella con la misma intensidad con la que antes la cuestionaban. El problema no es la contradicción —la política vive de ellas—, sino la naturalidad con la que se asume. 

Pedro Sánchez sabe, mejor que nadie, de qué madera está hecha esa izquierda, porque él es la mejor cuña. No ha necesitado confrontar ni siquiera convencer. Le ha bastado con esperar. Porque nadie se escapa a su poder corrosivo, a su capacidad para dejar claro que, a su lado, todo lo demás es fútil, insignificante, pasajero. Como las pompas de jabón que ascienden creyendo que van a asaltar los cielos. 

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