Oscuro Puente

Esto no va de siglas. Va de personas. De servicios públicos. De ética política

El ministro Óscar Puente debería dimitir. No mañana. No cuando amaine el temporal mediático. No cuando el siguiente escándalo tape al anterior. Debería dimitir ya. Y no por una tragedia concreta, sino por algo mucho más sostenido en el tiempo: su incapacidad manifiesta para gestionar y su absoluta carencia de ética política. 

No hace falta una catástrofe para exigir responsabilidades, ni ser un experto ferroviario para detectar una mala gestión. Basta con subirse a un tren. Basta con intentar llegar puntual al trabajo, a la universidad o a casa en Cataluña. Basta con ser usuario de Rodalies, ese servicio público degradado hasta el extremo. Los trenes no van. O van a medias. O van desbordados. 

El caos de Rodalies no se circunscribe a esta semana trágica. Acumula millones de usuarios perdidos, decenas de miles de minutos de retrasos y miles de convoyes afectados por incidencias cada año. Los primeros seis meses de 2025 registraron alrededor de 1.500 horas de retraso y más de un millón de viajeros afectados, con casi 6.000 trenes que vieron alterado su servicio. Cinco líneas estaban colapsadas antes incluso del terrible accidente en Gelida. La gestión y la coordinación entre administraciones han sido, definitivamente, pésimas.  

Sin embargo, el ministro compareció la pasada semana en el Senado para sacar pecho. Literalmente. Allí afirmó que su gestión estaba siendo buena. Que él era un buen ministro. La incredulidad de la mayoría era absoluta. A lo sanchista, señaló que últimamente duerme poco. Poco dormimos los usuarios de los trenes. 

De hecho, al acabar el pleno, comprobé, una vez más, la “magnífica” gestión de Puente. Casi cinco horas y media para volver de Madrid a Barcelona en el AVE. Íbamos muy lentos, pero nada tranquilos. Ya no hay alta velocidad. El puente aéreo está a punto de vivir una nueva era dorada gracias a la mala gestión del Puente ferroviario. 

El equipo de opinión sincronizada ha culpado del caos al cambio climático –respuesta ideológica automática que sirve para sacar cualquier responsabilidad del gobierno–. Incluso una tertuliana de TVE, en su desesperación por salvar al PSOE, llegó a apuntar, de manera surrealista, a las “ruedas cuadradas” (sic) de los trenes. 

El ministro recuperó un viejo argumentario socialista que pensábamos que esta vez no iba a colar: culpar al PP. En fin. Hace un mes, el ministro declaraba que en España “el ferrocarril vivía el mejor momento de su historia”. Triunfalismo puro. Pero ahora resulta que la culpa es del PP.  

Siete años lleva el PSOE gestionando Transportes. Siete. Esto ya no es herencia. Tampoco es una crisis puntual ni una mala racha: es una degradación por dejación. Y eso es así porque el gobierno actual nunca ha estado a lo importante. Estaba centrado en mantener el poder a toda costa, en contentar a socios con intereses alejados del bien común y en propagar relatos de división entre los españoles. 

Pasajeros entran en un tren de Rodalies de Renfe, en Cataluña. EFE
Pasajeros entran en un tren de Rodalies de Renfe, en Cataluña. EFE

Y, en especial, el ministro Puente, el más sanchista entre los sanchistas. Más dedicado a las redes sociales que a las redes ferroviarias. En Twitter, en la burla, en el insulto. En negar evidencias. En llamar “bulo” a lo que millones de ciudadanos sufren cada día. 

La incapacidad sería motivo suficiente para dimitir, pero la dimensión ética termina de cerrar el círculo. Puente no solo gestiona mal: representa una forma de hacer política basada en la arrogancia, la mentira y el desprecio a la oposición y a los ciudadanos. Anega sus discursos con ataques personales, mentiras constantes y cifras irrelevantes, mientras esconde las informaciones importantes. Es Oscuro Puente. 

Es una (falta de) ética digna de su antecesor, José Luis Ábalos, hoy cercado por indicios muy consistentes de corrupción en contratos públicos, con acusaciones de organización criminal, cohecho, tráfico de influencias y malversación. Pagó vicios privados con recursos públicos. No hace falta recrearse en escándalos conocidos por todos, pero ahí está el resultado: años perdidos, inversiones mal ejecutadas, técnicos ignorados y trabajadores despreciados. Y, sobre todo, usuarios abandonados.  

Esto no va de siglas. Va de personas. De servicios públicos. De ética política. Por eso Óscar Puente debe dimitir. Porque los trenes no funcionan. Porque los ciudadanos están hartos. Y porque un ministro que falla tanto en la gestión como en la ética no puede seguir ni un día más en el cargo. 

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