Contrato social roto

Atravesamos un período de incertidumbre. No hay aún una propuesta que reúna los descontentos y las preocupaciones, y los oriente en una dirección superadora

Tomado el término de la política norteamericana, últimamente se ha puesto de moda hablar de las “guerras culturales” en España.

Una cierta visión las califica como las luchas en torno a cuestiones identitarias en lugar de “materiales” y, por ende, implícitamente para esta visión, de segundo nivel.

Se trataría de reivindicaciones de carácter simbólico o por el reconocimiento cultural, que nos alejarían de los temas verdaderamente importantes, principalmente los económicos.

Implícita a esta versión hay una suerte de recuperación perezosa de la clásica diferenciación del marxismo vulgar entre la estructura económica que determina la forma de la sociedad y la superestructura política, ideológica y cultural que se alza sobre ella y de la que depende en última instancia.

Descansando sobre este precario andamiaje teórico, se ha generalizado una cierta crítica de las fuerzas transformadoras que ha abierto un verdadero debate en el campo progresista.

Las distracciones de la izquierda

Según esta crítica, las fuerzas de la izquierda se habrían olvidado de lo realmente importante distrayéndose con cuestiones simbólicas o de reconocimiento.

Se habría sustituido así la interpelación a una mayoría por una política de suma de minorías, que nunca sumarán una mayoría.

En su libro El regreso liberal, el profesor estadounidense Mark Lilla atribuiría a esta estrategia -también conocida como las “identity polítics”- las dificultades del Partido Demócrata frente al empuje del Partido Republicano, que sí estaría siendo capaz de conectar con la población más castigada del país.

Inmediatamente esta tesis ha sido copiada y replicada por comentaristas españoles, que la aderezarían con algunas ocurrencias sobre la tan traída “postmodernidad”. Pero es mejor ocuparse de la tesis original, que es más sólida.

Las realidades materiales

Presento tres objeciones a esta tesis. En primer lugar, es una mirada que no quiere hacerse cargo de que los más castigados reúnen a menudo diferentes líneas de subordinación: de clase, étnicas o de género, para no ir demasiado lejos.

Esto tampoco es una invención sofisticada salida de departamentos de estudios culturales de universidades californianas: en la medida en que la pobreza y las dificultades se han concentrado siempre particularmente en mujeres o migrantes, el movimiento obrero se compuso tradicionalmente a partir de esta diversidad.

En segundo lugar, esta tesis experimenta un placer morboso en las loas a una derecha que supuestamente conseguiría base de masas por centrarse en “lo material”, en el bolsillo, y no perderse en las disquisiciones identitarias de las izquierdas.

“El neoliberalismo está en una crisis moral e intelectual agravada por la incomparecencia de sus defensores, pero eso no borra sus marcas en la antropología actual, ni ha emergido aún con la suficiente fuerza la propuesta alternativa»

Sin embargo, en la práctica, ningún caso estudiado resiste esta comparación. En todas partes, las derechas articulan sin mayor problema sus propuestas “económicas”, como las rebajas fiscales a los millonarios o la desregulación del mercado de trabajo, con la defensa de sus valores y la lucha encarnizada por hegemonizar la identidad nacional.

De hecho, de ahí extraen su fuerza: las realidades materiales no son interpretables más que a través de algún esquema de valores.

Nunca son los datos en una tabla de Excel, sino los afectos desde los que los leemos. Parece como si algunos estudiasen a Gramsci y otros prefiriesen aplicarlo.

En tercer lugar, esta tesis es mecanicista y no se hace cargo de la lógica propia de la política. Cree que la mayoría está ya conformada en lo social -en realidad en el mundo de la economía-, esperando a ser interpelada y movilizada.

Sólo la equivocación de los progresistas en nombrarla impediría que “se levante y ande”. Olvida que ninguna condición social cobra sentido por sí misma, ni mucho menos determina el comportamiento político.

Los hechos sociales han de ser inscritos siempre en narrativas que los explican y movilizan en una dirección u otra.

Cómo se explica el desorden global

El hecho físico de un terremoto puede ser leído políticamente, entre otras posibilidades, como un castigo de dios, como una catástrofe natural sin culpables o como una manifestación de que la desigualdad hace más endebles las viviendas y las vidas de los pobres, dependiendo de la explicación hegemónica.

En la política las posiciones no están dadas ni predeterminadas -ni en la economía, ni en la geografía o la antropología o la historia-, no son el punto de partida sino el resultado mismo de la actividad política: la lucha por el sentido.

Y resulta que en nuestra época el sentido se ha dislocado. La vida se ha hecho más incierta y más complicada. Es difícil atribuirle explicaciones al desorden global y cotidiano de nuestras vidas.

Por eso florecen las teorías más disparatadas de la conspiración, porque es más fácil creer en una mano negra que en el caos de un modelo económico descontrolado que lo devora todo y que se nos ha ido de las manos.

Los marcadores tradicionales de seguridad, pertenencia y protección han saltado por los aires: la seguridad del empleo, de la familia, de la nación, del Estado y los servicios públicos o de la propia supervivencia del planeta.

Esto no ha sido un fenómeno aleatorio ni necesario: ha sido el resultado de la contrarrevolución neoliberal emprendida por Thatcher y Reagan en los años 80, que ha pulverizado el anterior contrato social sustituyéndolo por las manos libres para los más ricos y la desprotección y ansiedad como horizonte vital para la mayoría. Una contrarreforma bien material, por cierto, que ha fragmentado el terreno social.

La crisis neoliberal

Esto significa que en nuestro tiempo las mayorías sólo pueden ser el resultado de una articulación contingente de lo que está disperso: una voluntad colectiva que es el resultado, precisamente, de un combate cultural.

Por definir cuál es el demos y por proponerle un horizonte sentido como interés general. Hoy atravesamos un período de indefinición e incertidumbre, en el que no hay aún una propuesta que reúna los descontentos y las preocupaciones, les de una explicación comprehensiva y los oriente en una dirección superadora.

El neoliberalismo está en una crisis moral e intelectual agravada por la incomparecencia de sus defensores durante el protagonismo público en la crisis del Covid.

Pero eso no borra sus marcas en la antropología actual, ni ha emergido aún con la suficiente fuerza la propuesta alternativa que reúna a los más vulnerables para hacer del dolor, la preocupación y la desconfianza que se extienden por doquier una voluntad de rehacer el contrato social.

El odio del penúltimo contra el último

En una situación de precariedad y angustia vital es extraño que se extiendan por nuestros países las demandas de protección y pertenencia.

Las fuerzas reaccionarias, algunas de las cuales tienen la desfachatez de seguirse llamando liberales, ya han puesto sobre la mesa su respuesta a esa pregunta: la secesión de los ricos de toda responsabilidad social y la cohesión de la comunidad contra el más vulnerable, el odio del penúltimo contra el último como pegamento social.

La respuesta es aberrante y cobarde, pero la pregunta es correcta y hay que ofrecer una respuesta alternativa.

Este año terrible hemos descubierto nuestra vulnerabilidad personal y social, además de la del planeta. Hemos descubierto que sólo nos salvamos salvándonos como comunidad y que para ello necesitamos servicios públicos robustos, un Estado responsable y con músculo y una transformación de nuestra economía hacia la justicia social y la transición ecológica.

Esos son los ingredientes para una ofensiva cultural en defensa de la democracia como reconstrucción de la comunidad, de la soberanía popular y de la libertad de los no privilegiados para tener vidas libres de miedo.


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Íñigo Errejón