El empate infinito de la corrupción
Cada vez que la actualidad aprieta por otro flanco, Kitchen vuelve a la superficie como un cadáver incómodo pero útil
En términos futbolísticos se dice que quien sale a por el empate, la mayoría de las veces acaba perdiendo el partido. No es una regla matemática, porque son muchos los factores que entran en juego. Y es lo que buscan Pedro Sánchez, su Gobierno y el equipo de opinión sincronizada. “Otros factores” que permitan conseguir un empate que sepa a victoria en un momento en el que la maquinaria socialista, a pesar de la potencia propagandística que desarrolla, no hace sino perder una elección tras otra. Se podría decir que va de derrota en derrota buscando un valioso empate en materia de corrupción.
Parar la sangría y firmar tablas es su objetivo, así que tratan la corrupción como si fuera una mancha de tinta en el agua. El objetivo no es limpiarla, sino agitarla hasta que nadie sepa exactamente de dónde procede ni a quién pertenece. La metáfora central -ese “empate infinito” en la corrupción- no es un accidente retórico, sino una estrategia.
El “Caso Kitchen”, que afecta de lleno al viejo núcleo del Partido Popular, se ha convertido en el instrumento perfecto para esa narrativa. Cada vez que la actualidad aprieta por otro flanco, Kitchen vuelve a la superficie como un cadáver incómodo pero útil. No importa tanto esclarecer los hechos -para eso están los tribunales- como dosificar su presencia en el espacio público. Y ahí entra el papel de RTVE y el resto de medios afines, convertidos en una especie de cámara de eco donde la memoria es selectiva y el calendario, maleable.
Sería, por ejemplo, un escándalo evidente -uno de esos que merecerían abrir informativos y tertulias durante semanas- que en plena campaña electoral andaluza alguien decidiera desempolvar el caso de los ERE para apuntar no ya contra María Jesús Montero, sino contra el propio Gobierno actual. El episodio de la rapiña del dinero de los parados andaluces fue durante años el paradigma de la corrupción sistémica. Sin embargo, hoy parece pertenecer a una especie de prehistoria política, convenientemente encapsulada. El contraste con Kitchen no es jurídico, sino narrativo: uno se recuerda, el otro se archiva. Por uno se pagó políticamente a nivel nacional, por el otro está por ver.
El problema para el Partido Popular es que Kitchen no es una invención propagandística. Los nombres que orbitan en torno a la causa -Mariano Rajoy o Soraya Sáenz de Santamaría- pertenecen a una etapa que terminó precisamente bajo la acusación política de corrupción. El actual liderazgo de Alberto Núñez Feijóo intenta construir una narrativa de ruptura, pero lo hace con materiales que aún no han sido del todo retirados del escenario. Esa es la grieta por la que el Gobierno introduce su cuña.
Sin embargo, el intento de alcanzar ese “empate infinito” por parte socialista tropieza con un obstáculo que no es jurídico ni mediático, sino generacional. Hay una nueva hornada de ciudadanos que vivió la pandemia no como un episodio político, sino como una experiencia vital radical: confinamiento, pérdida de libertades, incertidumbre económica y muerte. En ese contexto, la figura de José Luis Ábalos adquiere una dimensión obscena tras conocerse que su “confinamiento” le permitía verse con señoritas en pisos de lujo a la vez que hacer negocios con las urgencias de los demás.
Fue él quien, en su momento, lanzó acusaciones de corrupción contra el PP con una contundencia que pedía mármol, como si cada frase aspirara a convertirse en inscripción. Hoy, su nombre aparece vinculado al relato de las mascarillas (y a otros que están por venir) y que deberá aclararse en los tribunales. La ironía no necesita subrayado: basta con leer en paralelo los discursos de ayer y las informaciones de hoy.
El “empate infinito” tiene, además, un efecto perverso: desactiva la indignación. Si todos los políticos son igualmente culpables -o igualmente sospechosos-, entonces nadie lo es del todo. Pero hay algo que no encaja en una ciudadanía que, elección tras elección, viene castigando al Gobierno y a sus socios. No encaja la percepción del enriquecimiento vergonzoso en un país que se empobrece, con los salarios estancados, los precios disparados y la vivienda imposible. Y no encaja, sobre todo, la evidencia de que la corrupción no es un fenómeno abstracto, sino una suma de decisiones concretas, con nombres y apellidos que acabarán por desequilibrar un partido que Sánchez quiere empatar a toda costa.
Miguel Ángel Idígoras