El gran suflé ‘woke’ de las élites americanas

Crece en Estados Unidos una nueva ideología, el movimiento Woke, especialmente tóxica y con sospechosas similitudes con ciertas corrientes religiosas y que amenaza con tomar el control del país

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Preparativos del 20 aniversario de los atentados del 11S en Nueva York. EFE

En febrero de este año, el New York Times anunciaba abruptamente el despido de su muy galardonado reportero de ciencia y salud pública Donadl McNeil, después de 45 años en la institución. Si bien las primeras informaciones apuntaban al uso entrecomillado de cierto insulto racial proscrito, el propio McNeil aportó el sabrosísimo contexto poco después. Es costumbre entre los reporteros del New York Times ganarse unas perras adicionales haciendo de niñera para estudiantes de instituto en viajes a países exóticos, esponsorizados por el propio periódico.

No cualquier estudiante, se entiende: los diez días de campamento cuestan siete mil dólares por barba, cantidad que los padres que pueden pagan encantados para ganar unos puntos en los bizantinos procedimientos de selección de las universidades de élite estadounidenses.

Durante su pluriempleo, McNeil cometió el error de enzarzarse en discusiones políticas con la clientela. Defendía posturas que hace cinco o diez años habrían sido consideradas absolutamente anodinas en un fiel votante demócrata de centro izquierda: el racismo no es el único obstáculo a que se enfrentan los negros en EEUU; la medicina occidental es superior a las prácticas de los chamanes peruanos; la fusión de culturas es positiva, incluso cuando uno de los participantes es blanco.

Un curioso pluriempleo

Desgraciadamente para él, el pensamiento puntero en estos temas ha avanzado mucho. Sus pupilos, todos ellos alumnos de carísimas escuelas de élite (y ninguno de ellos negro), estaban mucho más al día, y pertenecían a una clase social que no acostumbra tolerar que el servicio les lleve la contraria.

A la vuelta de sus vacaciones, algunos de ellos alistaron a sus bien conectados padres en la campaña, se quejaron a la dirección del periódico y, tras un rocambolesco procedimiento en que sus colegas más jóvenes por lo general se sumaron a la cacería, y ante la pasividad (siendo caritativos) del sindicato que supuestamente le representaba, McNeil “dejó el periódico”, según el eufemismo habitual.

La actitud del sindicato es particularmente notable, ya que McNeil tenía un historial previo de encontronazos con la dirección sobre asuntos de condiciones laborales y compensación de los trabajadores de la empresa.

El movimiento Woke

Me he recreado un poco en el affair McNeil en parte porque ilustra a la perfección los elementos claves del movimiento Woke, que tras décadas larvándose en las facultades anglosajonas ha eclosionado e invadido las demás clerecías estadounidenses, aprovechando las convulsiones posteriores a la muerte de George Floyd.

Una tendencia ideológica que ha prendido fuerte entre las élites socioculturales, obsesionada con la pureza del lenguaje y el pensamiento, con máxima tracción en las profesiones prescriptivas, y que ha adquirido masa crítica en parte gracias a su utilidad como herramienta de promoción personal para trepas y mediocridades. No olvidemos que el puesto de McNeil ahora lo desempeña una joven de color con opiniones más acorde con los tiempos.

Como decía Mark Twain, la historia no se repite pero rima, especialmente en sociedades como la americana que han disfrutado de varios siglos de continuidad institucional, política y hasta espiritual. El Wokismo es, al menos en parte, la última iteración secular de los grandes revivals morales del protestantismo estadounidense. Los elementos claves eran el fervor religioso, la búsqueda y ostentación de la virtud personal, una militancia social y política estridente y moralizante.

Más religión que reflexión

El movimiento evangélico para la abolición de la esclavitud a mediados del siglo XIX, la Liga de la Templanza que trajo la Prohibición en los años 20, o el liderazgo religioso del movimiento de los derechos civiles en los 60 son quizás los ejemplos mas notables.

Las similitudes son obvias, pero yo veo una diferencia clave. Todos los “Great Awakenings” arraigaron fuertemente entre las clases populares, o al menos las clases medias protestantes. En cambio, el Wokismo es de momento un movimiento de élites, jóvenes graduados de universidades caras y selectivas que copan el acceso a las profesiones prescriptivas: cultura, medios de comunicación y academia.

En California, los brahmines Woke se hacen con el control de la selección del profesorado universitario a la vez que el electorado (incluyendo una mayoría del voto hispano) rechaza masivamente el uso de preferencias raciales en las universidades. En Nueva York, la cháchara de “abolir la policía” entre las clases opinantes contrasta con la elección de un ex policía como alcalde de la ciudad, con el apoyo abrumador de los trabajadores de color.

Movimiento de élites

El ejemplo de las primarias demócratas es paradigmático. Uno tras otro, los candidatos que sucumbían a la presión de sus jóvenes consultores políticos y se decantaban por la cause Woke del día se hundían irremisiblemente en los sondeos; el mayor mérito de Biden fue quizás el haberse puesto de perfil en estos temas.

A nivel personal, no he visto un gran impacto en la educación que reciben mis dos hijos en escuelas públicas neoyorquinas, y la joya de la corona del sistema, las escuelas especializadas a las que se accede estrictamente mediante examen, han rechazado el asalto Woke por el momento; en cambio, donde sí ha arrasado el Wokismo es en las carísimas escuelas privadas de Nueva York.

No quiero con esto minimizar el riesgo que supone para las instituciones estadounidenses esta ideología tan tóxica, que renuncia abiertamente a principios de la ilustración como el universalismo y la objetividad. De hecho, los Wokes se han adaptado al rechazo social, sorteando cuidadosamente la política electoral mediante el control progresivo de los aparatos administrativos.

Sinecuras peregrinas como “oficial de diversidad” y “asistente decano de inclusividad” se metastatizan en las obesas burocracias universitarias estadounidenses. Una nueva subespecie de vendedores de crecepelo ha encontrado un rentabilísimo nicho ayudando a las grandes empresas a protegerse contra pleitos. Cualquier empleado de las profesiones socioculturales que no pueda prescindir de su nómina tiene que andar con pies de plomo.

Estados Unidos en declive

También es cierto que la visión Woke implica un inusual pesimismo existencial sobre la propia sociedad estadounidense, a la que ve culpable de irredimibles pecados pasados y presentes. Claro contraste con los revivals anteriores, en los que la necesaria corrección de los errores presentes no ponía en duda la virtuosidad pasada y futura del experimento americano. Es posible que la sensación de repliegue y declive imperial que estamos viendo sea otro síntoma de la misma dolencia.

Pero a riesgo de pecar de optimismo, creo que podemos establecer otro paralelo con el pasado. Como en el caso de la Prohibición, un movimiento impopular, liderado por una coalición de vicarios seculares, oportunistas y misántropos, podría disiparse a medio plazo, tras causar daños colaterales significativos pero asumibles.

No olvidemos que los EEUU, a diferencia de España, disfrutan de estamentos de intermediación entre élites y pueblo, y de una larga tradición política capaz de amortiguar excesos y ejercer presión centrípeta. Una anécdota para la esperanza: la pizpireta estudianta que lideró la caza de brujas contra McNeil realiza sus estudios universitarios en el modesto Scripp College. Una institución sin duda respetable, pero que seguramente no es lo que tenían en mente sus padres cuando invirtieron más de un millón de dólares en la carrera preuniversitaria de su retoña.

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