Hiroshima  

En Estados Unidos, un número importante de ciudadanos no entiende que la paz sea un valor absoluto del género humano

A las 7.30 de la mañana del día 6 de agosto de 1945, Claude R. Eatherly, comandante del Straight Flusch, después de examinar las condiciones meteorológicas del lugar, dio la orden de “Adelante” para que el bombardero Enola Gay hundiera el puente situado entre el cuartel general y la ciudad de Hiroshima con el objeto de que Japón comprendiese el poder de aniquilación de la nueva arma nuclear y firmara la paz.  

El avión y la bomba 

El avión erró el cálculo y la bomba arrasó Hiroshima con un balance de centenares de miles de muertos y heridos. Fue entonces cuando Claude R. Eatherly, atormentado por el recuerdo de las víctimas, y tras cometer diversos delitos menores con los que quería purgar su culpa, dedicó su vida a luchar por la paz y la destrucción de las armas nucleares (Günther Anders. Más allá de los límites de la conciencia, 2002) 

En esta singular cruzada, Claude R. Eatherley –recluido en un hospital militar con el diagnóstico de trastorno de personalidad- contó con la ayuda del vienés Günther Anders –un filósofo de la técnica preocupado por la acción humana y las  consecuencias de la tecnología nuclear– que utilizó al norteamericano como peón de choque de la idea pacifista.  

Casi 80 años después de la catástrofe de Hiroshima, el asunto del armamento nuclear, al socaire de la guerra de Ucrania y el rearme de la OTAN, ha recobrado actualidad. De las reflexiones de Günther Anders sobre la acción humana conviene remarcar la idea según la cual no podemos limitar el alcance de nuestra responsabilidad y hemos de estar siempre dispuestos a asumir las consecuencias de los actos en los cuales participamos.  

La disuasión y la bomba 

Más allá de la asunción de responsabilidades, Claude R. Eatherly y  Günther Anders –añadan el prefacio de Bertrand Russell y la introducción de Robert Jungk, que también toman cartas en el asunto- plantean una serie de cuestiones que han vuelto de nuevo a la actualidad. Unos y otros –los cuatro-, rivalizan entre sí cuando afirman que la disuasión y las armas nucleares destruirán la democracia y devastarán campo y ciudad, o cuando se oponen a las guerras justas, o cuando sostienen que vivimos el fin de los tiempos, o cuando –para salvar al Hombre- proponen la construcción de un mundo nuevo en que reine el amor y la comprensión mutua.   

Objetivamente hablando, nada de lo pronosticado ha ocurrido. Ni se ha destruido la democracia, ni se han devastado los campos y las ciudades, ni vivimos el fin de los tiempos, ni hemos construido –afortunadamente: una dictadura menos- el reino del amor y la comprensión. Lo contrario es cierto: guste o no guste, la denominada disuasión nuclear –también, las llamadas guerras justas- ha protegido la democracia, los campos y las ciudades. Incluso, nos ha protegido de los paraísos terrenales.   

De hecho, el entonces llamado “caso Eatherley” evidenció la candidez de un pacifismo que quiso ser la conciencia crítica de una época y sólo ofreció una concepción inocente del mundo incapaz de hacer frente a una realidad tan compleja como la de la Guerra Fría.  

Hoy, casi 80 años después de Hiroshima, reaparece el dilema –no el de bomba atómica, sí vs. bomba atómica, no: afortunadamente no estamos en esta coyuntura- entre armamento nuclear, sí vs. armamento nuclear, no.   

Las posturas de hoy –con todas las diferencias del caso- son semejantes a las esgrimidas en 1945.   

Harry S. Truman y Winston Churchill y la OTAN y Joe Biden 

Por un lado, Harry S. Truman y Winston Churchill: Japón se rindió, Alemania –que también buscaba la bomba atómica- se asombró, la bomba puso fin a la Segunda Guerra Mundial, se evitaron más muertes que las ocasionadas. Vale decir que la Unión Soviética, que asimismo buscaba la bomba atómica,  igualmente se asombró.  

Al respecto, anoten la rotundidad de Winston Churchill en su intervención del 16 de agosto de 1945 en la Cámara de los Comunes:  

“Hay quienes afirman que la bomba nunca debería haber sido usada. No puedo asociarme con semejantes ideas… Estoy sorprendido de que gente muy valiosa -pero gente que en la mayoría de los casos no tenía intención alguna de acudir al frente japonés- apoyara la idea de que antes de que tirar esta bomba, deberíamos haber sacrificado medio millón de vidas americanas y un cuarto de millón de vidas británicas”.  

Una teoría del mal menor que suele recibir reproches morales. Como reproches morales también reciben los bombardeos de Dresde y Hamburgo. Vale decir que el principio o criterio del mal menor se encuentra ya en la ética clásica de Platón, Aristóteles y los estoicos. A ello, hay que añadir que la paz, como valor, aparece después de la Segunda Guerra Mundial.   

Nota: para traducir la teoría del mal menor a la actualidad sustituyan Segunda Guerra Mundial por Guerra de Ucrania, Japón por Rusia y Harry S. Truman y Winston Churchill por OTAN y Joe Biden.  

Robert S. McNamara y Gabriel Jackson y Unidas Podemos 

Por otro lado, Robert S. McNamara y Gabriel Jackson: una reacción desproporcionada, una bomba atómica que podía haber caídos en lugares menos habitados para minimizar el daño ocasionado sin minimizar la amenaza, un crimen de guerra, una acción y un patrón moral previamente determinado antes de la coyuntura que propiciaría el lanzamiento de la bomba atómica. 

Al respecto, el historiador Gabriel Jackson se muestra rotundo en su libro Civilización y barbarie en la Europa del siglo XX (1997).    

“A mí,… me pareció un ‘crimen de guerra’ y en el medio siglo transcurrido desde entonces jamás he leído ninguna explicación convincente de por qué no se pudo hacer una prueba en una zona deshabitada o escasamente habitada, para salvar vidas humanas y no sólo las de los soldados norteamericanos. En las circunstancias específicas de agosto de 1945 el uso de la bomba atómica demostró que un Ejecutivo desde el punto de vista psicológico muy normal, elegido en elecciones democráticas, pudo utilizar el arma exactamente igual que la habría utilizado el dictador nazi”.  

Nota: una teoría del mal mayor que, traducida a la actualidad, sustentaría Unidas Podemos.    

Y la ciudadanía, ¿qué opina?  

En Estados Unidos, la valoración ciudadana de la acción del bombardero Enola Gay el 6 de agosto de 1945 en Hiroshima manifiesta la siguiente evolución: si en 1945 el 85% de la población norteamericana tenía una opinión positiva, en 1995 era del 63% y en 2015 del 56%.  

Porcentajes que retener: el 34% de la aprobación desaprueba su utilización contra la población civil, el 70% de los mayores de 65 años apoyan hoy el bombardeo de Hiroshima, menos de la mitad de los jóvenes entre 18 y 29 años lo hacen, y el 52% de los demócratas lo ven bien en comparación con el más del 70% de los republicanos (fuente: Andrés P. Mohorte, ¿Fue la bomba atómica de Hiroshima un crimen necesario?, 2020, basándose en estudios del prestigioso Pew Research Center).    

El dilema     

Cosa que permite plantear la siguiente hipótesis: en Estados Unidos, un número importante de ciudadanos no entiende que la paz –a pesar de Hiroshima– sea un valor absoluto –un universal, si se prefiere- del género humano.   

Hay indicios para conjeturar que la seguridad sí podría ser un valor absoluto de la sociedad norteamericana. O, por mejor decir, quizá la seguridad no sea un valor, sino un criterio. La pregunta que responder: ¿se puede cometer el mal –aunque, sea menor- para conseguir el bien? Dilema que, probablemente, ya se esté planteando hoy en la muy pacifista Unión Europea.       

Miquel Porta Perales