La libertad económica y la vida buena: lo que los datos desmienten
El desglose por componentes de la libertad económica ofrece además una lección práctica para los responsables públicos
En tiempos de incertidumbre económica, el mercado suele convertirse en sospechoso habitual. Cuando la inflación aprieta, la vivienda escasea o la desigualdad reaparece en el debate público, la libertad económica deja de verse como una herramienta y pasa a ser tratada como un problema. La pregunta ya no es solo si el mercado crea riqueza, sino si es compatible con algo más difícil de medir: el bienestar, la cohesión social, la calidad de nuestras relaciones. Un nuevo informe del Instituto Ostroma cargo del economista Santiago Calvo intenta responder a esa cuestión con datos y una dosis poco habitual de rigor empírico.
El informe aporta evidencia empírica sólida a esa discusión y lo hace alejándose tanto del dogma como del prejuicio ideológico. Con datos de más de 330.000 individuos en 108 países entre 1990 y 2020, el estudio analiza el impacto de la libertad económica sobre la felicidad, la participación cívica y el capital social, utilizando el Índice de Libertad Económica del Fraser Institute y el World Values Survey.
El primer resultado es claro y consistente: las sociedades con mayor libertad económica son, de media, más felices. Incluso tras controlar por renta per cápita, democracia, empleo, estructura demográfica y capital humano, la libertad económica mantiene un efecto positivo y estadísticamente significativo sobre la satisfacción vital. No se trata solo de ser más ricos, sino de vivir mejor.
El segundo hallazgo resulta especialmente relevante en un contexto de creciente desconfianza hacia las economías abiertas: la libertad económica favorece la participación en organizaciones benéficas y asociaciones voluntarias. En términos técnicos, impulsa el capital social de tipo puente: cooperación entre individuos que no pertenecen al mismo grupo, basada en la iniciativa individual y no en la coacción colectiva. Lejos de erosionar los vínculos sociales, los entornos más libres parecen facilitar formas más amplias y voluntarias de compromiso cívico.
…el estudio también constata algo fundamental: la libertad económica legitima el éxito económico
Pero quizá el resultado más interesante del informe sea cultural. Contra el tópico de que el mercado genera sociedades materialistas y cínicas, los datos muestran lo contrario: la libertad económica se asocia positivamente con valores postmaterialistas. Autonomía, autorrealización, tolerancia y apertura cultural aparecen con mayor frecuencia en sociedades más libres. Incluso cuando se utilizan variables instrumentales —como la independencia del banco central o el origen legal de los países— el vínculo se mantiene. El libre mercado no empobrece el horizonte moral; lo amplía.
Eso sí, el estudio también constata algo fundamental: la libertad económica legitima el éxito económico. En los países más libres, disminuye la percepción de que el dinero y las posesiones materiales sean algo socialmente reprobable. No porque desaparezcan otros valores, sino porque la riqueza se percibe como fruto del mérito, el esfuerzo y la cooperación voluntaria. Es un recordatorio incómodo para quienes siguen asociando mercado y codicia, cuando en realidad lo que hace el mercado es ordenar incentivos bajo reglas previsibles.
El desglose por componentes de la libertad económica ofrece además una lección práctica para los responsables públicos. No todas las dimensiones pesan igual. La estabilidad monetaria —una moneda sólida, baja inflación, bancos centrales creíbles— emerge como el factor con mayor impacto tanto en la felicidad como en la participación altruista.
¿Y la confianza interpersonal? Aquí el informe introduce un matiz importante. La libertad económica no basta, por sí sola, para generarla. La confianza profunda depende de instituciones jurídicas sólidas, de la calidad del Estado de derecho y de normas sociales estables. Pero esto no contradice el argumento liberal; lo refuerza. Los mercados funcionan mejor cuando descansan sobre buenas instituciones, no cuando se pretende que las sustituyan.
El libre mercado no es una panacea, pero sí una condición necesaria para una vida buena en sociedades complejas. En tiempos de tentaciones intervencionistas y promesas fáciles, conviene recordar que la libertad económica no empobrece a las sociedades: las hace más abiertas, participativas, altruistas, y orientadas a valores postmaterialistas.