La soledad de Europa

La UE debe repensar su exterior para consolidar una acción propia, defender el multilateralismo pero estar preparada para moverse por un mundo más anárquico y menos cooperativo enseñando músculo cuando sea necesario.

El número uno del grupo yihadista Al-Zawahiri, difundió el pasado 11 de septiembre, aniversario de la voladura de las Torres Gemelas, un mensaje felicitándose por la retirada americana de Afganistán. La victoria de los talibanes confirma, en su opinión, la validez de sus tesis. Solo unos días antes, a finales de agosto, Amin Ul-Haq, el jefe de seguridad de Bin Laden volvió triunfalmente a su provincia de Nangarhar escoltado por decenas de combatientes islámicos. La retirada de Afganistán ha sido vista por nuestros aliados y nuestros adversarios como un síntoma más de la decadencia de occidente. Por eso conviene hacer algunas reflexiones de urgencia.

La Alianza Atlántica intervino militarmente en Afganistán cuando, hace ahora 20 años, los talibanes que controlaban el país se negaron a entregar a los responsables del atentado contra las Torres Gemelas, un acto de guerra más que una simple acción terrorista. Se emplearon medios humanos y materiales en una proporción como no se había conocido desde Vietnam.

En 2014, los aliados anunciaron que sus fuerzas militares no intervendrían en operaciones bélicas, lo que fue correctamente interpretado por los talibanes como el preludio de un desistimiento inminente. En 2020, Trump negoció con los talibanes la retirada de sus tropas; retirada que culminó Biden sin ni siquiera garantizar una salida ordenada. Afganistán ha sido un fracaso sin paliativos: en el mejor de los casos volvemos a la casilla de salida; en el peor la situación será aun más delicada porque los talibanes saben que hagan lo que hagan nunca volveremos a intervenir. El país puede convertirse en un refugio para los terroristas y en un auténtico gulag para la población, especialmente las mujeres.

Los talibanes toman Kabul. // EFE
Los talibanes toman Kabul. // EFE

Con ser grave lo que ha ocurrido en Afganistán, lo peor es que lo que allí ha pasado no es sino un episodio más en la cadena de despropósitos que, en opinión de muchos, prueban la debilidad de las democracias occidentales y la fragilidad del orden internacional alumbrado por estas mismas democracias al final de la Segunda Guerra Mundial. En 2012, por no remontarme muy atrás, Obama anunció urbi et orbi que intervendría militarmente en Siria si Bashar al-Ássad usaba armas químicas contra su pueblo. Las usó y no hubo reacción, especialmente porque Rusia anunció que no dejaría caer a su aliado.

A partir de entonces, el destino del país se decidió entre Putin, Erdoğan y los ayatolás iraníes. El año siguiente, en 2013, uno de los grupos escindidos de Al Qaeda proclamó el Estado Islámico de Iraq y el Levante y desató una guerra que asoló partes de Siria e Iraq durante tres años. La derrota de Daesh en 2017 no ha traído la paz. La crisis de la Covid-19, la caída del precio del petróleo, el conflicto entre EEUU e Irán y el desempleo masivo, han hecho de Iraq una bomba de relojería que puede desestabilizar toda la región.

Una UE irrelevante

Más cerca de casa las cosas no van mejor. En 2011 la OTAN apoyó a los rebeldes libios que derrocaron a Gadafi, pero la situación hoy es peor que entonces. En Libia hay dos gobiernos rivales: el general Haftar, apoyado por Rusia, Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Jordania y Francia, controla el este del país. Mientras el primer que el ministro Fayez al-Sarraj, apoyado por Turquía, Qatar e Italia, apenas controla Trípoli. Los expertos advierten que las guerras de poder en este país se han convertido en muchos sentidos en la continuación de las guerras de poder en Siria y es un revival de los acuerdos que alcanzaron en aquel país Putin y Erdoğan. La Unión Europea es absolutamente irrelevante y Francia e Italia militan en campos opuestos.

En la frontera oriental de la Unión Europea, la impotencia de americanos y europeos es también clamorosa. En 2014 Rusia se anexionó Crimea y apoyó a los separatistas de Donbás. No hubo reacción por nuestra parte. Las tensiones en las fronteras entre Bielorrusia de una parte, y Polonia y los países bálticos de otro, han aumentado en los últimos tiempos hasta tal punto, que el ministro de Asuntos Exteriores letón Edgar Rinkevics advirtió en Riga hace unos días, de que su país podía verse obligado a invocar el artículo 4 del Tratado de la Alianza del Atlántico Norte sobre consultas mutuas. Consultas que solo se han celebrado en seis ocasiones en la historia de la OTAN.

¿Qué significan estos acontecimientos desde el punto de vista geopolítico? ¿Qué podemos esperar en los próximos años? Parece obvio que los Estados Unidos se replegarán detrás de sus fronteras como hicieron después de su derrota en Vietnam en 1973. Los americanos no superaron el trauma de Vietnam hasta la presidencia de Ronald Reagan en 1981. Es muy posible que ahora pase lo mismo: renuncia a intervenir en conflictos en que no tengan un interés directo, dejando el camino libre a las democracias iliberales – China, Rusia, Irán, etc.- que presumen de proteger a sus aliados como nosotros no hemos sido capaces de hacer y de exportar su modelo a todo el mundo.

“Afganistán ha sido un fracaso sin paliativos: en el mejor de los casos volvemos a la casilla de salida; en el peor la situación será aun más delicada porque los talibanes saben que hagan lo que hagan nunca volveremos a intervenir”

José Manuel García-Margallo

¿Qué debemos hacer los europeos ante este nuevo escenario? Lo más perentorio es avanzar hacia una autonomía estratégica que nos permita promover nuestros valores y defender nuestros intereses sin bailar al compás que nos marquen los americanos o los chinos. No hablo de divorciarse de los Estados Unidos que, aunque no sean ya la nación hegemónica, sí son una nación indispensable para defender Occidente.

Los europeos debemos ser conscientes también de que la alianza occidental no será suficiente para garantizar el orden mundial y que, en consecuencia, tendremos que colaborar con las nuevas potencias que no comparten con nosotros una misma visión del mundo en todas aquellas cuestiones que sean de interés común: lucha contra el cambio climático, la inmigración irregular, el terrorismo internacional, el libre comercio, las pandemias… que solo se pueden abordar mediante una acción coordinada.

En resumen, la Unión Europea debe repensar sus herramientas de política exterior para consolidar una acción propia, defender el multilateralismo pero estar preparada para moverse por un mundo más anárquico y menos cooperativo enseñando músculo cuando sea necesario.

Este artículo está incluído en el último número de la revista mEDium ‘La noche oscura de Occidente’. La edición completa en papel puede adquirirse en nuestra tienda online:  https://libros.economiadigital.es/libros/libros-publicados/medium-9/