La inteligencia artificial (IA) ha entrado en nuestra vida sin pedir permiso y con apariencia de comodidad. Recomienda rutas, selecciona noticias, resume documentos, corrige textos y responde preguntas. Nos ahorra tiempo y esfuerzo. Pero cada tarea que delegamos puede llevarse también una parte de nuestra capacidad para pensar, decidir o distinguir lo verdadero de lo falso.
El nuevo episodio de La Plaza, un pódcast original de Economía Digital, se pregunta qué parte de nosotros lamentaremos haber entregado a la inteligencia artificial. Antoni Garrell, autor de La segunda revolución (Marge Books, 2026), y Antonio Muñoz, fundador y consejero delegado de Zepo, analizan una transformación que ya afecta al trabajo, la educación, la fiscalidad, la seguridad y nuestra relación con la realidad.
Garrell sostiene que la inteligencia artificial no puede entenderse únicamente como una herramienta. Las herramientas tradicionales amplían las capacidades humanas, pero no actúan por iniciativa propia. La IA, en cambio, aprende, recomienda, decide y puede llegar a suplantarnos.
«Lo grave es que deleguemos la toma de decisiones», advierte.
Pensar menos
La principal amenaza, según Garrell, no es que una máquina llegue a pensar como una persona, sino que las personas dejemos de pensar como tales.
La inteligencia artificial ya escribe, programa, analiza documentos, relaciona información y ejecuta procesos que antes exigían trabajo intelectual. Por eso, los empleos del conocimiento no están necesariamente más protegidos que los trabajos físicos o repetitivos.
La robótica cognitiva amplía todavía más ese alcance. Los robots dejan de limitarse a repetir movimientos y empiezan a incorporar autonomía, visión y capacidad de decisión. Pueden trabajar en fábricas, campos agrícolas o tareas logísticas con un coste cada vez menor.
El resultado puede ser una economía mucho más productiva, pero también con menos trabajo humano.
Garrell plantea que esa productividad podría permitir reducir la jornada laboral sin disminuir la producción. Sin embargo, advierte de que ese escenario solo será socialmente sostenible si los beneficios se reparten entre empresas, trabajadores y sociedad.
Una fiscalidad antigua
La segunda revolución digital también obliga a revisar el sistema fiscal.
La economía digital elimina muchos de los intermediarios que antes generaban empleo, actividad e impuestos en distintos territorios. El valor se concentra en plataformas, centros de datos y compañías que pueden tributar lejos del lugar donde se desarrolla la actividad económica.
Garrell plantea que la fiscalidad debería tener en cuenta no solo el número de trabajadores o los metros cuadrados de una empresa, sino también su potencia tecnológica, su capacidad de cálculo y el lugar donde se genera la interacción económica.
La pregunta de fondo es cómo financiar el Estado del bienestar si una parte creciente del valor procede de sistemas automáticos y una parte cada vez menor depende del empleo humano.
Aprender de nuevo
La educación es otra de las áreas que, según Garrell, deberá transformarse.
El sistema todavía premia la memorización, la repetición y la capacidad de responder correctamente. Son precisamente las tareas que las máquinas realizan cada vez mejor.
Eso no significa renunciar al conocimiento ni a la memoria. Significa enseñar a relacionar ideas, formular preguntas, utilizar la inteligencia artificial y desarrollar el pensamiento crítico.
Garrell defiende que la propia IA podría convertirse en un tutor personalizado para cada alumno. Pero también advierte de que muchos programas educativos y títulos universitarios ya no responden a las necesidades del trabajo que está emergiendo.
Una voz idéntica
El riesgo de delegar nuestras decisiones se vuelve más evidente cuando la inteligencia artificial entra en el terreno de la ciberseguridad.
Muñoz explica que los ciberdelincuentes ya pueden construir perfiles muy precisos de sus víctimas, imitar su forma de escribir, clonar su voz y reproducir su rostro en una videollamada.
Los antiguos indicios de una estafa —faltas de ortografía, expresiones extrañas o imágenes deficientes— empiezan a desaparecer.
Una llamada con la voz del jefe, un mensaje correctamente redactado o una videollamada ya no garantizan que la persona al otro lado sea realmente quien dice ser.
Muñoz llega a plantear que podríamos acostumbrarnos a trabajar en un entorno donde resulte difícil distinguir la realidad de la ficción.
Hackear a la persona
Durante años, la ciberseguridad se centró en impedir que alguien entrara en un ordenador o en una red corporativa. Ahora, el objetivo puede ser la persona que utiliza esos sistemas.
El atacante no necesita romper una protección técnica si consigue que un empleado entregue una contraseña, autorice una transferencia o comparta información confidencial.
Muñoz rechaza, sin embargo, que el trabajador sea considerado el «eslabón más débil» de la seguridad. Las compañías no pueden limitarse a responsabilizar a sus empleados de engaños cada vez más sofisticados.
La formación tradicional, basada en cursos, vídeos y recordatorios, puede ser insuficiente. Zepo apuesta por recrear ataques y situaciones reales para que los trabajadores aprendan a reconocerlos mediante la experiencia.
Aun así, Muñoz admite que llegará un momento en que las personas no podrán identificar por sí solas todos los engaños.
Máquina contra máquina
La inteligencia artificial también será utilizada para defendernos.
Una máquina intentará engañar y otra tratará de detectar el engaño. Pero esa carrera plantea una nueva dificultad: si ambas alcanzan un nivel similar de precisión, la tecnología defensiva tampoco ofrecerá una certeza absoluta.
Por eso pueden recuperar importancia mecanismos aparentemente elementales, como comprobar una petición por un segundo canal o utilizar una palabra de seguridad conocida solo por dos personas.
La sofisticación tecnológica puede obligarnos a recuperar formas muy básicas de confianza.
La responsabilidad
El episodio también plantea quién debe responder cuando una persona actúa engañada por una suplantación prácticamente perfecta.
Algunas empresas ya penalizan a los empleados que incumplen reiteradamente los protocolos de seguridad. Al mismo tiempo, la regulación avanza hacia una mayor responsabilidad de bancos y compañías cuando sus identidades son utilizadas para estafar a sus clientes.
El equilibrio es complejo. Las organizaciones deben proteger a trabajadores y usuarios, pero sin convertir esa protección en una vigilancia constante.
La inteligencia artificial nos dará más tiempo, productividad y conocimiento. Pero cada tarea que delegamos entrega también información, criterio y capacidad de decisión.
La segunda revolución digital no se medirá solo por todo lo que las máquinas sean capaces de hacer.
También se medirá por todo aquello que los seres humanos decidamos seguir haciendo por nosotros mismos.