Periféricos y centralistas

La visión negativa de la capital de España debe ser contrarrestada y matizada si no se quiere incurrir en el error de crear un problema entre territorios

Si preguntan a los empresarios de Vigo qué se sabe del corredor del Atlántico que debía unir Lisboa con la ciudad gallega les contestarán que el proyecto fracasa una y otra vez dado el interés que tiene Madrid de mantener su condición de único centro económico y cultural de España.

Pascual Maragall ya advirtió que “Madrid se va” en un artículo publicado en el 2001 en el diario El País. Maragall alertó ya entonces sobre la desproporcionada acumulación de poder en Madrid: “antes Madrid era la capital política, y Barcelona y Bilbao, y luego Valencia, las capitales industriales y económicas. Ahora figura que es la revés”.

La imagen que mejor revela esta visión negativa que se tiene en gran parte de España del desarrollo de Madrid la encontramos en la eterna promesa del Estado español de impulsar el corredor del Mediterráneo, sin llegar a lograrlo, o la enorme capacidad para absorber a la población joven de ciudades y pueblos próximos, generando que lo que se ha denominado la “España vaciada”.

El presidente de la Comunidad de Valencia, Ximo Puig, criticaba la decisión de la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, de bajar los impuestos y mostraba en el informe Madrid: Capitalidad, economía del conocimiento y competencia fiscal que Madrid se ha convertido en un problema para el resto de España.

Madrid se ha convertido para muchos en un problema, al amenazar el desarrollo de otras autonomías, con su potencia de megalópolis, como lo hace Ciudad de México en su país, y con su imparable crecimiento territorial. Esta visión negativa de la capital de España debe ser contrarrestada y matizada si no se quiere incurrir en el error de crear un problema entre territorios.

El problema radica en cómo se ha conducido, desde el poder político, el difícil equilibro entre la denominada periferia y el centro.

Ningún territorio periférico ha conseguido demostrar que es posible otra España

La crisis de relación de Madrid con el resto de España, que se ha agudizado con la crisis de la Covid-19, es solo un síntoma de un problema mayor, que radica en que el Estado español sigue obstinado en pensar que su supervivencia depende, en gran medida, de ser capaz de mantener un centro potente que lo abarque todo.

Para cambiar esta mentalidad defensiva es necesario renovar y revitalizar la tensión, a veces negativa y otras veces enriquecedora, entre los que pretenden liderarla y definirla desde la prefería y aquellos que desean mantener su carácter centralista.

Ningún territorio periférico, ni Cataluña, ni País Vasco, ni Galicia, han conseguido imponer su visión de la organización del Estado para demostrar que es posible otra España.

La visión centralista siempre ha logrado marcar la vida de la nación hasta el punto de que cualquier conato que pueda suponer romper su orden se ha saldado con traumáticas rupturas, como la pérdida de las colonias o los continuos conflictos territoriales con Cataluña o País Vasco.

La tensión centro/periferia ha provocado que, desde la Constitución del 1978 hasta nuestros días, se ha intentado suavizar con la plasmación del Estado de las autonomías o con la defensa nostálgica del ideal del federalismo, pero sin lograr solucionar el litigio entre las dos Españas.

Tanto el autonomismo como el federalismo que se pretende impulsar parten de un error que debería ser subsanado; en ambos casos se plantea que el centro se descentralice dando protagonismo a las partes y no al revés, que sean las partes las que constituyan un centro.

Esta eterna disputa está maniatando el desarrollo económico y creativo de España

El gran error de aquellos que se denominan a sí mismos periféricos ha sido definirse bajo una mentalidad periférica y no como centros. El error del centralismo ha sido pensar que aquello que suma y enriquece a las partes debilita al Estado.

Lo que subyace es la gran desconfianza del centro hacia las denominadas periferias y de éstas hacia el centro. Esta eterna disputa está maniatando el desarrollo económico y creativo de España.

Se hace necesario cambiar la forma de considerar el llamado problema de Madrid como un conflicto irresoluble y empezar a verlo como una oportunidad para reformar las instituciones españolas y para dar más protagonismo a las autonomías que existen más allá de la Comunidad de Madrid.