Si yo fuera ‘indepe’

Puigdemont encarna la pasión catalana por lo que no puede ser y además es imposible. Esa tenaz adherencia a la derrota

El caso Puigdemont es cada vez más curioso se mire cómo se mire, pero sobre todo si se mira con ojos independentistas. Hago un esfuerzo y me imagino que soy indepe. Ya está. Vamos allá. ¿Sería yo indepe de ERC, indepe de JuntsXCat o indepe revirada y resentida con todos los anteriores, que también los hay, cada vez más, de hecho?

Fuese lo que fuese, ¿qué me parecería tener dos presidents, uno en mano (Pere Aragonès) y otro volando (Carles Puigdemont) por esos mundos de Dios? ¿Me creería que van “alhora” o que uno es la china en el zapato del otro? Si Puigdemont es el más listo, ¿Junqueras, Forcadell y los otros presos qué eran, los más tontos?

Si los expresos eran la gran esperanza amarilla, ¿qué hacía el otro huyendo en el maletero de un coche, qué hace el otro que no se entrega ya, antes de que sea demasiado tarde? Demasiado tarde para que también a él le indulten, quiero decir. ¿O es que se cree que eternamente habrá en la Moncloa la manga ancha con el procés que hay ahora? Hay cheques en blanco que si no se cobran al momento, se esfuman para siempre…

 ¿De dónde está verdaderamente “exiliado” este hombre? ¿De la justicia española o de la política catalana? A mí, si fuese indepe, me podrían chiflar las “jugades mestres” de Puigdemont si la Generalitat la gobernara, vamos a suponer, Vox en coalición con un partido neoayusista de Tarragona. Entonces sí que molaría tener en el extranjero una especie de president sentimental y de pataleta. Una especie de shah de Persia (pero sin Persia y sin petróleo…) al que idolatrar y por el que suspirar cada vez que los ayatollahs hagan algo que no te gusta.

En el fondo, Puigdemont encarna la pasión catalana por lo que no puede ser y además es imposible. Esa tenaz adherencia a la derrota, como los conferederados americanos que jamás se quisieron dar por enterados de que la guerra la había ganado Lincoln, como aquellos soldados japoneses que se seguían suicidando años después de Hiroshima y de la rendición del Japón. Tú puedes haberlo perdido todo, todo y más, pero mientras te quede un Puigdemont, te parece que te queda un brazo para no dar nunca a torcer. Un brazo eternamente libre para hacer butifarra.

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El expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont. EFE

Excepto por el detalle de que el actual gobierno catalán es independentista, es más, es un gobierno de coalición participado por el propio partido del fugado, es más, es un gobierno que se pretende capaz de poner de rodillas al gobierno español, cuyas tragaderas para ciertas cosas que ocurren en Cataluña (y en Cerdeña) son de profundo sonrojo internacional.

La imagen de España en Europa queda por los suelos cada vez que la Abogacía del Estado desautoriza al Tribunal Supremo. De esto ya, para qué ni hablar. Pero, y la imagen de Cataluña, ¿qué? ¿Alguien se ha parado a pensar en cómo queda esta Cataluña del doctor Calighari, con los indepes de fuera poniendo la zancadilla día sí, día también, a los indepes de dentro? ¿Alguien se imagina cómo habría podido ser el reciente debate de política general con Puigdemont entre rejas? ¿Y la renovación de Tv3? ¿Y la ampliación del aeropuerto del Prat? Etc.

Un último y doloroso apunte: decía que ahora mismo el independentismo catalán vive una especie de hora feliz en la cantina de la Guerra de las Galaxias y en el Congreso de los Diputados. Pero eso no va a durar siempre. Tarde o temprano habrá un gobierno y un presidente (o presidenta) de España que no va a necesitar para nada los votos de ERC ni los del cul de la lleona ¿y entonces, qué? ¿Qué va a ser de nosotros, de los catalanes que no necesitamos que nos indulten, sino que nos gobiernen?

Fin de la autoterapia. Definitivamente no soy indepe porque no me da la gana… pero también porque no me atrevo. Porque a poco que lo pienses… ¡miedito da!

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