Termodinámica empresarial

Estamos asistiendo últimamente a una serie de actuaciones que, al menos en su apariencia, pasan por germinar en el mundo de la soberbia más evidente

Hay títulos que, ya de por sí, incitan a la lectura. “Allegro ma non troppo” es un recopilatorio de dos artículos propiedad de uno de los más reconocidos historiadores de la economía en el siglo XX, Carlo M. Cipolla. Aunque muy apreciable el primero, donde se relata el importante papel de las especias en el comercio de la Edad Media, el segundo de los artículos lleva por título “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”, comenzando la escueta obra con una afirmación que, más que seguro, muchos refrendarían: “La vida es una cosa seria, muy a menudo trágica, algunas veces cómica”.

Las cinco leyes de la estupidez humana

El opúsculo de Cipolla, no más allá de unas treinta páginas, se inicia con otra afirmación categórica: “La humanidad se encuentra –y sobre esto el acuerdo es unánime– es un estado deplorable”. Aminora el aserto certificando que, no tratándose de novedad alguna, siempre ha sido así; y si bien lo sabía el autor desde la atalaya que supone haber publicado la obrita en italiano allá por el año 1988, ¡Qué no diría ahora, en nuestro tiempo tan convulso!

Con una gran clarividencia, Cipolla divide al conjunto humano en cuatro grupos perfectamente distinguibles. Los heroicos, a los cuales, en un ejercicio de excesivo realismo, connota como “incautos”, siendo aquellos que benefician a los demás incluso llegando a perjudicarse a sí mismos. Los inteligentes, aquellos que, sin dejar de beneficiarse ellos, son capaces de generar beneficios para los demás. Los malvados, quienes, haciendo daño a los demás, obtienen un resultado que les resulta satisfactorio. Y, finalmente, aquel tipo de persona que nomina como el estúpido, descrito en su Tercera Ley Fundamental (de las cinco que enuncia) definiendo que “una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”.

A la luz de los acontecimientos, así como las noticias aparecidas sobre la comparecencia de los tres últimos presidentes del ya fenecido Banco Popular, resulta una tentación aplicar la caracterización inventada por el mentado y reconocido profesor de universidades como la de Pavía o la de Berkeley, aunque, eso sí, de manera revisada. No parece muy adecuado tildarlos de heroicos o inteligentes a decir de los resultados; malvados, nos resistimos a nominarlos, dado que hacen profesión de probos y dilectos banqueros. Y estúpidos, tal como enuncia el economista italiano, tampoco, tampoco. Por ello, no nos queda más remedio que encontrar una categoría específica para ellos: los fatuos.

Y así, los fatuos o soberbios, podemos definirlos como aquellos que creyéndose en posesión de la verdad hacen caso omiso a las advertencias del entorno, valorándose por encima de sus posibilidades y haciendo gala de una ignorancia disfrazada de prepotencia, pretendida sabiduría e incontrastado buen hacer, demostrándose todo ello a futuro como absolutamente inadecuado, remedando una conocida expresión del humorista José Mota cuando uno de sus hilarantes personajes cierra toda duda con un “No te preocupes, tú déjame a mí, que yo ya, yo…”.

En psicología se denomina efecto Dunnign-Kruger a aquel fenómeno psicológico o sesgo cognitivo caracterizado por la tendencia que tienen, de manera ilusoria y sistemática, aquellos que, en realidad, ignoran un tema a pensar de que saben mucho más de lo que saben y a estimarse como más inteligentes que otras personas más preparadas, debido a que su propia incompetencia les dificulta reconocer sus errores así como evaluar debidamente la competencia de los demás. Ello es especialmente acusado cuando la persona en cuestión ocupa un cargo de alta responsabilidad (confluencia del efecto Dunning-Kruger con el denominado Principio de Peter, convergencia, en este caso, absolutamente letal). En palabras más asequibles, las personas ignorantes o, en realidad, no cualificadas para una actividad tienden a sobreestimar su nivel de competencia y experiencia, en especial cuando ocupan cargos o puestos muy por encima de sus propias capacidades, lo que les lleva a comportamientos que se pueden tildar de estúpidos pero, que, en realidad, no los son en puridad. Por contra, el efecto Dunning-Kruger detecta asimismo que, frente a los anteriores, aquejados de una soberbia en ocasiones lacerante, existen aquellos que de verdad resultan ser verdaderos especialistas, pero que tienden a subestimar su real nivel de experiencia.

En definitiva y de manera más gráfica, supone corroborar el aserto de Darwin quien enuncia que “la ignorancia frecuentemente engendra más confianza que lo hace el conocimiento”. Y ahí es donde está la clave de todo el entramando, en la ignorancia. En palabras del bardo inglés W. Shakespeare, “El tonto cree que es sabio, pero el sabio sabe que es un tonto”.

Las cuatro leyes de la termodinámica empresarial

Ejemplos como el mencionado anteriormente hay en numerosa cantidad. Como bien dice el refrán, “mal de muchos, epidemia”. Estamos asistiendo últimamente a una serie de actuaciones que, al menos en su apariencia, pasan por germinar en el mundo de la soberbia más evidente: la guerra entre los Areces y los Álvarez en el gigante El Corte Inglés, poniendo en una situación muy delicada al grupo de distribución; la puesta en entredicho de uno de nuestro baluartes culinarios como es el jamón curado español por no se sabe muy bien que estúpidos intereses, en concreto el caso de un marca tan reconocida como Monsalud, la cual había recibido hace ya siete años la denominación de “el mejor jamón del mundo”; el nombramiento de ministros sin vitola de gestores eficaces descubiertos debido a que han sido incapaces de gestionar sus propias vidas y hacienda o la disparatada política comercial exterior practicada por el presidente Donald Trump

Tratando de emular el escrito de Cipolla, proponemos cuatro leyes de la termodinámica empresarial, ejemplos de que la soberbia no puede acompañar a las decisiones empresariales:

1ª.- Las personas, por extraño que pudiera parecer, suelen hacer lo que consideran. Resulta ser una derivada de la ley de conservación de la energía y hace referencia a la existencia de fuerzas en el interior de las organizaciones que son posibles orientar aunque nunca determinar.

2ª.- Todo lo que sube, baja. Esto es, todo aquello que ha estado alguna vez arriba, como en el caso de la ley de la inercia, tiende a descender cuando se acaba su impulso inicial. Solución, es obligado realizar sucesivos y consiguientes impulsos a lo largo de la vida empresarial.

3ª.- A todo flujo sigue consiguientemente un reflujo de la misma intensión y potencia. Alude a que en períodos de bonanza, es preciso hacer acopio de recursos por lo que pueda acontecer a futuro. Fiarlo todo a un mantenimiento constante y sostenido de buenos resultados, no parece un modo muy realista de afrontar el porvenir.

4ª.- De donde no hay, no se puede sacar. Lo que supone dos consideraciones complementarias. Por un lado, esperar obtener beneficios sin inversión es similar a estimar que un ser humano, sobre todo en la infancia, pudiera crecer sin comer; de todo punto, imposible. Y, por otro, si se trabaja con personas sin competencias o con conocimientos inadecuados para el puesto a desempeñar, el crecimiento así como el desarrollo siempre estarán en entredicho.

Pero volviendo a la raíz de todo lo expuesto, la única medicina realmente conveniente para la soberbia, lo supone la humildad. Por ello, resulta reconfortante escuchar como el presidente ejecutivo de Inditex, Pablo Isla, aboga por ella y la convierte en estandarte propio durante su intervención en la última junta general de accionistas del grupo: “Somos humildes y autocríticos, y creemos en el desarrollo a partir de una sociedad civil comprometida y corresponsable, participativa e igualitaria”. Sea.

 

Manuel Carneiro Caneda es director general de IFFE Business School