Un pernicioso sistema de incentivos

Si ante gobiernos de la Generalitat hostiles el Estado continúa en retirada, en 2050 no habrá España sobre la que realizar informes.

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El presidente del gobierno, Pedro Sánchez, pronuncia un discurso durante su participación en la apertura de la IV Feria Nacional para la Repoblación de la España Rural. EFE/ Wifredo García

Pedro Sánchez multiplica los errores de José Luis Rodríguez Zapatero. Ambas presidencias se definirán más por la propaganda que por la gestión. Comparten el escaso apego por la verdad y un uso excesivamente partidista de las instituciones. El narcisismo de los dos socialistas les empujó a despreciar la experiencia y la complejidad. Y, en consecuencia, sus políticas van a dejar un país en peores condiciones.

Zapatero derrochaba dinero público mientras negaba la crisis económica. Sánchez animaba a grandes manifestaciones mientras negaba la crisis sanitaria. Y los dos quisieron resucitar a Franco y mostrarse como ganadores de una guerra que nunca libraron. Son peligrosos optimistas.

Escribió Roger Scruton, en Usos del pesimismo (ed. Ariel), que los “optimistas sin escrúpulos creen que los problemas y los desordenes del género humano pueden ser superados por alguna clase de ajuste a gran escala: basta con preparar un nuevo acuerdo, un nuevo sistema, y las personas serán liberadas de su prisión temporal hacia un reino de éxitos”.

Un gobierno que no rinde cuentas

Esta soberbia irracional -la fatal arrogancia hayekiana- ha provocado no pocas tragedias históricas. No entienden que la libertad debe ir acompañada de responsabilidad. No aceptan rendir cuentas por los efectos de sus decisiones. La ética de la responsabilidad no va con ellos y, si hay que tensionar y fracturar a la sociedad para seguir gobernando, pues se incentiva la ruptura y punto.

Pero hay fracturas y fracturas. La división social por razones económicas puede ser aliviada a través del diálogo y el pacto entre fuerzas políticas de diferente ideología. Son, por ejemplo, los grandes consensos europeos entre socialdemócratas, democristianos y liberales. Sin embargo, cuando el problema versa sobre el quién, y no sobre el qué, el pacto es imposible. Es la trampa de la identidad. A pesar de los discursos revolucionarios, la parálisis reformista impera.

Y es que la izquierda actual ha abandonado cualquier idea de obrerismo y de apoyo a los más débiles para abrazarse a las guerras culturales, a la creación de víctimas y al señalamiento de enemigos imaginarios. En este sentido, el gobierno de Sánchez replica los peores elementos del procés independentista catalán. En la pasada campaña a las elecciones madrileñas abusaron del discurso maniqueo que anteponía a los demócratas -ellos- frente a los fascistas -los otros-. Es una dialéctica amigo-enemigo que en Cataluña llevamos sufriendo durante demasiado tiempo y que solo ha provocado discordia y decadencia.

El coste de Sánchez para España

La aritmética parlamentaria y la ambición ilimitada han provocado la convergencia de las retóricas y las estrategias de socialistas e independentistas. Les une mantenerse en el poder y lo justifican con falacias e insultos contra la oposición liberal-conservadora. El peor sectarismo en el peor momento: Sánchez aseguró a la prensa extranjera, y en plena pandemia, que nunca se ha planteado un acuerdo con el Partido Popular. Esta deriva no saldrá gratis.

Tendrá unos costes para España que perdurarán largo tiempo y que deberían contemplarse en cualquier informe de prospectiva. La ruptura de los consensos de la Transición y una política de confrontación están promoviendo un cambio cultural desde arriba, desde la política. Se premia la deslealtad y se castiga la responsabilidad. Hacer depender la gobernabilidad de España sobre el nacionalismo y apostar por el apaciguamiento va a generar un sistema institucional irracional y disfuncional.

Uno de los principales problemas de España es el mal uso de las competencias autonómicas por parte de unos nacionalismos que pretenden generar pertenencias identitarias beligerantes. Y el gobierno Sánchez parece dispuesto a reforzar esa tendencia. Los indultos a los condenados por sedición son solo un primer paso.

2050: ¿Habrá España?

Si las instituciones españolas, con el gobierno del Estado a la cabeza, premian los comportamientos desleales con la Constitución, la mancha nacionalista no solo se extenderá por Cataluña, sino por toda España. Si en algunas partes de España defender los valores constitucionales supone la muerte civil, el separatismo será más fuerte la próxima vez que intente golpear nuestra democracia. Si ante gobiernos de la Generalitat hostiles el Estado continúa en retirada, en 2050 no habrá España sobre la que realizar informes.

En su imprescindible obra La gran degeneración (ed. Debate), el historiador británico Niall Ferguson apunta que “en algunos conjuntos de instituciones las personas pueden florecer libremente como individuos, como familias, como comunidades. Ello se debe a que dichas instituciones nos incentivan de hecho a hacer cosas buenas, como, por ejemplo, inventar nuevas y más eficientes formas de trabajar, o cooperar con nuestros vecinos en lugar de intentar matarlos.

“Los procesos catalán y sanchista supondrán, por tanto, el socavamiento acelerado de los pilares de la libertad y la prosperidad: el Estado de derecho, la libertad y la responsabilidad y el pluralismo”

A la inversa, hay marcos institucionales que tienen el efecto contrario: incentivar la mala conducta, como matar a la gente que nos molesta, o robar las propiedades que codiciamos, o dedicarnos a perder el tiempo”. Debemos, pues, preguntarnos qué tipos de incentivos están generando las políticas del nacionalismo y del PSOE de Sánchez.

¿Fomenta la Generalitat la cooperación entre los propios catalanes? ¿Incentiva el Gobierno de Sánchez la confianza entre los españoles? ¿Refuerza el Estado la voz del constitucionalismo cívico o lo deja a merced del secesionismo? ¿Tejen redes clientelares o apuestan por la meritocracia? ¿Estimulan la cultura del esfuerzo o un modus vivendi subvencionado?

En definitiva, están premiando malas conductas que agravarán la pobreza y el conflicto en los próximos años. Los procesos catalán y sanchista supondrán, por tanto, el socavamiento acelerado de los pilares de la libertad y la prosperidad: el Estado de derecho, la libertad y la responsabilidad y el pluralismo. Estamos ante una decadencia financiada por el poder político. Un pernicioso sistema de incentivos.

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