Ya no hay alarma antifascista

A la izquierda española y andaluza, le duele más que Moreno Bonilla no tenga que pactar con Vox que el hecho de que el presidente andaluz disponga ahora de una cómoda mayoría absoluta

Está claro. A la izquierda española, en general, y a la andaluza, en particular, le duele más que Moreno Bonilla no tenga que pactar con Vox que el hecho de que el presidente andaluz disponga ahora de una cómoda mayoría absoluta con la que gobernar sin necesidad de acuerdos.

Los cuarteles generales de esos partidos ya estaban preparados para hacer saltar la alarma antifascista. Las consignas para llamar a la defensa activa de la nación (¡fuera fascistas de nuestros barrios!) estaban ya en las mesas de las tertulias de muchos medios dispuestos a echar el resto en una reedición del ¡no pasarán!

Así que ahora se han quedado sin la ultraderecha en el gobierno andaluz. Sin el principal argumento con el que frenar lo que parece un avance imparable del PP en las próximas citas con las urnas. Por eso Pedro Sánchez no convocará elecciones generales. Sabe que no ganará. Y, salvo España en el Mundial del 82, nadie organiza nada sabiendo que va a perder. Así que intentará agotar la legislatura con golpes de efecto y propaganda de mucho ruido y poca efectividad. Puede intentar incluso una crisis de Gobierno, pero le falta aliento para, a estas alturas, soltar el lastre de la parte “podemita” de su ejecutivo.

La sopa de letras con que esa “paleoizquierda” se ha presentado en las elecciones andaluzas ha demostrado que España está todavía lejos de contar con una formación de izquierdas con verdadera capacidad de gestión. Con una izquierda que no se vea obligada a recordar a los represaliados del franquismo para arañar los votos de la nostalgia ni a inventarse un lenguaje y una pose feminista ideados básicamente para discriminar a quienes no piensan igual.

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Está claro que el de Pedro Sánchez es un Gobierno diseñado más para el mensaje ideológico que para la gestión de los problemas de un país. Sabemos que nació como un Frankestein, con las piezas unidas básicamente por el interés común de dejar a la derecha sin opciones de gobernar en ningún sitio. Y en eso la izquierda española siempre se ha entendido bien con los nacionalismos. Es más, se ha educado con ellos. Con los independentistas catalanes y con los vascos del Bildu y el PNV. Con todos aquellos que reniegan de ser españoles. Con todos aquellos que apoyarán al Gobierno mientras reciban de Sánchez el trato de favor que se niega en otros sitios.

Locomotora económica de España

A nadie debería extrañar que en Andalucía, donde la bandera de la comunidad se enarbola con la misma naturalidad que la de España, el sentimiento de hastío hacia el socialismo, entregado a los nacionalismos excluyentes, se haya manifestado en las urnas. Frente al histórico complejo de inferioridad, los andaluces han ido recuperando la autoestima al ver que, incluso en una coyuntura económica negativa, su comunidad tiene cada vez más pujanza.

En los últimos años, los datos del paro han mejorado. En esta región se ha creado el 25% del empleo de España y en el último año más de 165.000 nuevos puestos de trabajo. Con una presencia empresarial que empieza a estar por delante incluso de Cataluña, Andalucía aspira a convertirse en la locomotora económica de España.

Los resultados de las últimas elecciones han dejado claro que los andaluces han superado el complejo de votar al PP. A la “derechona” que decía Alfonso Guerra que con tanto tino supo llevarse el voto del currela frente al señorito. Un estereotipo que ha sobrevivido demasiados años y que ya no tiene sentido porque la sociedad es otra.

Barones del PSOE estarían pidiendo a Pedro Sánchez que rompa con Podemos en el Gobierno

Las necesidades de los autónomos, de quienes trabajan en el sector servicios o quieren emprender creando una empresa, ya no pueden estar al albur del clientelismo generado por unas siglas. Y Moreno Bonilla ha sabido entenderlo. Como antes lo hizo Isabel Díaz Ayuso en Madrid. Dos comunidades que, junto con Castilla y León y Galicia, han dejado claro que pactar con los nacionalismos y gestionar con Podemos es un mal negocio.

Algunas informaciones apuntan a que, tras los resultados en Andalucía, varios “barones” del PSOE estarían pidiendo a Pedro Sánchez que rompa con Podemos en el Gobierno. Emiliano García Page, Javier Lambán o Ximo Puig, enredado en el escándalo de Mónica Oltra y Compromís, entienden que solo un giro en la política del ejecutivo puede evitar que el PP les supere en sus respectivas comunidades. De momento son demandas tímidas, que apenas trascienden y no alteran el gesto de Sánchez. Sorprendería que fueran a más.

El PSOE no es el Partido Conservador británico, donde las rebeliones internas pueden forzar la dimisión del primer ministro. Por mentir, por gestionar mal y, sobre todo, por poner en riesgo el futuro político de sus “compañeros de partido”. Es la diferencia entre una democracia y una partitocracia.