Los ex consejeros de la Generalitat de Cataluña a su llegada a la Audiencia Nacional. | EFE
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Los "Jordis" y los consejeros cesados abjuran de sus actos solo para salir de prisión, en un puntillazo a la épica del relato independentista

Madrid, 01 de diciembre de 2017 (14:00 CET)

Atrición, según el Diccionario de la Real Academia: Pesar de haber ofendido a Dios, no tanto por el amor que se le tiene como por temor a las consecuencias de la ofensa cometida. 

Hoy conoceremos si el ex vicepresidente Oriol Junqueras y los consejeros cesados obtienen libertad condicional. Comparecen ante el Tribunal Supremo para abjurar de su desacato constitucional y comprometerse a no reincidir en la comisión de delitos. Evidentemente es un acto de “atrición” porque lo hacen exclusivamente para esquivar las consecuencias de sus actos delictivos. 

La decisión la tomará el juez Pablo Llarena, después de analizar la credibilidad de los conversos, abducidos por la vía Forcadell para salir de prisión.  Es el puntillazo a la épica imprescindible del relato independentista. Pero no nos hagamos demasiadas ilusiones. La parroquia que les apoya está dispuesta –a menos que el 21-D se demuestre lo contrario en la urnas- a comulgar con las más inabarcables ruedas de molino. Soportado mentiras en el más oportunismo dialectico, el relato está dispuesto a aceptar una cosa y la contraria. Pero es cuestión de tiempo su deconstrucción.

La rendición de los consejeros rebeldes debería conducirles al rincón de la traición de los independentistas

De unos rebeldes que llegaron tan lejos, que llamaron a la resistencia colectiva y a la sublevación “pacífica”, era exigible el sacrificio personal por pura coherencia con sus actos. Rendirse, aceptar la legalidad conculcada, los debiera conducir al rincón de la traición a los suyos. Hay que esperar a las elecciones para saberlo. 

El relato del arrepentimiento

Pero también han sembrado el relato del arrepentimiento. No tienen empacho en transpirar pretendida legitimidad en su simulacro de acatamiento, porque el fin supremo que persiguen, la independencia, les alivia cualquier falta de coherencia; les libera de aceptar con épica revolucionaria la consecuencia de sus actos. Mentir para salir libres no afecta al respeto que debieran asumir por sus propias acciones. La lealtad a los principios y la responsabilidad sobre las acciones en el ejercicio de su poder es inexistente, sobre todo en el caso del huido expresident y sus colaboradores en Bruselas. 

La lealtad a los principios y la responsabilidad sobre las acciones es inexistente en Puigdemont y sus colaboradores

Durante años, el secesionismo escribió un relato repleto de contenidos épicos. Un pueblo unido, subyugado y expoliado por el enemigo de “esa España nos roba”. La inocente presentación de un irrenunciable “derecho a decidir”, situado por encima de la legalidad como el único camino democrático posible para de Cataluña en España. 

Unos dirigentes sostenidos por un pueblo movilizado y sin fisuras. Una expectación internacional que colocó a Cataluña bajo los focos del mundo, al amparo de esa represión tan inteligentemente manipulada. 

Lideres acobardados

Empezaron a surgir voces desde fuera de nuestras fronteras que pedían remplazar la represión por el diálogo entre las partes. Ahora, los que han empujado a sus seguidores en el incumplimiento de la ley, simulan que serán buenos en el futuro, acatan formalmente la legalidad que pisotearon, para salir de presidio. Ni más ni menos.

Los líderes de la sublevación empezaron a creer que enfrente no había un Estado capaz de parar el golpe contra la Constitución. Cuando el Estado ha reaccionado con la aplicación de la ley, se han “apendejado”, que es la definición que hacen en Latinoamérica cuando un bravucón se acobarda frente a la realidad. 

Los líderes de la sublevación creyeron que enfrente no había un Estado capaz de parar el golpe

El primer torpedo en la línea de flotación del relato independentista fue el aterrizaje en la realidad económica. No solo no llamaron a la puerta nuevas empresas, sino que trasladaron sus sedes sociales y fiscales muchas de las que estaban asentadas en Cataluña. 

Sigue el goteo de datos objetivos sobre las secuelas de la aventura secesionista. El último, la caída del turismo extranjero en Cataluña. Un 4,7% de visitantes menos en el mes de octubre, mientras en el resto de España creció un 1,8%.

Es probable que sin procés el turismo no solo se hubiera mantenido, sino que hubiera aumentado. En estos parámetros no está incluido el turismo nacional ni la huida de contrataciones de plazas hoteleras del Imserso, bálsamo tradicional de la hostelería catalana para las temporadas bajas. 

Ausencia de un relato alternativo

La promesa de una arcadia, elemento fundamental del relato independentista, se sigue deconstruyendo. Lo que iba a ser un paraíso, la república catalana, sigue descendiendo peldaños en todos los rankings económicos. La repercusión de esta aventura no termina de incrementarse. Es obligado preguntarse qué clase de intereses defienden quienes han propiciado este bajón económico.

El éxito del independentismo se asentaba en un relato completo y redondo, que cuajó en amplios sectores de la población catalana y, hasta un momento determinado, enganchó en la opinión política internacional porque se trabajó con mucha dedicación a la prensa más influyente.

Gastaron con alegría dinero público en sus cruzadas diplomáticas. Mimaban a los corresponsales. Por un momento, ganaban por goleada, ante la ausencia no solo de una política de Estado sino además de un relato alternativo desde España. 

Hasta el 2 de octubre, el Estado no reaccionaba

El paroxismo llegó el 2 de octubre. Las fotos de la jornada de votación, la manipulación grosera de los datos de heridos y lesionados facilitados por los sediciosos eclipsaron los defectos esenciales de un simulacro de referéndum sin garantías. Por un momento, aquello parecía imposible de detener. Inexplicablemente, desde una gestión gubernamental catastrófica de la crisis, el estado seguía sin reaccionar. 

Se asentó otro elemento fundamental del relato. Un pueblo oprimido por un estado cuanto menos dudosamente democrático. Hay que recordar aquí el papel determinante de Ciudadanos y PSOE con su apoyo a la respuesta del estado que dotó de legitimidad internacional a la aplicación del artículo 155 de la Constitución. 

Puigdemont, juguete roto

Han fallado todos los componentes del relato. El reconocimiento internacional se ha reducido a unos cuantos líderes xenófobos, populistas de extrema derecha. Ni una sola oferta solvente para su pretendida mediación internacional. 

La escapada de Puigdemont, abandonando a sus seguidores para evadir la acción de la Justicia, se ha convertido en los últimos estertores de un juguete roto. Ha desnudado su rechazo a la Unión Europea, tal vez porque no le reconoce a él. Y languidece en un pretendido exilio, mendigando una selfie por las calles de Bruselas.

Quienes llenaban las urnas a puñados cuestionan el escrutinio del 21-D

Es difícil encontrar excusa para tanta falta de coherencia. Del “no estábamos preparados” a la denuncia de la falta de legitimidad y legalidad de una convocatoria electoral en la que sin embargo participan. Quienes llenaban las urnas a puñados ponen en cuestión, por si acaso no les va bien, la pureza del escrutinio del 21-D.

La reconstrucción tras la farsa secesionista

Ni un solo gesto de hacerse responsables de los daños proferidos a Cataluña y a los catalanes, que pretenden ventilar con escusas de mal pagador. 

Solamente la torpeza de los líderes constitucionalista puede impedir que toda la farsa secesionista, toda su falta de valor para hacer frente a sus responsabilidades, revierta en fracaso político el día 21 que permita la reconstrucción desde las cenizas de lo ocurrido.

Todo un test para la parte de la sociedad catalana que se creyó las patrañas de un procés que vivieron como una fiesta de la que nadie iba a pagar la factura.

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