Roca a López de Lerma: ''Prepárate para la disolución del grupo del PSC''

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El ex diputado de CiU relata en 'Cuando pintábamos algo en Madrid' cómo se negoció el cambio del reglamento en el Congreso para dejar a los socialistas catalanes sin grupo propio

López de Lerma y Jordi Pujol, en una imagen de 2000./EFE/Robin Townsend

Barcelona, 26 de octubre de 2016 (06:00 CET)

El ex diputado de CiU, Josep López de Lerma, defiende en el libro Cuando pintábamos algo en Madrid, editado por ED Libros, la editorial de Economía Digital, toda una etapa en la que el catalanismo logró avances en el autogobierno mientras aseguraba la estabilidad en el conjunto de España. En uno de sus capítulos, titulado Roma paga a traidores, describe cómo se modificó el reglamento del Congreso para dejar al PSC, entre otras cosas, sin el grupo parlamentario propio del que disfrutaba.

"Roca (Miquel Roca) regresa a su escaño, me hace una señal y me siento a su lado.

-Prepárate. Nos piden nuestra connivencia en la disolución del grupo del PSC. Me dicen que ya está pactado entre UCD y PSOE, pero en el texto que nos ofrecen hay algo que nos atañe y que debemos estudiar".

En el capítulo, que se reproduce a continuación, se explica cómo se dio por finiquitado el grupo propio del PSC, y es oportuno en un momento en el que el PSOE quiere tomar medidas drásticas contra el PSC por negarse a la abstención en la investidura de Mariano Rajoy, a pesar de haberse aprobado en el comité federal del partido:

Roma paga a traidores 

El triunfo de hoy puede ser nuestra derrota en el futuro

"Según nos dice la Real Academia Española, el harakiri o también haraquiri es sustantivo llegado del japonés. Viene de hara o vientre y de kiri o corte. En origen, es una forma de suicido ritual, practicado en el Japón por razones de honor o por orden superior, consistente en abrirse el vientre. Siendo un ritual ajeno a la cultura española, en versión constitucionalista «culturas de los pueblos de España», tiene su lógica que, desde el inicial barbarismo, la RAE la haya incorporado a su Diccionario con total naturalidad.

La primera vez que se habla de harakiri aplicado a la política española se produce cuando las Cortes Españolas aprueban la Ley de Reforma Política sin que la mayoría de los procuradores se enterasen de que era un irse a casa sin aplausos y sin que en el BOE constara el habitual agradecimiento por los servicios prestados. No se «abrieron el vientre», claro está, pero sí fue un «suicido ritual» por aquello de la adhesión inquebrantable a los Principios del Movimiento Nacional. El resultado fue que aquellas Cortes se fueron al garete.

Cuando los diputados y senadores a Cortes elegidos democráticamente en 1977 llegan a sus sedes institucionales, se encuentran, entre otras cosas, que sus respectivos Reglamentos o leyes que las regían eran, por un lado, las inaplicables de las Cortes Españolas y, por otro, la todavía menos aplicable del Consejo del Reino. Tuvieron que improvisar echando mano de convenciones inspiradas en normativas reguladoras de los parlamentos de nuestro entorno natural, el europeo, hasta aprobarse el Reglamento Provisional que, en el caso del Congreso de los Diputados, lo fue el 17 de octubre de 1977. El calificativo «provisional» ya lo decía todo. Desde un «vamos a probar» si esto funciona aceptablemente bien, hasta dar por supuesto que era un «producto perecedero».

Y así fue. En abril de 1979 se constituyó la Comisión de Reglamento, inexistente hasta entonces, y empezó un devenir altamente complicado, con idas y venidas de informes, de anteproyectos y de proyectos, incluso de dictámenes que fueron devueltos por el Pleno, todo ello relativo al nuevo Reglamento, hasta llegar a su aprobación en febrero de 1982.

Desde la constitución del Congreso de los Diputados en 1977 hasta la nueva constitución de la Cámara tras las elecciones de 1982 y la llegada al poder de Felipe González, los socialistas dispusieron de tres grupos parlamentarios: el del PSOE, el del PSC o Socialistas de Cataluña y el del PSV o Socialistas Vascos. Tres tenores idénticos ante un gobierno de la UCD que se iba disolviendo como un azucarillo en un café. Demoledor para un Adolfo Suárez inexperto en materia de debates parlamentarios y para un Leopoldo Calvo-Sotelo incapaz de alzar la voz, porque difícilmente puede hacerlo un amante del piano como era él. La armonía musical es lo más opuesto a la dialéctica política. Sobre todo, a la contundencia de las palabras.

En ese trajín de fases elaboradoras del Reglamento definitivo, aún hoy vigente salvo pequeñas modificaciones, Alfonso Guerra y Eduardo Martín Toval, este último como portavoz del grupo parlamentario de los Socialistas de Cataluña, solicitan de Miquel Roca Junyent una reunión al objeto de convenir algo sobre dicha futura norma sin avanzar el qué. Miquel me lo traslada en mi calidad de miembro de la Comisión que debía dictaminar para que pasara a ser proyecto a elevar al Pleno. Era una tarde de comienzos del mes de febrero de 1982.

Roca regresa a su escaño, me hace una señal y me siento a su lado.

Prepárate. Nos piden nuestra connivencia en la disolución del grupo del PSC. Me dicen que ya está pactado entre UCD y el PSOE, pero en el texto que nos ofrecen hay algo que nos atañe y que debemos estudiar.

Leo el «papelín», en el argot parlamentario relativo a propuestas de enmiendas a negociar dentro o fuera del circuito oficial, y quedo asombrado. Efectivamente, nos proponen un texto alternativo al ya publicado en el Diari Oficial del Congreso de los Diputados, Sección H, referido al artículo 23.2, que de manera muy sibilina hacía imposible la constitución de los entonces grupos parlamentarios de los socialistas catalanes y vascos, puesto que, según se lea: «en ningún caso pueden constituir grupo parlamentario separado los Diputados que pertenezcan a un mismo partido. Tampoco podrán formar grupo parlamentario separado los Diputados que, al tiempo de las elecciones, pertenecieran a formaciones políticas que no se hayan enfrentado ante el electorado». En el segundo inciso se hallaba la trampa saducea, en expresión utilizada por Torcuato Fernández-Miranda cuando la antesala de la Transición, que pocos entendieron de qué iba.

No puedo creérmelo, Miquel —le dije a Roca.

—Pues nada, es así, examina el primer párrafo y dame tu opinión.

El primero de los dos apartados que desplegaba el citado artículo 23, en la redacción propuesta, partía de la afirmación generalista de que un número de diputados no inferior a cinco podía constituirse en grupo parlamentario, pero a renglón seguido asestaba una dura exigencia para partidos o coaliciones como la nuestra que no presentaban candidaturas en toda España. El plus consistía en reunir el ya citado número mínimo de diputados y, al menos, el quince por ciento de los votos en cada una de las circunscripciones en que se hubiera presentado.

Le sugerí a Roca bajar al diez por ciento el umbral mínimo de votos por un «si acaso», pero él no lo creyó necesario porque nuestro histórico electoral nos situaba muy por encima de ese suelo. Nunca creyó que CDC o CiU pudieran no cumplir ese requisito, pero la verdad es que hoy, en puridad, los convergentes no lo cumplen. Es lo que suele pasar cuando los electores ya no te identifican de tanto practicar el transformismo. Acaban por no votarte o alternativamente por darse una cana al aire.

Miquel Roca y yo nos reunimos con Alfonso Guerra y Martín Toval en el despacho del vicepresidente del Gobierno.

Roca habló primero:

—De acuerdo, pero con dos condiciones. Una, nosotros siempre votaremos de conformidad con lo que el PSC vote. Por lo tanto, si los diputados del PSC votan en contra de esta nueva redacción y, por consiguiente, a favor de mantener su grupo parlamentario, nosotros haremos lo mismo. No hemos sido impulsores de nada y tampoco queremos aparecer como autores o coautores de la supresión de su grupo parlamentario.

Ningún inconveniente —responde Guerra.

—La segunda: creemos impropio que el grupo parlamentario de los Socialistas Catalanes, así como el de los Vascos, se disuelvan con la entrada en vigor del futuro Reglamento, que parece inmediata. Si se han constituido bajo una norma y para esta Legislatura, el Reglamento que venga a sustituirla no puede tener efectos retroactivos no favorables. Por consiguiente, sugerimos una disposición transitoria mediante la cual entrará en vigor la próxima Legislatura.

¡Ya salió un padre de la Constitución! —exclamó Martín Noval.

—No —respondió Roca—, tan solo el rigor y la precisión que exige el Derecho, estimado colega —continuó con cierto desdén hacia su interlocutor.

—Pues estamos de acuerdo —intervino Guerra—. ¿Algún problema con el quince por ciento de votos en cada una de las circunscripciones?

—Ninguno, respondió Roca. Nos dimos la mano y salimos del despacho mirándonos mutuamente.

Y este Martín Toval, siendo el portavoz del PSC, ¿a qué juega, cargándoselo? —se preguntó Roca a viva voz en los pasillos.

En la sesión plenaria que debatió el proyecto de Reglamento, el portavoz del PSC indicó «abstención» respecto del apartado 2 del artículo 23.

Nosotros hicimos lo mismo.

Se introdujo sin problema alguno la Disposición Transitoria Segunda por la que dicho precepto entraría en vigor en la siguiente legislatura.

Cuando la votación de la totalidad del proyecto, Martín Toval indicó «a favor», con lo que los socialistas catalanes convalidaban su desaparición. Nosotros hicimos lo mismo, como estaba acordado con Guerra.

Así consta en el Diario de Sesiones, pero todavía hoy algunos miembros del PSC se preguntan cómo llegaron a perder el grupo parlamentario que otrora tuvieron, mientras que otros exigen del PSOE la devolución del mismo. Buena gente que no se enteró de nada y que aún nada sabe sobre el harakiri practicado por los socialistas catalanes en sede parlamentaria.

Eduardo Martín Toval pasó a ser portavoz adjunto del grupo parlamentario socialista (PSOE), más tarde portavoz en sustitución de Javier Sáenz de Cosculluela y finalmente enviado a Málaga como cabeza de lista en las municipales. Perdió y el mundo socialista se lo tragó.

La política de la imperial Roma sigue llevándose a cabo en la que fuera provincia suya, Hispania, donde sí se paga a traidores"
 

La presentación del libro de López de Lerma será este miércoles en la librería Laie, en un acto en el que participará el propio autor, junto con el periodista Xavier Vidal-Folch, y el director editorial de ED Libros, Fèlix Riera, abierto al público hasta el límite del aforo.

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La respuesta en las librerías está resultando un éxito, siendo el libro más vendido de no ficción en castellano en librerías como la Geli de Girona, por delante del libro de Stiglitz sobre el euro.

Llibreria Geli-Lerma





 
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