Efecto Bambi
La puerilidad manifestada por el ex presidente Zapatero durante todo el proceso de su imputación redunda en la consideración de que hemos estado, y todavía lo estamos, gobernados por personajes de do menor, con falta de altura de miras políticas y con intereses espurios que dejan un rastro nefasto
Archivo – El expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero a su llegada a la Audiencia Nacional, a 17 de junio de 2026 – César Vallejo Rodríguez / Europa Press
Pues no, a pesar del título, esta inserción no va sólo sobre Zapatero; o sí, quizás, que diría Mariano Rajoy. Trata sobre la ingenuidad y de la capacidad de engaño y embeleco que producen la supuesta bondad, la bonhomía y la buena intención, las tres bes sobre las que se soporta, a día de hoy, el juego de la ves no la ves que pretende ocultar un ánimo de apropiarse de lo ajeno descargando el ánima de malos pensamientos intrusivos. Que no había mala intención en el proceder, vaya, pero, eso sí, sin dejar de militar subrepticiamente en el trinque.
El verdadero Bambi
“Bambi. Una historia de una vida en el bosque”, obra del escritor austríaco Félix Salten, fue publicada en 1923 en su original alemán, alcanzando con posterioridad fama internacional. Como curiosidad, anotar que fue prohibida en la Alemania nazi, puesto que el régimen consideró que la historia narrada era una alegoría política sobre la persecución a los judíos. Claro, era para desconfiar, porque, para más inri, el propio Salten lo era.
En el original, Bambi es un corzo que tiene que aprender lo que supone, en realidad, el bosque, con sus beneficios, pero también con sus peligros. Bambi, como cualquier otro habitante de la espesura, se enfrenta a la pérdida y al miedo con la prudencia que exigen la soledad y la obligada maduración. Sobre todo, aprenderá con dureza el encuentro con el ser humano, que en el libro de Salten se le cita como “Él”. No siendo obligado guardar la obra en el pequeño cajón de la literatura infantil, los lectores más recomendables con especial calor, como bien plantea su prologuista John Galsworthy, quizás sean los cazadores.
Y para corroborar que la enseñanza que propugna el libro, más allá de la inocente mirada de un infante, sea que “si uno se quiere conservar, si uno quiere comprender la existencia, si uno quiere alcanzar la sabiduría, uno debe quedarse solo”, como le trasladó el Viejo Príncipe, su padre, a Bambi. La inevitable soledad, ahora, de la que goza el desmontado Zapatero.
El auxilio de Disney
Pero ahí estaba el edulcorado mundo Disney para distraernos de las graves cavilaciones cejijuntas de Salten. Comprados los derechos de explotación por la multinacional de la ilusión impostada a través de Sidney Franklin, recalcitrante hasta la extenuación el estudio de animación en humanizar a los animales, Bambi se va a acompañar de dos criaturas deliciosas que le ayudan en su obligada pero ñoña adaptación al bosque: Tambor el conejo y Flor la mofeta. En el proceso de maduramiento como persona cierva, el incombustible Tambor le ofrecerá una lección de neurociencia adaptada muy útil para su integración en el boscaje: “Si al hablar no has de agradar, deberás mejor callar”.
El verdadero Bambi
Hemos vivido años arrullados por la banda sonora de la película animada del año 1942, con su coro de voces gentiles y sugestivas, considerando que la apelación a la ética y la bondad inherente a la izquierda arrullaban al ex presidente Zapatero como algo sustancial al levantamiento de ceja, hoy ya un tanto olvidado aquel acunador “Clan de la Ceja”. Apartada la idea original de Salten, aun así quedarán la soledad y el silencio, prácticas cada vez más comunes de las que deriva el ejercicio ya convertido en deporte prácticamente diario que ofrecen el apartamiento interesado y eso que ahora se denomina como la impía cancelación.
La puerilidad manifestada por el ex presidente durante todo el proceso de su imputación redunda en la consideración de que hemos estado, y todavía lo estamos, gobernados por personajes de do menor, con falta de altura de miras políticas y con intereses espurios que dejan un rastro nefasto del que, como la pringosa baba del caracol, vamos a tardar mucho tiempo en deshacernos.
Ya se lo había advertido su padre, el imponente ciervo Viejo Príncipe a Bambi cuando ambos se encontraron con Él (sustitúyase ahora por “El… puto amo”): “Ahora tienes que aguantar todos los dolores, ahora no puedes pensar en tumbarte… ni pensarlo siquiera, pues eso solo ya te cansa. Ahora tienes que salvarte… ¿me entiendes Bambi?… salvarte… o estas perdido… piensa solo en que Él va detrás de ti… ¿me entiendes Bambi?… y Él te mata sin misericordia… ven por aquí… así, solo siempre por aquí… ya irá… tiene que ir.” Pero eso pasa en el libro, no en la película; o sí, quizás, que diría Mariano Rajoy.