Que envidia me sigue dando NVIDIA
NVIDIA no se dedica a vender promesas como algunas startups de garaje con logo molón. Vende chips que están en todos los centros de datos del mundo. Vende la pala en esta nueva fiebre del oro que es la inteligencia artificial.
¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí? Que NVIDIA ya vale más de 4 billones de dólares y está a punto de alcanzar los 5 billones. Que ha superado —sin despeinarse— a Apple, Amazon y Alphabet. Que ha pasado de ser una frikada para gamers a convertirse en el corazón de la economía mundial del siglo XXI. Que ha hecho que el silicio sea más importante que el petróleo. Y sí… que me sigue dando una envidia que ni te cuento.
Hace poco escribíamos un artículo donde advertíamos que el verdadero “oro negro” del siglo XXI no es el litio, ni el hidrógeno verde, ni siquiera los datos en crudo: es la capacidad de procesarlos a velocidades demenciales. Y ahí, amigos míos, NVIDIA juega en otra liga. No es que lo diga yo, es que lo dicen sus 4 billones de razones bursátiles.
Una columna de La Voz de Galicia lo dejaba claro hace unas semanas: con el valor de esta compañía se podría financiar la NASA durante 150 años, reconstruir Venecia entera docenas de veces o, puestos a fantasear, pagar 40.000 suscripciones de ChatGPT-5 para cada ciudadano del planeta. Es obsceno. Es descomunal. Y es, sobre todo, revelador.
Jensen Huang, su CEO con pinta de hacker asiático que acaba de salir de un biopic de Silicon Valley, decidió hace una década apostar por los chips gráficos no solo para videojuegos, sino para alimentar las bestias de la inteligencia artificial. Apostó todo al futuro. Y acertó. Mientras Intel miraba hacia atrás y AMD peleaba con las uñas por ganar cuota en gaming, Huang diseñaba la artillería pesada que hoy usan OpenAI, Meta, Tesla, Amazon, Google y hasta los frikis como nosotros para jugar con IA generativa.
¿Y Europa? Bien, gracias. Seguimos invirtiendo en observatorios de ética de la inteligencia artificial y decidiendo si el 5G da cáncer o no. Mientras tanto, los americanos (y en breve, los chinos), están repartiéndose el tablero. Nosotros ni lo hemos visto montarse.
¿Y España? Pues probablemente seguimos debatiendo en alguna comisión parlamentaria si el término “tecnología” es masculino, femenino o no binario. Vamos tarde. Muy tarde. Y lo sabemos. Pero eso no impide que admiremos (y envidiemos) la genialidad empresarial de NVIDIA. Porque lo que ha conseguido esta empresa es histórico.
No olvidemos que, en 2012, cuatro ingenieros de Toronto —comprados por cuatro duros por Google— lanzaban TensorFlow. Hoy esos modelos funcionan sobre GPU de NVIDIA. ¿Casualidad? No. Jensen Huang supo crear no solo hardware, sino ecosistema. Supo conectar los puntos. Supo ver el mapa cuando todos miraban la brújula.
Y lo más acojonante: ha logrado que NVIDIA sea hoy más importante que el petróleo. El mercado ha entendido que sin capacidad de cómputo no hay IA, y sin IA no hay innovación, ni medicina personalizada, ni coches autónomos, ni defensa moderna, ni nada que se parezca remotamente al futuro.
Y no, no es solo una burbuja bursátil. Es una avalancha histórica. NVIDIA no se dedica a vender promesas como algunas startups de garaje con logo molón. Vende chips que están en todos los centros de datos del mundo. Vende la pala en esta nueva fiebre del oro que es la inteligencia artificial. Y ya sabemos lo que dice la leyenda del Oeste: en una fiebre del oro, hazte vendedor de palas.
Así que sí…
Que envidia me sigue dando NVIDIA.
Porque lo han hecho todo bien. Porque apostaron cuando nadie apostaba. Porque han demostrado que la tecnología no es un gasto, sino la inversión más rentable del siglo. Y porque mientras en Europa seguimos rascándonos la cabeza, ellos se rascan el mentón pensando en el próximo chip.
Vamos a intentar aprender algo. Aunque sea por dignidad.
¡Se me tecnologizan!