Ceuta como síntoma de parte de un país que no se mira al espejo

Mientras sigamos atrapados entre el miedo y la necesidad, entre la moralina y la economía, entre la ideología y la demografía, cada episodio como el de Ceuta volverá a repetirse

Cruz Roja y la organización Sur Sur reparten alimentos básicos, en Ceuta

Cruz Roja y la organización Sur Sur reparten alimentos básicos, en Ceuta / Iván Zambrano / Europa Press

Los acontecimientos recientes en Ceuta —la llamada a cruzar la frontera, la entrada masiva, los fallecidos y la crisis diplomática con Marruecos— han vuelto a activar un mecanismo ya conocido en España: sustituir el análisis por el miedo, la política por la moralina y la evidencia por la desinformación. Cada episodio fronterizo funciona como un espejo que devuelve, con crudeza, las contradicciones de ciertos discursos ideológicos y de no pocas convicciones personales.

Pero esta vez el espejo devuelve algo más incómodo: la migración que se rechaza en la frontera es la misma que sostiene el mercado laboral español, según los datos oficiales de afiliación publicados este mes. Los trabajadores extranjeros han aportado 420.875 de las 642.000 nuevas altas del último año (dos tercios). España cuenta con 3,5 millones de trabajadores extranjeros, el 15,6% del total. Y la regularización extraordinaria ha incorporado 262.475 personas a la economía formal.

La contradicción es evidente: se teme la migración en abstracto, pero se depende de ella en concreto.

En cada crisis fronteriza se activa un dispositivo mediático que selecciona, amplifica y dramatiza los casos más extremos: agresiones aisladas, conflictos puntuales, testimonios de vecinos que se han sentido acosados, imágenes de tensión o inseguridad. No se trata de negar esos episodios, sino de señalar su función: construyen una percepción emocional que no representa la realidad estadística, pero sí alimenta la narrativa del miedo.

La lógica es conocida: se elige el caso más impactante, se presenta como tendencia, se convierte en amenaza, y se proyecta sobre todo el colectivo migrante.

Este mecanismo no es accidental. La inseguridad vende, la alarma moviliza, el miedo fideliza audiencias. Y en ese clima emocional, la racionalidad económica desaparece.

Ciertos partidos y figuras públicas han convertido el miedo en herramienta política. No discuten datos, sino emociones. No analizan estructuras, sino identidades. No proponen políticas, sino enemigos.

La secuencia es siempre la misma: se exagera la amenaza (invasión, descontrol, colapso). Se simplifica la causa (los migrantes como problema). Se oculta la evidencia (la economía depende en buena parte de ellos). Se ofrece una solución emocional (mano dura, cierre, expulsión).

Pero la evidencia contradice ese relato. España vive un ciclo de crecimiento laboral sostenido: 22.508.065 personas trabajando, récord histórico; 25.274.300 personas en la población activa, también máximo histórico; 1.759 empleos creados al día en el último año; y 66 meses de creación de empleo desde la reforma laboral de 2022.

La migración ordenada funciona. La irregular, no. Pero el debate público sigue atrapado en la confusión entre ambas.

Existe también una contradicción moral. Muchos ciudadanos que expresan rechazo hacia la llegada de migrantes son los mismos que dependen de ellos para el cuidado de sus mayores, la hostelería, la agricultura intensiva, la construcción o la limpieza. La distancia entre la moral pública y la moral privada es abismal.

La tragedia de Ceuta —con muertos en el mar, menores desorientados, familias rotas y ciudadanos asustados— debería servir para desmontar esta doble moral. No se puede exigir humanidad en abstracto y negarla en concreto. No se puede pedir orden sin construirlo. No se puede reclamar responsabilidad sin asumirla.

Además, hay otra contradicción, quizá la más profunda: España fue un país de emigrantes. Millones de españoles cruzaron fronteras buscando trabajo, estabilidad o dignidad. Y, sin embargo, hoy se repite una ficción interesada: “nosotros emigrábamos con contrato, regulados; ellos vienen sin nada”. Algo que es falso.

La emigración española hacia Europa y América estuvo llena de irregularidades, precariedad, explotación y estigmas. No fuimos “los buenos emigrantes”. Fuimos, como todos, personas intentando sobrevivir. La distorsión actual —la que pretende diferenciar moralmente al emigrante español del migrante que llega hoy— es una forma de autoengaño colectivo. Un país que no se mira al espejo no puede entender su presente.

Ciertos discursos que se presentan como defensores de la “identidad nacional” dependen, para sostener su propio modelo económico, de la presencia constante de trabajadores extranjeros. Sin ellos, sectores enteros se detendrían. La página lo muestra con claridad: los migrantes aportan casi dos tercios del empleo creado en el último año.

Esta dependencia no es un síntoma de debilidad, sino de fortaleza. España es hoy la economía que más crece de la Unión Europea, la que más empleo genera y una de las más resilientes del continente. Los informes recientes de Goldman Sachs y otros bancos de inversión sitúan a España como uno de los mejores países para invertir en Europa, destacando su estabilidad macroeconómica, su liderazgo en energías renovables, su apuesta por las nuevas tecnologías y su capacidad para absorber y transformar talento.

Por eso que también resulta paradójico que, en el mismo país que asciende en los rankings internacionales y consolida su posición como potencia económica emergente, algunos discursos sigan alimentando la ficción de que la migración es una amenaza, cuando en realidad es uno de los pilares que sostienen ese ascenso.

La ideología, cuando se convierte en refugio emocional, tiende a negar la realidad que la sostiene. Así se produce un fenómeno curioso: se rechaza la migración irregular mientras se bloquea la regular. Se denuncia la falta de integración mientras se recortan los recursos para integrarla. Se exige seguridad mientras se alimenta la inseguridad jurídica de quienes ya están aquí. La contradicción no es accidental, sino interesada y egocéntrica.

La migración no es un problema, es un fenómeno estructural. Lo que sí es un problema es la incoherencia con la que lo abordamos. Mientras sigamos atrapados entre el miedo y la necesidad, entre la moralina y la economía, entre la ideología y la demografía, cada episodio como el de Ceuta volverá a repetirse.

La alternativa es clara: construir una política migratoria coherente, basada en datos, en responsabilidad y en humanidad. Lo contrario —seguir reaccionando a golpes de emoción, ideología y contradicción— solo garantiza que la próxima crisis será más profunda que la anterior.

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