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Cuando la estupidez gobierna y la naturaleza sentencia
Galicia, territorialmente protegida por su clima atlántico, ya no es una excepción. Las olas de calor son más frecuentes, los incendios más intensos, las sequías más prolongadas. La transición energética no es una opción ideológica, sino una condición de supervivencia.
Imagen de archivo de un bombero durante la tragedia de la DANA
Europa vive un comienzo de verano que ya no es meteorológico, sino estructural. Según el grupo internacional World Weather Attribution, olas de calor como la actual habrían sido prácticamente imposibles hace cincuenta años sin el calentamiento global. La evidencia científica es tan abrumadora que ya no describe un fenómeno excepcional, sino un cambio físico del sistema climático.
España acaba de cerrar el segundo mes de junio más cálido desde que hay registros, con una anomalía térmica de 3,2 ºC por encima de la media. Y la naturaleza ha dictado sentencia con una contundencia inédita: más de un millar de personas han muerto en junio por las altas temperaturas, según el sistema MoMo del Instituto de Salud Carlos III. En solo una semana de ola de calor se concentraron 663 fallecimientos, y el total provisional asciende a 1.028 muertes, el récord histórico desde que existen registros en 2015. La media habitual de junio es de 330 fallecimientos. Este año la cifra se ha triplicado.
Francia registra un exceso de mortalidad que ha colapsado funerarias y servicios públicos. Alemania alcanza los 40 grados en ciudades donde las viviendas no tienen aire acondicionado. En Leipzig, el calor ha deformado los raíles del tranvía y ha paralizado la circulación. Y España afronta alertas sanitarias en el 85% de sus municipios, con hospitalizaciones por desmayos y fallecimientos asociados a las temperaturas extremas. La naturaleza está dictando sentencia. Y la política, en demasiados casos, sigue empeñada en gobernar desde la estupidez estratégica.
Los expertos lo explican con claridad: no es “el calor de siempre”, es el cambio climático. Las jornadas de calor húmedo peligrosas para la salud han pasado de una media de 10 en los años setenta a 23 ahora. El fenómeno de El Niño está a punto de intensificarse, echando “más leña al fuego de un mundo que se calienta”. Y mientras tanto, las renovables han protegido a España del alza de precios por el cierre de Ormuz, demostrando que la transición energética no es ideología, sino resiliencia económica.
La evidencia científica es abrumadora. La evidencia política, desconcertante.
¿Cómo puede avanzar el negacionismo justo cuando la naturaleza está mostrando, con contundencia física, que el calentamiento global ya no es un debate sino un hecho?
Mientras Europa duerme en parques para no asfixiarse en casa —síntoma de una infraestructura diseñada para un clima que ya no existe—, el arco político mundial se inclina hacia quienes niegan el cambio climático o lo minimizan. En Francia, la extrema derecha propone un “plan nacional de climatización” para evitar muertes por calor, una solución que agravaría el problema que pretende resolver. En Estados Unidos, los grandes bancos han disparado la financiación del sector fósil, espoleados por Donald Trump. Y en Europa, buena parte del discurso conservador sigue atrapado en la nostalgia fósil, aunque cuatro de cada diez votantes del PP desearían que su partido hiciera más en relación con el clima.
La pregunta es inevitable: ¿cómo puede avanzar el negacionismo justo cuando la naturaleza está mostrando, con contundencia física, que el calentamiento global ya no es un debate sino un hecho? Puede haber tres explicaciones:
1. Interés económico: las industrias fósiles siguen siendo actores geopolíticos de enorme poder. Su capacidad de influencia sobre campañas, medios y gobiernos es gigantesca. El negacionismo no es una opinión espontánea, sino una estrategia de poder que protege un modelo energético que aún mueve billones de dólares.
2. Estupidez estratégica: la política responde a los síntomas y no a las causas. Climatizar masivamente edificios, como propone la extrema derecha francesa, es una respuesta emocionalmente eficaz pero físicamente absurda: aumenta el consumo energético, incrementa las emisiones y acelera el calentamiento global. Es la lógica del náufrago que bebe agua salada para calmar la sed.
3. Fatiga social: tras años de crisis encadenadas —pandemia, inflación, guerras, migraciones, sequías—, una parte de la ciudadanía rechaza cualquier discurso que implique más cambios, más restricciones o más sacrificios. El negacionismo ofrece un relato cómodo: “No pasa nada. No hay que cambiar nada. Todo seguirá igual”. Es falso, pero reconfortante. Y en política, lo reconfortante suele ganar a lo verdadero.
Pero la naturaleza no negocia. La atmósfera no vota. La temperatura no tiene ideología. El calor que dilata raíles, colapsa hospitales, dispara las ventas de ventiladores y obliga a dormir en parques no distingue entre izquierdas y derechas. Los glaciares que desaparecen, el permafrost que se descongela, las DANAs que se intensifican, los huracanes que se vuelven más violentos y los megaincendios que arrasan forman parte de un mismo sistema físico que se está desestabilizando.
Galicia, territorialmente protegida por su clima atlántico, ya no es una excepción. Las olas de calor son más frecuentes, los incendios más intensos, las sequías más prolongadas. La transición energética no es una opción ideológica, sino una condición de supervivencia. Y la adaptación climática no es un lujo, sino una obligación.
La pregunta no es si el cambio climático existe. La pregunta es cuánto tiempo tardará la política en aceptar que la realidad física ya no admite negación ni negociación. Porque cuando la estupidez gobierna, la naturaleza sentencia.