La revolución silenciosa del dinero
El estudio ‘Fintech en España. Nuevos modelos de negocio, innovación y finanzas inclusivas’ del grupo de investigación de la Universidad de A Coruña ‘Money in transformation’ (MONFIN), pone sobre la mesa una evidencia incómoda: el ecosistema fintech español ha madurado, pero la inclusión financiera sigue siendo la gran tarea pendiente
En España hablamos mucho de digitalización, pero seguimos sin comprender del todo que el dinero —ese viejo artefacto social que sostiene nuestras vidas cotidianas— está experimentando una mutación profunda. No es una metáfora, sino un cambio estructural comparable a la irrupción de la banca moderna en el siglo XIX. Y, sin embargo, lo estamos viviendo como si fuese una simple actualización tecnológica.
La presentación del estudio Fintech en España. Nuevos modelos de negocio, innovación y finanzas inclusivas, del grupo de investigación de la Universidad de A Coruña, Money in transformation (MONFIN), del que formo parte, coordinado por Matilde Massó y Carles Maixé, vuelve a poner sobre la mesa una evidencia incómoda: el ecosistema fintech español ha madurado, pero la inclusión financiera sigue siendo la gran tarea pendiente.
El estudio se apoya en una encuesta propia realizada a empresas fintech de todo el país, diseñada para captar la estructura real del sector: tamaño, tecnologías empleadas, modelos de negocio, grado de innovación y relación con la banca. No es una encuesta superficial, ya que supone un instrumento que permite observar desde dentro cómo se organiza y cómo piensa un sector que, hasta hace poco, apenas figuraba en las estadísticas oficiales.
El informe, enmarcado en el proyecto financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación, la Agencia Estatal de Investigación y el FEDER (UE), radiografía un sector que ya no es promesa, sino realidad consolidada. Un sector formado mayoritariamente por microempresas —el 55,3% del total— que han sabido ocupar los huecos dejados por la banca tras la crisis de 2008.
La fotografía es clara: innovación, agilidad y especialización. El 91% de las empresas fintech desarrollan internamente sus productos y servicios, apoyándose en Big Data, interfaces entre programas informáticos (APIs) y plataformas digitales como tecnologías centrales. No estamos ante un sector accesorio, sino ante un laboratorio permanente donde se ensayan soluciones que la banca tradicional no puede —o no quiere— desarrollar con la misma velocidad.
La encuesta también muestra que la innovación no es un eslogan: el 47% introduce cambios organizativos que transforman procesos productivos, y el 39% innova en la relación con la clientela. Pero la innovación, por sí sola, no garantiza justicia financiera. Y aquí aparece la grieta. España es uno de los países más bancarizados de Europa. Casi todo el mundo tiene cuenta, tarjeta y acceso básico a servicios financieros. Pero eso no significa que exista verdadera inclusión. El estudio lo subraya con claridad: las fintech han democratizado ciertos servicios, pero no han logrado llegar a los colectivos más vulnerables, que siguen quedando fuera por falta de competencias digitales o de cultura financiera suficiente.
Es la paradoja de nuestro tiempo: nunca hubo tantas herramientas para gestionar el dinero, pero nunca fue tan fácil quedarse atrás. La digitalización, si no se acompaña de políticas públicas, puede convertirse en un nuevo filtro social. Y esto no es un problema técnico, sino político. La inclusión financiera no se resolverá con más apps, sino con más educación, más acompañamiento y más regulación orientada al bien común.
Otro de los hallazgos del informe es especialmente revelador: el 36% de las fintech españolas ya colaboran estrechamente con la banca tradicional. Lo que hace una década se interpretaba como una guerra abierta —startups contra bancos— hoy se parece más a un matrimonio de conveniencia. La banca aporta capital, escala y regulación; las fintech aportan velocidad, creatividad y capacidad de experimentar sin el lastre de estructuras mastodónticas.
Como señalaba David Conde, CEO de Coinscrap, en la presentación del informe el pasado 23 de abril, el valor de las fintech no es sustituir a la banca, sino complementar su capacidad de innovación y mejorar la experiencia del usuario. Es una visión pragmática y, probablemente, la única sostenible.
En este contexto, la publicación del libro Fintech en España —que amplía y profundiza los resultados del estudio— llega en un momento oportuno. No solo sistematiza datos y tendencias: ofrece un marco interpretativo para entender hacia dónde se mueve el dinero en nuestro país. Y lo hace desde una perspectiva sociológica y económica que rara vez se incorpora al debate público.
A este volumen se suma La revolución Fintech, que forma parte del mismo proyecto y que he tenido la oportunidad de escribir. No es solo un complemento del informe: es una herramienta para interpretar culturalmente una revolución que, si no se entiende bien, puede dejar a demasiada gente atrás. Su estructura —que recorre conceptos clave, tendencias de consumo, el mapa europeo del ecosistema fintech y el papel de tecnologías como la inteligencia artificial o el metaverso— ofrece una guía accesible para comprender un fenómeno que ya afecta a la vida cotidiana de millones de personas. Su objetivo es explicar, con lenguaje accesible pero riguroso, qué está cambiando realmente en la relación entre ciudadanía, tecnología y finanzas. Porque la revolución no es solo tecnológica: es cultural, institucional y, en última instancia, existencial.
En resumen, algo que el estudio de la UDC muestra es que el mundo fintech español posee fuerza, ingenio y potencial de expansión. Las opciones se ven claras: formas de pago, sitios web, servicios mixtos B2B/B2C, sistemas de estudio económico y formas de alianza con la banca que ya marchan con soltura. Pero el gran reto no es de tecnología, sino de sociedad. La duda esencial para los siguientes años no será cuántas fintech se crean, ni cuántas se hacen globales, ni cuántas inversiones consiguen finalizar. La duda será distinta: ¿estamos creando un sistema económico más justo, más accesible y más humano?