Sí que hay algo peor que pegar a un niño

Un informe del Grupo Interinstitucional de la ONU para la Estimación de la Mortalidad en la Niñez revela que 27,3 millones de niños podrían fallecer antes de 2030 por motivos que se pueden evitar, si no se cambia el rumbo que llevamos

Mujer con un bebe en brazos

Imagen: Unicef

Hay frases que se repiten tanto que pierden filo. “No hay nada peor que pegar a un niño”, solemos decir para señalar un límite moral evidente. Pero solo hace falta ver los datos que publicó hace poco el Grupo Interinstitucional de la ONU para la Estimación de la Mortalidad en la Niñez para entender que sí, que hay algo aún peor: dejarlos sin ayuda.

Según el informe, 27,3 millones de niños podrían fallecer antes de 2030 por motivos que se pueden evitar, si no se cambia el rumbo que llevamos. No hablamos de males extraños ni de desastres que no se pueden impedir. Hablamos de pulmonía, diarrea, malaria, falta de comida. Hablamos de lo que ya sabemos cómo evitar. Hablamos de casi 20.000 niños al día, unos 800 cada hora, 14 por minuto.

Desde hace años, todo el mundo ha visto y comprobado que se podía atajar con éxito la mortalidad infantil. Entre 2000 y 2015, con vacunas para todos, cuidado básico y manutención se salvaron muchas de estas vidas en ciernes. Pero esa voluntad se ha parado, y lo que se para no avanza sino que, en este caso, retrocede. Desde 2015, la reducción de muertes de niños ha caído más de un 60%. No por algo inevitable, sino por ideas y comportamientos políticos.

Como la retirada de fondos durante la administración Trump para proyectos de salud para madres e hijos, para la OMS, para la nutrición y para estudios de enfermedades epidemiológicas. Cuando un país que suministra entre el 15% y el 20% del dinero para la salud mundial decide cancelarlo, no es solo una medida o toma de decisiones, sino que mata, como emprender guerras.

De hecho, a este infanticidio económico se añade otra maldad, más clara y más rápida, como es el fallecimiento de muchos niños en Gaza, registrado y denunciado por doquier. Gaza es hoy el exponente de lo que pasa cuando el cuidado infantil deja de ser prioritario y pasa a disfrazarse de “daño colateral”, como suelen decir en estos casos los agresores. Pero no hace falta entrar en juicios políticos para verificar un suceso: además de las bombas, cuando alimentarse supone una odisea, el agua potable escasea y la asistencia sanitaria no puede ejercer su labor, los niños perecen.

Según el informe, las zonas del deceso infantil siguen un esquema evidente. África subsahariana y Asia del sur juntan el 80% de los óbitos; lugares donde se juntan diferencias socioeconómicas extremas, debilidad institucional y un efecto creciente de sucesos climáticos terribles. La mortalidad infantil es un aviso salubre, sí, pero también es un aviso económico, ya que muestra las flaquezas estructurales del mundo.

Conviene recordar algo que rara vez aparece en los debates presupuestarios: la supervivencia infantil es una de las inversiones con mayor retorno social y económico. Cada niño que sobrevive es un futuro adulto que podrá estudiar, trabajar, innovar, sostener comunidades y contribuir a la resiliencia económica de su país. La mortalidad infantil, en cambio, perpetúa el círculo vicioso de pobreza, inestabilidad y dependencia exterior. Ninguna estrategia de desarrollo puede prosperar sobre un suelo demográfico erosionado.

La directora ejecutiva de Unicef lo resumió con una frase que debería ser un recordatorio permanente: “Ningún niño debería morir por enfermedades que sabemos cómo prevenir”. Y, sin embargo, está ocurriendo. No por falta de conocimiento, sino por falta de voluntad.

La economía global ha demostrado que puede movilizar billones para rescatar bancos, sostener mercados o financiar guerras. Pero cuando se trata de sostener la vida más elemental —la de un recién nacido—, la voluntad se diluye.

Por lo que está claro que hay algo peor que pegar a un niño: construir un sistema económico y social que permite que millones de ellos mueran sin necesidad. No es un problema sanitario, es un síntoma de prioridades económicas. La mortalidad infantil no crece por azar, sino cuando se recortan recursos y ayudas, cambiándolas además por bombas.

La pregunta es si estamos dispuestos a corregirlo antes de que las cifras de 27 millones de niños, 20.000 al día, 800 cada hora, 14 por minuto dejen de ser una advertencia y se conviertan en un epitafio colectivo.

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