La flema como herramienta de negociación
La lección que deja Carlos III en su reciente visita a Estados Unidos sobre su forma de comunicar considero que es muy operativa; comunicar bien no consiste en adornar el mensaje, sino en diseñar las condiciones para que el otro esté dispuesto a aceptarlo
La reciente visita de Carlos III a Estados Unidos dejó muchas imágenes interesantes y algún que otro aprendizaje importante. Uno, especialmente destacado, fue ver a un líder que, sin elevar el tono ni sobreactuar, consiguió situar mensajes relevantes en un contexto tan complejo como era el que rodea al presidente Trump y a su Gobierno. La flema británica actuó como un instrumento para modular el tono de una negociación especialmente compleja.
Las negociaciones en entornos políticos o empresariales no suelen empezar por los argumentos sino por el clima que los rodea. Un clima que se construye, en gran medida, a través de la comunicación. En varias intervenciones durante su reciente visita a EE.UU., Carlos III introdujo comentarios levemente irónicos sobre la relación histórica entre ambos países. No eran bromas en sentido estricto, sino ajustes finos del registro para rebajar la tensión y facilitar la escucha. Ese tipo de recurso no busca el aplauso, sino la predisposición del interlocutor.
Este principio es extrapolable a cualquier entorno profesional. En entornos negociadores solemos pensar en concesiones como elementos tangibles —precio, plazos, condiciones—, pero existe una concesión previa y menos visible: el tono. Un tono excesivamente duro bloquea; uno demasiado complaciente debilita. El punto de equilibrio —firmeza sin confrontación— abre espacio para el acuerdo. En este sentido, la arquitectura del discurso no acompaña a la negociación, si no que forma parte de su estructura.
Un empleado que discrepa de su superior no negocia solo con datos, sino con la forma en que introduce ese desacuerdo. Un proveedor que busca revisar condiciones no depende únicamente de su propuesta, sino de cómo articula la conversación. Incluso en relaciones consolidadas, el “cómo” condiciona decisivamente el “qué”. La eficacia del mensaje no reside solo en su contenido sino en su capacidad de ser aceptado.
Otro elemento relevante es la humanización del emisor. Tanto en instituciones como en empresas, la comunicación tiende a refugiarse en la rigidez formal. Sin embargo, una distancia excesiva dificulta la conexión. Introducir matices como el uso del humor contenido, de referencias compartidas, de cierta ironía… puede reducir esa distancia sin erosionar la autoridad. La clave está en no confundir cercanía con informalidad. No se trata de resultar simpático, sino de ser accesible sin perder solidez. En ese equilibrio se juega buena parte de la credibilidad.
Ahora bien, conviene evitar una lectura ingenua de lo que expongo. El uso del humor o de registros indirectos implica también riesgos. El principal es la ambigüedad. Durante una negociación, un mensaje que no se entiende de forma inequívoca pierde eficacia. Este problema se acentúa en contextos interculturales, donde los códigos no siempre son compartidos. Lo que en un entorno se interpreta como sofisticación, en otro puede percibirse como falta de claridad. Por eso, el tono puede modular el mensaje, pero no debe sustituir su precisión.
La lección que deja Carlos III y su forma de comunicar considero que es muy operativa. Comunicar bien no consiste en adornar el mensaje, sino en diseñar las condiciones para que el otro esté dispuesto a aceptarlo. La flema británica es solo una manifestación cultural de una lógica más amplia como es la capacidad de influir sin imponer, de marcar posición sin escalar el conflicto.
En entornos cada vez más polarizados, donde la confrontación directa tiende a imponerse, este tipo de comunicación ofrece una ventaja silenciosa. No garantiza el acuerdo, pero sí mejora de forma significativa las probabilidades de alcanzarlo. Quizá por eso, en su reciente visita a Estados Unidos, el monarca británico pudo permitirse deslizar, con aparente ligereza, que sin los británicos los estadounidenses “estarían hablando francés”. No era solo una broma. Era una forma precisa de recordar, sin incomodar, que incluso en las relaciones más complejas, el modo en cómo se dicen las cosas sigue siendo parte esencial de lo que se negocia.