Marco Rubio y la horma de su zapato
Una fotografía de Marco Rubio caminando con unos zapatos varias tallas más grandes de lo que necesita recorrió estos días las redes sociales y las redacciones de medio mundo. Pero lo que parece una anécdota menor, esconde una lección mayor: en el nuevo orden internacional, la credibilidad se construye en milésimas de segundo y se destruye con una imagen. La apariencia ha dejado de ser superficial. Hoy es estrategia
El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, en una imagen de archivo
Varias fotografías tomadas en los pasillos del Capitolio de Washington se hicieron virales estos días. En ellas se ve al secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, caminando con unos zapatos Oxford negros de la marca Florsheim que le quedan visiblemente grandes. Un detalle menor, podríamos pensar, pero tiene un mensaje que lo convierte en un caso de estudio sobre comunicación no verbal y dinámicas de poder.
The Wall Street Journal publicaba hace unos días que el presidente Donald Trump tiene la costumbre de regalar zapatos de 145 dólares a sus colaboradores más cercanos, pero lo hace sin pedirles sus tallas. Simplemente, como si se tratara de un tema más de su gestión política, por pura intuición. Después, en las reuniones de gabinete pregunta directamente: “¿Ya recibieron sus zapatos?”. Una funcionaria de la Casa Blanca lo resumió sin rodeos al rotativo neoyorquino: “Todos los miembros del gabinete los tienen, y el ambiente es que quien no los lleva puestos, se arriesga a algo”. La lealtad, literalmente, se exhibe en los pies.
En política, los símbolos de lealtad nunca desaparecen: simplemente cambian de forma. Antes eran insignias o retratos. Hoy pueden ser incluso un par de zapatos.
La imagen de Rubio, con el talón flotando dentro del zapato, se viralizó enseguida. No solo como meme político, sino como síntoma de algo más profundo que creo merece un análisis desde la comunicación y las relaciones públicas.
En política, los símbolos de lealtad nunca desaparecen: simplemente cambian de forma. Antes eran insignias o retratos. Hoy pueden ser incluso un par de zapatos.
Lo que ilustra este suceso no es solo una rareza más del carácter de Trump. Es el reflejo de una tendencia que se está consolidando en el nuevo orden político internacional: la vuelta al formalismo como señal de autoridad y credibilidad. Lo he comprobado esta semana también en Chile, donde el nuevo presidente, José Antonio Kast, ha apostado desde el primer día de su mandato por un protocolo visual riguroso, del que ha hecho partícipe a todo su gabinete, frente al informalismo que ha caracterizado hasta ahora al presidente saliente Gabriel Boric.
En el mundo empresarial y diplomático, la apariencia nunca ha dejado de importar. Pero en la era de las redes sociales y la hipervisibilidad, un descuido en la indumentaria puede generar en minutos más ruido mediático que un discurso de treinta minutos. La comunicación no verbal, que puede llegar a impactar más que todo un plan de comunicación, incluye también el vestuario, el calzado, la postura y el uso del espacio.
En el caso de Rubio, los zapatos dicen mucho más de lo que aparentan. Un directivo que acude a una negociación con un calzado que no es de su horma proyecta, aunque sea inconscientemente, una imagen de descontrol sobre su propia presentación. Basta recordar a Nicolas Sarkozy y sus tacones para aparentar más altura. En el ámbito de la diplomacia internacional —donde Rubio representa a la primera potencia del mundo— esa señal puede ser leída por interlocutores entrenados en el lenguaje no verbal como una señal de sometimiento o incomodidad.
El propio Trump lo comentó, según reveló el vicepresidente Vance. En una reunión en el Despacho Oval, el presidente miró a los pies de sus colaboradores y les comentó que “se puede saber mucho de un hombre por la calidad de sus zapatos”. Y estoy de acuerdo. El calzado es uno de los primeros elementos que se observan en una persona, y uno de los que más información proyecta sobre su cuidado personal y su autoexigencia.
La imagen no es vanidad, es una estrategia. Es una herramienta de comunicación tan importante como el mensaje verbal. En cualquier negociación, la primera impresión se forma en los primeros segundos y se construye casi exclusivamente sobre señales no verbales.
Un CEO puede usar normalmente blue jeans, pero si acude a un road show en vaqueros ante una audiencia de inversores institucionales transmite un mensaje de desalineación cultural. Cuando un directivo aparece ante un cliente o un socio, no solo lo representa a él; representa a su empresa. Una presentación cuidada transmite orden, rigor y respeto por el interlocutor. Una presentación descuidada proyecta lo contrario, con independencia de la calidad del discurso.
Los zapatos de Marco Rubio seguirán siendo un chiste en redes sociales durante tiempo. Pero para quienes trabajamos en comunicación corporativa y relaciones públicas, este suceso es un recordatorio de que en el escenario global del poder —político, económico o empresarial— cada detalle cuenta, cada señal es leída, y la imagen siempre habla antes que las palabras.