Cuaresma y economía de la atención

En un entorno donde todos compiten por la atención, la escasez voluntaria de esta se convierte en una señal; no hablar durante un tiempo también comunica

Creo que todos estaremos de acuerdo si digo que estamos muy cansados de tanto ruido. No solo del informativo, también del estratégico. Esa pulsión constante por decir algo, reaccionar, posicionarse. En medio de esa saturación he empezado a preguntarme si, para líderes y empresas, la mejor estrategia reputacional no será a veces callar hasta que la realidad sostenga la palabra. Y en esa reflexión personal, la Cuaresma —los cuarenta días previos a la Pascua en la tradición cristiana— ha aparecido en mi reflexión como un modelo inesperado de contención, coherencia y espera.

La Cuaresma se interpreta hoy como un residuo religioso en una sociedad acelerada, pero quizá describa mejor que muchos manuales el problema contemporáneo de la atención. Durante cuarenta días no se intensifica la actividad espiritual. Se reduce. No se añaden estímulos. Se eliminan. No se multiplican mensajes. Se suspenden automatismos.

La Cuaresma tiene tres ejes en los que se fundamenta: el ayuno, la oración y la limosna. Funcionan como un sistema de reajuste perceptivo. El ayuno limita voluntariamente el consumo; la oración recupera silencio y foco; la limosna desplaza el centro desde el yo hacia el otro. Una lógica pedagógica que busca introducir fricción para recuperar libertad frente a la inercia.

En términos de management creo que la Cuaresma podría operar como una tecnología cultural contra la saturación que padecemos. Y esa intuición resulta especialmente pertinente en la economía de la atención, donde la reacción habitual ante la pérdida de confianza consiste en aumentar la comunicación.

Lo estamos viviendo a diario. Cuanto menor es la credibilidad, mayor es la producción de mensajes… y menor su eficacia. Organizaciones, instituciones y marcas responden a la desconfianza con campañas, declaraciones, posicionamientos, narrativas de propósito y reformulaciones de valores. El resultado no es claridad, sino inflación de mensajes. No se corrige el problema; se amplifica el ruido.

Pero la lógica cuaresmal propone lo contrario. Primero suspender la infoxicación, después alinear la conducta, más tarde recuperar reconocimiento por experiencia directa y solo entonces comunicar. Es decir: primero legitimidad… después, relato.

Por eso, desde esta perspectiva la reputación de los líderes y de las organizaciones no se reconstruye ocupando el espacio público, sino retirándose temporalmente de él. Cuando la coherencia es débil, hablar más no compensa la contradicción; la hace más visible. La reducción deliberada de emisión de mensajes no significa ausencia, sino prioridad: indica que la organización está resolviendo algo antes de explicarlo.

En un artículo reciente de Daniel Innerarity, publicado en un medio español de alcance global, señalaba que la religión contemporánea ha dejado de pretender regular la totalidad de la vida social para situarse en el terreno de la propuesta y la persuasión. Ese desplazamiento describe también la transformación de los que tienen autoridad en la sociedad de la información. La legitimidad ya no procede del posicionamiento, sino del comportamiento observable y compartido. No se concede por proclamación, sino por consistencia en la forma de actuar.

En un entorno donde todos compiten por la atención, creo sinceramente que la escasez voluntaria de esta se convierte en una señal. No hablar durante un tiempo también comunica: comunica jerarquía, control y responsabilidad temporal. La saturación, en cambio, comunica inseguridad.

Por eso pienso que la Cuaresma introduce una idea incómoda para la cultura comunicativa contemporánea. Hay momentos en los que la mejor estrategia reputacional no consiste en emitir un mensaje mejor, sino en no emitir ninguno hasta que la realidad pueda sostenerlo.

Al final, la autoridad reputacional no depende de quién habla más, sino de quién habla menos para alcanzar esa aceptación o aprobación invisible que es la licencia social.

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