La IA puede quitarnos algo más importante que el trabajo: el criterio
En un mundo donde casi cualquiera podrá generar textos, informes, presentaciones o análisis razonablemente competentes con ayuda de la inteligencia artificial, la diferencia ya no estará en producir más contenido sino en saber qué merece ser pensado, qué merece ser leído y qué merece ser cuestionado
Hace unas semanas fui a Lugo a dar una sesión sobre inteligencia artificial (IA) a profesores de Formación Profesional de la rama de Comercio. Uno podría pensar que los debates más interesantes sobre IA suceden en grandes empresas tecnológicas, congresos especializados o escuelas de ingeniería. Sin embargo, uno de los más sugerentes que he tenido últimamente ocurrió en esa aula, con docentes que se preguntaban qué capacidades deberían desarrollar sus alumnos para seguir siendo valiosos en el mundo actual.
La pregunta tiene más fondo de lo que parece. Durante años, cuando hablábamos de digitalización, pensábamos sobre todo en tareas manuales, administrativas o repetitivas como automatizar facturas, ordenar documentos, reducir tiempos o eliminar trabajos mecánicos.
Ahora estamos entrando en otro terreno. La inteligencia artificial no solo afecta a procesos productivos. También empieza a afectar a procesos cognitivos.
Ya no automatiza únicamente acciones. Automatiza, al menos en parte, funciones intelectuales que hasta hace poco considerábamos inseparables de la actividad humana: resumir, redactar, ordenar información, interpretar datos, preparar argumentos o responder preguntas complejas.
En ese contexto, varios profesores plantearon una cuestión especialmente relevante: qué deberían cultivar sus alumnos en un entorno donde cada vez más tareas intelectuales podrán ser ejecutadas por máquinas.
La respuesta que les di fue, seguramente, menos tecnológica de lo que esperaban: volver a los básicos. Leer más. Escribir más. Pensar más despacio. Enfrentarse de vez en cuando a la hoja en blanco, sin delegar demasiado pronto el esfuerzo de ordenar una idea.
Porque lo que necesitan desarrollar no es solo habilidad para usar herramientas. Necesitan fortalecer capacidades profundamente humanas que, paradójicamente, pueden verse debilitadas por las mismas tecnologías que prometen multiplicar nuestra productividad. El riesgo no está solo en usar IA, sino en convertirla demasiado pronto en una forma cómoda de subcontratar el raciocinio.
Hablamos de criterio, de discernimiento, de capacidad de razonamiento, de lectura crítica, de interpretación contextual, de saber detectar cuándo una frase aparentemente sofisticada no dice realmente gran cosa.
La paradoja merece atención. Cuanto mejor funciona una tecnología, mayor es la tentación de delegar en ella capacidades que antes ejercitábamos a diario. Y la inteligencia artificial funciona muy bien en muchas tareas relacionadas con el lenguaje y la organización de la información. Lo bastante bien como para que empiece a parecernos innecesario hacer ciertos esfuerzos intelectuales.
Pero muchas capacidades esenciales solo se conservan si se practican.
Uno puede perder orientación si siempre utiliza GPS. Puede perder agilidad matemática si nunca vuelve a calcular mentalmente. Y probablemente también puede deteriorar su capacidad de argumentar o analizar si externaliza de forma permanente esos procesos hacia sistemas automáticos. La comodidad de la ayuda puede convertirse, casi sin darnos cuenta, en una subcontratación del raciocinio.
Esto se vuelve especialmente delicado cuando la IA entra en la escritura.
Hace unas semanas conocí un preprint interesante firmado por Kosmyna y otros investigadores con un título bastante elocuente: Your Brain on ChatGPT: Accumulation of Cognitive Debt when Using an AI Assistant for Essay Writing Task.
Cuanto mejor funciona una tecnología, mayor es la tentación de delegar en ella capacidades que antes ejercitábamos a diario
El estudio, todavía preliminar y con una muestra limitada, comparaba a participantes que redactaban ensayos utilizando ChatGPT, motores de búsqueda tradicionales o ninguna herramienta externa.
Según el resumen del trabajo, quienes usaban modelos de lenguaje mostraban menor conectividad cerebral durante la tarea, más dificultades para recordar o citar partes de sus propios textos y una sensación de autoría más débil sobre lo que habían escrito. También aparecía otro fenómeno relevante: los textos tendían a parecerse más entre sí.
Conviene ser prudentes. La muestra era reducida (54 participantes en las primeras sesiones y 18 en la cuarta) y hablamos de un preprint, no de un consenso científico consolidado. Pero el trabajo apunta a una pregunta muy razonable: la cuestión no es solo si la IA escribe mejor que un alumno. La cuestión es qué deja de ejercitar ese alumno cuando delega demasiado pronto la escritura.
Y esa pregunta no afecta solo a la educación. Afecta al trabajo del conocimiento, a la empresa y también a la calidad del debate público. Porque escribir no es simplemente comunicar una idea ya cerrada. En muchos casos, escribir es el proceso mediante el cual una idea termina de tomar forma. Nos obliga a ordenar, a conectar, a descartar, a matizar. Nos enfrenta a nuestras propias contradicciones.
Cuando delegamos demasiado pronto ese proceso, quizá ganamos velocidad. Pero también podemos perder algo por el camino. De hecho, algo parecido sucede desde hace años en muchas empresas con la digitalización.
Hay organizaciones que intentan resolver con tecnología problemas que en realidad son de procesos, cultura, organización o liderazgo. Incorporan software sofisticado sobre estructuras desordenadas y después descubren que la tecnología no eliminó las ineficiencias. Solo las hizo más rápidas. Con las personas puede ocurrir algo similar.
Podemos empezar a utilizar inteligencia artificial sin haber consolidado antes ciertas capacidades intelectuales básicas. Automatizar antes de comprender. Responder antes de pensar. Producir antes de interpretar. Subcontratar el raciocinio antes de haberlo entrenado. Y, sin embargo, todo indica que precisamente esas capacidades serán cada vez más escasas y, por tanto, más valiosas.
En un mundo donde casi cualquiera podrá generar textos, informes, presentaciones o análisis razonablemente competentes con ayuda de la IA, la diferencia quizá ya no estará en producir más contenido. Estará en saber qué merece ser pensado, qué merece ser leído y qué merece ser cuestionado.
La inteligencia artificial probablemente multiplicará la productividad. La gran duda es si seremos capaces de preservar aquello que hizo posible esa productividad: la capacidad humana de pensar con autonomía.
Quizá esa sea una de las cuestiones decisivas de los próximos años.
Un comentario en “La IA puede quitarnos algo más importante que el trabajo: el criterio”
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Saludos muy cordiales, amigo Daniel. Completamente de acuerdo con tus consideraciones sobre la función que puede desempeñar a futuro la Inteligencia Artificial. Como su nombre indica, al ser, al menos todavía, artificial, carece de sensibilidad, lo que Zubiri denominaba la Inteligencia Sentiente. Es decir, no se piensa solo con la Inteligencia; Pensar implica más funciones del ser humano, y, lo dicho, al menos por ahora, las máquinas no sienten… ni padecen. Aprovecho para dar la enhorabuena a Economía Digital por contar con una voz como la tuya, y darte la bienvenida a esta ya tu casa. Bienvenido!!!