Diálogo social fundamental

Vivimos una etapa marcada por una elevada polarización política y social, por discursos que a menudo simplifican la realidad económica y empresarial, y por una creciente desconfianza hacia la actividad empresarial en determinados ámbitos del debate público

Trabajadores de una empresa en una reunión en la oficina

Pixabay

Vivimos tiempos de transformación acelerada. La economía, el empleo y las empresas afrontan desafíos de enorme complejidad: incertidumbre geopolítica, presión regulatoria, transición energética, digitalización, cambios demográficos y una competencia global cada vez más intensa. En este contexto, hay una herramienta que ha demostrado, una y otra vez, su utilidad para garantizar estabilidad, progreso y cohesión social: el diálogo social.

No se trata únicamente de una fórmula institucional o de una mesa de negociación entre organizaciones empresariales, sindicatos y administraciones públicas. El diálogo social es, sobre todo, una manera de entender el desarrollo económico y social desde la responsabilidad compartida, desde la búsqueda de consensos y desde la convicción de que los grandes avances colectivos solo son posibles cuando se construyen sobre acuerdos sólidos.

España cuenta con una larga tradición de concertación social que ha permitido alcanzar hitos fundamentales para nuestro país. Muchos de los grandes acuerdos que hoy consideramos esenciales para la estabilidad económica y laboral fueron posibles gracias al compromiso de las organizaciones empresariales y sindicales, junto con las instituciones públicas.

Ahí están, por ejemplo, los acuerdos alcanzados en momentos especialmente delicados de nuestra historia reciente: desde los Pactos de la Moncloa, fundamentales para la consolidación democrática y económica, hasta los acuerdos laborales y sociales que ayudaron a España a afrontar crisis económicas profundas. Más recientemente, el diálogo social fue decisivo durante la pandemia, cuando se lograron mecanismos extraordinarios como los ERTE-Covid, que permitieron proteger millones de empleos y garantizar la supervivencia de miles de empresas.

También los acuerdos en materia de negociación colectiva, formación, pensiones o modernización del mercado laboral han demostrado que, incluso desde posiciones diferentes, es posible alcanzar entendimientos cuando prevalece el interés general.

Desde CEOE y CEPYME, como lo hemos hecho también desde la Confederación de Empresarios de Galicia, se ha insistido reiteradamente en una idea esencial: el diálogo social no puede convertirse en un mero trámite formal ni en un espacio condicionado por decisiones unilaterales previamente tomadas. El verdadero diálogo exige escucha, respeto institucional y voluntad real de acuerdo. Requiere que todas las partes sean consideradas interlocutores válidos y que las decisiones que afectan al tejido productivo y al empleo cuenten con la participación de quienes generan actividad económica y oportunidades.

Las empresas necesitan certidumbre. Necesitan estabilidad normativa y un marco de confianza que permita invertir, innovar, crecer y crear empleo. Y esa estabilidad solo puede alcanzarse plenamente desde el consenso.

En Galicia conocemos bien el valor del entendimiento. Nuestra comunidad ha sabido históricamente construir espacios de colaboración entre sectores, territorios e instituciones. Esa cultura del acuerdo es una de nuestras fortalezas y debe seguir siéndolo.

Sin embargo, el clima actual no siempre favorece esa dinámica de consenso. Vivimos una etapa marcada por una elevada polarización política y social, por discursos que a menudo simplifican la realidad económica y empresarial, y por una creciente desconfianza hacia la actividad empresarial en determinados ámbitos del debate público.

En ocasiones se traslada una visión distorsionada de la empresa, olvidando que detrás de cada empresa hay personas, proyectos, esfuerzo, innovación y compromiso social. Se olvida que las empresas son las principales generadoras de empleo, riqueza y bienestar. Que son las que sostienen gran parte de los servicios públicos a través de su actividad y de sus impuestos. Y que, especialmente en una tierra como Galicia, miles de pequeñas y medianas empresas forman parte esencial de la vida de nuestras ciudades, villas y comarcas.

Por eso resulta tan importante recuperar un clima de confianza y reconocimiento mutuo. El diálogo social es también una herramienta para fortalecer la imagen de la empresa ante la ciudadanía. Cuando existe capacidad de acuerdo, cuando empresarios y trabajadores son capaces de sentarse a negociar y construir soluciones conjuntas, se transmite una imagen de responsabilidad, madurez y compromiso con el interés general.

La empresa no puede ser percibida únicamente como una realidad económica. Es también una institución social. Un espacio donde conviven personas, talento, objetivos compartidos y relaciones humanas complejas.

El diálogo social parte de la premisa fundamental de la voluntad de encontrar puntos de encuentro. No desde posiciones maximalistas, sino desde el equilibrio entre competitividad empresarial, protección social y creación de empleo.

Porque no hay progreso social sin empresas fuertes. Pero tampoco hay empresas fuertes sin cohesión social ni estabilidad.

En un momento en el que Europa debate cómo reforzar su competitividad frente a otras grandes economías, España y Galicia necesitan más diálogo, más cooperación y más acuerdos. Necesitamos políticas que favorezcan la inversión, la actividad empresarial y el crecimiento, pero también marcos laborales equilibrados y modernos que aporten seguridad a trabajadores y empresas.

El diálogo social ha demostrado ser una de las mejores herramientas para afrontar los momentos difíciles y para construir avances duraderos. Debemos preservarlo, fortalecerlo y prestigiarlo.

Porque cuando el diálogo funciona, gana la empresa, ganan los trabajadores y gana la sociedad.

Y porque el futuro de Galicia y de España se construirá mucho mejor desde el acuerdo que desde la división.

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