Un baño de realismo

La Unión Europea se ha quedado atrás frente a Estados Unidos y China, y no basta con declarar intenciones: hay que actuar con urgencia, pragmatismo y visión de futuro; el imperativo de la UE para recuperar competitividad y crecer

Mario Draghi y Ursula von der Leyen en la presentación del informe de Draghi sobre la competitividad de Europa en septiembre de 2024 / Europa Press

Mario Draghi y Ursula von der Leyen en la presentación del informe de Draghi sobre la competitividad de Europa en septiembre de 2024 / Europa Press

En las últimas décadas, Europa ha construido instituciones y mercados integrados que han sido ejemplo mundial de cooperación y libertad económica. Sin embargo, hoy ese legado corre el riesgo de convertirse en un obstáculo si no se acompaña de realismo estratégico y reformas profundas. La competitividad de la Unión Europea se ha quedado atrás frente a Estados Unidos y China, y no basta con declarar intenciones: hay que actuar con urgencia, pragmatismo y visión de futuro.

No es una idea aislada ni una prédica optimista: es la conclusión que vienen haciendo expertos, analistas y responsables públicos con responsabilidad global. El informe de competitividad encargado por la Comisión Europea y liderado por Mario Draghi expone con claridad que la UE afronta un “modelo de crecimiento que se desvanece” y que la inacción política amenaza no solo la competitividad, sino la propia soberanía económica del proyecto europeo.

Draghi subraya lo que todos percibimos: la UE camina demasiado despacio, atrapada en debates internos y procesos burocráticos, mientras los grandes rivales avanzan con decisión, inversiones masivas y políticas industriales audaces. La advertencia es explícita: “seguir como hasta ahora equivale a resignarse a quedarse atrás”, y Europa necesita reformas profundas, no meras declaraciones de intención.

Paralelamente, el informe de Enrico Letta, sobre el mercado único, pone de relieve que el proyecto europeo —base de nuestra prosperidad— fue concebido para un mundo muy distinto al actual, más fragmentado y competitivo. Hoy, sostiene Letta, es imprescindible “reinventar” el mercado único para que responda a una economía globalizada y digital, completando la integración en sectores estratégicos como energía, servicios financieros y telecomunicaciones, y reduciendo la complejidad normativa que frena inversiones.

Sin completar ese mercado —que sigue teniendo barreras normativas y diferencias nacionales en numerosos sectores—, la UE se expone a seguir siendo un conglomerado fragmentado, incapaz de generar “campeones europeos” de tamaño mundial y competitivo frente a rivales que operan sin esas barreras. Este diagnóstico coincide con lo que venimos escuchando en CEOE y en foros empresariales europeos: las empresas europeas pierden terreno precisamente por la falta de un mercado interior plenamente operativo.

«Aproximadamente el 20% del petróleo mundial transita por el estrecho de Ormuz, y cualquier interrupción significativa tendría efectos inmediatos en los precios energéticos y en los costes industriales europeos»

A este diagnóstico estructural se suma además un entorno geopolítico crecientemente incierto que introduce riesgos adicionales para la competitividad empresarial europea. La creciente inestabilidad en Oriente Medio, agravada por el conflicto que involucra a Irán y sus implicaciones en el Golfo Pérsico, vuelve a situar la seguridad energética y la estabilidad de las cadenas logísticas en el centro del debate económico.

Aproximadamente el 20% del petróleo mundial transita por el estrecho de Ormuz, y cualquier interrupción significativa tendría efectos inmediatos en los precios energéticos y en los costes industriales europeos, que ya han sufrido un fuerte impacto desde la crisis energética de los últimos años. Para muchas empresas, especialmente en sectores intensivos en energía o transporte, cada incremento sostenido de 10 dólares por barril puede traducirse en aumentos de costes operativos de entre el 2% y el 5%.

A ello se suma la creciente fragmentación del comercio internacional. Las tensiones comerciales y la política arancelaria de Estados Unidos en sectores estratégicos —desde tecnologías limpias hasta industria pesada— están reconfigurando los flujos de inversión global. Diversos análisis estiman que la proliferación de medidas proteccionistas y subsidios industriales podría reducir el comercio mundial en torno a un 5% en la próxima década y aumentar los costes de producción para muchas empresas europeas que dependen de cadenas de suministro globalizadas. Para las empresas gallegas, españolas y europeas, esto supone operar en un escenario donde la incertidumbre regulatoria, las barreras comerciales y la competencia subvencionada condicionan cada vez más las decisiones de inversión.

En los primeros ocho meses de 2025, según el Informe Mensual de Comercio Exterior que elabora el Ministerio de Economía, Comercio y Empresa, el déficit comercial de España con EEUU alcanzó los 9.504 millones de euros, un 37,7% más que el año anterior, tras la caída de las exportaciones españolas al mercado norteamericano en torno al 8,7%, en un contexto marcado por nuevas tensiones arancelarias. Paralelamente, en la relación con China: el déficit comercial superó los 26.900 millones de euros en ese mismo periodo, tras aumentar las un 13,1%, frente a unas exportaciones que apenas representan algo más del 2% del total.

«EEUU se mantiene como uno de los mercados relevantes para la industria gallega, con más de 1.000 empresas exportadoras, pero en 2025 las ventas al país registraron una caída cercana al 32%»

En Galicia, donde la internacionalización empresarial ha sido uno de los principales motores de crecimiento en los últimos años, estas dinámicas también empiezan a reflejarse en los datos. EEUU se mantiene como uno de los mercados relevantes para la industria gallega, con más de 1.000 empresas exportadoras, pero en 2025 las ventas al país registraron una caída cercana al 32%, afectadas por la incertidumbre comercial y monetaria. Al mismo tiempo, el comercio exterior gallego continúa mostrando una fuerte dependencia del mercado europeo —que absorbe alrededor del 70% de las exportaciones—, lo que pone de relieve la necesidad de diversificar mercados en un contexto internacional cada vez más volátil.

Desde la Confederación de Empresarios de Galicia hemos recalcado repetidamente que las empresas no pueden esperar a plazos indefinidos ni a resoluciones políticas eternamente dilatadas. La competitividad se construye con simplificación normativa, inversión en innovación y estabilidad regulatoria, y con un compromiso claro de los Estados miembros para ir más allá de las palabras.

No olvidemos que múltiples encuestas de altos ejecutivos europeos revelan un pesimismo persistente ante las perspectivas de crecimiento en la UE, con inversiones postergadas o redirigidas fuera del continente por falta de incentivos y claridad regulatoria.

Un “baño de realismo” exige que la UE reconozca varias verdades hoy:

Innovación y tecnología no son opcionales: son factores esenciales para competir. Europa no puede delegar su futuro tecnológico a otros; hay que invertir con ambición y coordinación.

Energía competitiva y accesible es vital para la industria. No puede ser que nuestras empresas paguen cuatro veces más por insumos básicos que sus competidores globales —como señalaba Draghi— si queremos atraer inversión y mantener empleo industrial.

Un mercado único verdaderamente integrado en servicios, capitales y energía es una condición sine qua non para dinamizar crecimiento y permitir a las pymes escalar y competir globalmente.

El economista Réka Zsuzsánna Máthé destaca que la preocupación por la competitividad europea no es retórica: se basa en evidencia de un “retraso frente a socios globales en innovación, seguridad energética y comercio internacional”, que exige reformas estructurales profundas.

Del mismo modo, numerosos informes académicos y de instituciones europeas señalan que la productividad y la capacidad de nuestras empresas para competir están condicionadas por la eficiencia de los marcos regulatorios y la disponibilidad de capital de crecimiento, dos factores que la UE no puede seguir postergando.

«Europa no compite hoy solo en innovación o regulación, sino también en capacidad de adaptación a un mundo más incierto y fragmentado»

En términos empresariales, el impacto de esta nueva geoeconomía es tangible. Estudios recientes apuntan a que más del 60% de las compañías europeas consideran que los riesgos geopolíticos influyen ya de forma directa en su planificación estratégica, mientras que cerca de un tercio han revisado o diversificado sus cadenas de suministro en los últimos tres años. Este proceso, aunque necesario para ganar resiliencia, implica costes adicionales que algunas estimaciones sitúan entre el 3% y el 7% del gasto operativo para empresas industriales que reubican o duplican proveedores.

Todo ello refuerza aún más la idea central: Europa no compite hoy solo en innovación o regulación, sino también en capacidad de adaptación a un mundo más incierto y fragmentado. En un contexto donde la geopolítica vuelve a ser un factor económico determinante, la competitividad europea dependerá en gran medida de su capacidad para garantizar seguridad energética, estabilidad regulatoria, acceso a mercados y un entorno que permita a las empresas operar con previsibilidad. Sin estos elementos, el riesgo no es solo crecer menos, sino perder progresivamente peso en la economía global.

Europa, por lo tanto, necesita un baño de realismo, porque los tiempos de complacencia ya pasaron. El futuro de nuestro modelo social, de nuestras empresas y de nuestros trabajadores depende de que la UE actúe con más rapidez, menos burocracia y más decisiones estratégicas en materia de innovación, mercado único y energía. Más allá de diagnósticos brillantes, la competitividad exige políticas concretas y urgentes, respaldadas por estados miembros que sepan que el crecimiento sostenible requiere tanto visión como pragmatismo.

Este es el desafío que tenemos por delante. Europa puede liderar si decide ser práctica, ambiciosa y rápida. Y desde Galicia, como desde toda España, apostamos por aportar soluciones y compromisos para que ese crecimiento competitivo sea una realidad tangible y compartida.

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