Barbacid y el dilema de comunicar salud
El periodismo de salud no puede funcionar con la lógica del “click fácil”. Requiere especialización, preguntas incómodas y una mirada crítica capaz de diferenciar entre un avance prometedor y una solución real
Mariano Barbacid, director del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO). Óscar J.Barroso / Europa Press – Archivo
La comunicación en salud es, probablemente, uno de los territorios más delicados a los que se enfrentan los profesionales de la comunicación y los medios de información. No solo porque maneja datos científicos complejos, sino porque impacta directamente en personas que buscan respuestas, alivio o esperanza. El anuncio lanzado hace unos días por el científico español Mariano Barbacid sobre avances en la lucha contra el cáncer de páncreas ha generado ciertas críticas por cómo lo ha hecho.
La investigación liderada por Barbacid y financiada por la Fundación CRIS logró, en ratones, una regresión significativa de tumores de páncreas mediante una terapia combinada de tres fármacos, sin generar resistencias ni efectos secundarios graves. Desde el punto de vista científico, se trata de un resultado relevante en un tipo de cáncer especialmente agresivo y con escasas opciones terapéuticas. Sin embargo, la controversia no ha surgido por el contenido del avance, sino por el modo en cómo se comunicó.
La comunicación en el sector de la salud es, probablemente, la más difícil. Existe una tentación constante de presentar los avances científicos como “éxitos” que sugieren, de forma más o menos implícita, una aplicación clínica cercana. Este tipo de enfoques distorsiona la realidad de los procesos científicos, que rara vez son lineales y que avanzan a un ritmo que no admite atajos, ni siquiera en el plano comunicativo. La investigación no se detiene, pero tampoco se acelera por mucho que se simplifique su relato.
En este proceso intervienen, al menos, dos grandes actores. Por un lado, los generadores de la información: investigadores, laboratorios, hospitales, centros científicos y las fundaciones que los financian. Por otro, los medios de comunicación, que recogen esa información y la amplifican a través de sus distintos canales. La responsabilidad es compartida, aunque no siempre se asume de forma equilibrada.
La comunicación en salud exige un nivel de precisión y responsabilidad superior al de otros ámbitos. No basta con contar algo “nuevo” o “esperanzador”. Es imprescindible contextualizar; explicar en qué fase se encuentra la investigación, cuáles son sus limitaciones, qué pasos faltan por recorrer y, sobre todo, qué no se puede prometer todavía. Comunicar bien en salud no es generar ilusión. Es gestionar expectativas.
El problema no es solo teórico. Tal y como se ha publicado en algunos medios, la manera en cómo se difundió este avance generó expectativas reales en personas diagnosticadas de cáncer de páncreas, algunas de las cuales llegaron incluso a presentarse en las instalaciones del centro investigador con la esperanza de poder someterse a la terapia probada en ratones. Este hecho ilustra el riesgo de una comunicación sanitaria mal calibrada: cuando no se explicitan con suficiente énfasis las fases de la investigación, la distancia entre el laboratorio y la clínica se difumina, y la información puede convertirse —de forma involuntaria— en una promesa implícita. La tentación de amplificar los resultados para ganar visibilidad y, en este caso, que el impacto pueda favorecer la obtención de fondos para seguir las investigaciones puede ser comprensible, pero a medio plazo erosiona la credibilidad.
También es ineludible la responsabilidad de muchos medios de comunicación y programas televisivos, que se suman a este tipo de informaciones sin el contraste suficiente, reproduciendo notas de prensa o enfoques simplificados que priorizan el impacto sobre el contexto. El periodismo de salud no puede funcionar con la lógica del “click fácil”. Requiere especialización, preguntas incómodas y una mirada crítica capaz de diferenciar entre un avance prometedor y una solución real.
La Organización Mundial de la Salud lleva años alertando sobre los riesgos de una comunicación sanitaria deficiente, y ha desarrollado marcos específicos para guiar a instituciones, comunicadores y medios. En estas recomendaciones se subraya la importancia de la credibilidad del mensaje, la comprensibilidad de la terminología, la gestión adecuada de las expectativas y la responsabilidad en los tiempos y los enfoques.
Integrar estos principios en las estrategias de comunicación corporativa y en la práctica periodística no es opcional: es una obligación profesional. Porque cuando hablamos de salud no comunicamos solo hechos o datos científicos; comunicamos expectativas, miedos y decisiones que afectan directamente a la vida de las personas. Y en ese terreno, más que impacto o visibilidad, lo que realmente está en juego es la confianza y la reputación.