Soberbio

El narcisista excesivo, el enfermo, presenta una sintomatología que, lamentablemente, aparece sic, tal cual, en las explicaciones dadas por el todavía ministro Puente en el Senado el pasado 29 de enero por el accidente de Adamuz

El Gobierno aprueba ayudas de 20 millones de euros para las víctimas de los accidentes ferroviarios

El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente, durante la rueda posterior al Consejo de Ministros en el Palacio de la Moncloa, Alejandro Martínez Vélez / Europa Press

Para el ignorante, la soberbia aparenta ser sinónimo de orgullo, de valoración altanera de la propia figura ante una manifiesta superioridad frente a los demás. Para el soberbio, a la falta de medición atinada propia se acumula la ausencia de consideración sobre el valor ajeno.

El orgullo, entendido como un acicate de lo aportado, considerado como la legítima devolución ante el sentimiento de ser autor o haber colaborado en la consecución de algo valioso, tal y como lo concibió Aristóteles, puede también valorarse como una virtud, incluso profunda, el denominado orgullo virtuoso. Por contra, el orgullo, concebido como un pecado se traduce en vanagloria, vanidosa condescendencia, que cuando se vuelve evidente, procaz e indisimulado, deviene en soberbia. Vamos, por explicarlo soberbiamente. Y por ello, para la escatología cristiana, la soberbia es el mayor de los siete pecados capitales, dado que fue el primero y el más antiguo de estos, cometido por Satanás al considerarse más poderoso que el propio Dios.

Téngase, ministro

La soberbia, en la antigua Grecia, se asimilaba a uno de los cinco vicios irascibles, a diferencia de los concupiscibles, los de la carne, dado que no son excesos sino fruto de las privaciones o frustraciones. En definitiva, no es más que la demostración de la distorsión debida a una valoración inadecuada tanto de las propias capacidades como del desprecio por las ajenas. Bueno vaya, que te crees muy listo, pero muy, muy listo; además de que los demás sean tontos, pero muy, muy tontos. Y como, en el fondo, sabes que no es así, y que, por lo tanto, te fastidia con j, pues vas, encima, y te cabreas; y, además, escupes.

Tres son, al menos, las altiveces que nutren la soberbia: la gloria vana, la vanagloria y la cenodoxia o vanidad, pura y simple. Y de las tres hizo gala recién el, asombrosamente todavía ministro de Transportes y ¿Movilidad Sostenible?, Oscar Puente, al tratar de explicar lo inexplicable por evidente tras lo ocurrido en Adamuz.

Una de las reacciones más inmediatas en su comparecencia senatorial no las dicta, también una vez más, el comedimiento en sus expresiones, no, ni mucho menos, llegando incluso a tildarse de ser un ministro ejemplar y verse zaherido por quienes, ni por asomo, se le acercan humana y técnicamente a sus bojes a pesar de confesar que no tiene, días más tarde, toda la información y que hay que esperar, todavía más, a ver que dice, no sabemos quién, todavía.

Pero, ¿qué es una víctima?

Acuda en nuestro auxilio el metalenguaje, esa parte de la lingüística que nos permite ir un poco más allá de la mera expresión. Y aplicado a la imagen de soberbia que traslada el ministro Puente, en su propia intervención, esta se vuelve contra él como dedo acusador.

Como tal, la soberbia no es una enfermedad, pero si existe en el vademécum psiquiátrico denominado DSM V, una evidencia constatable de padecerla como mal: el denominado NPS o Trastorno Narcisista de la Personalidad. Sí, ese que también se le atribuye, vaya, vaya, qué curioso, a alguien, supuestamente, en las antípodas ideológicas del antiguo alcalde de Valladolid, y este no es otro que el neoyorquino Donald Trump.

El narcisista excesivo, el enfermo, presenta una sintomatología que, lamentablemente, aparece sic, tal cual, en las explicaciones dadas por el todavía ministro Puente en el Senado el pasado 29 de enero:

  • Sentido exagerado de la autoimportancia: Cuando se le exigen la dimisión, contesta que es “como si oyera llover”.
  • Preocupación por fantasías de éxito: “Es un momento duro, pero estoy seguro de que lo superaremos porque estamos trabajando firmemente para hacerlo”.
  • Creencia de ser especial y único: “Ni en mil vidas van a ver parecido en mí con ese que estaba escondido en el Ventorro”, refiriéndose a Carlos Mazón.
  • Necesidad excesiva de admiración: “He dormido tres horas al día durante la gestión del accidente de Adamuz”.
  • Sentimiento de privilegio: “En la gestión del accidente hemos hecho todo lo que humanamente se podía hacer”.
  • Explotación intrapersonal: “Creo que no están justificadas las peticiones de dimisión”.
  • Falta de empatía: “Yo no soy como ustedes, en nada, ni por acción ni por omisión”.
  • Envidia frecuente: “Cuando el equipo de Mariano Rajoy abandonó el Gobierno no dejó ni un proyecto encima de la mesa sobre inversiones ferroviarias”.
  • Comportamientos arrogantes o soberbios: “Me da igual lo que piensen (…) Me piden la dimisión porque realmente les molesto, porque lo hago muy bien”.

Pero la solución ya está propuesta y en camino como venda antes de herida, puesto que todavía no sabemos, con certeza, según el ministro, cuál sea la causa de la tragedia, ni quién, por lo tanto, resulte ser el responsable. 20 millones de euros para resarcir a las víctimas. Pero, ministro, acudiendo de nuevo al puñetero metalenguaje, las reales víctimas son las 46 personas fallecidas, a quienes, en principio se pretendería indemnizar en dicha condición, pero ¿en razón de qué hasta que no se sepa a quién corresponda el resarcimiento? Como la cuantía que se adjudique a cada uno/a no sea para mejorar las condiciones de su soterramiento… ¿A qué víctimas se refiere? Ruego disculpas, en este final, por el exceso de ironía en algo tan grave.

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